Amor Ciego

Capítulo 26. Avergonzada

La alarma sonó como si quisiera asesinarme.

Piii—piii—piii—

—¡YA VOY! —grité, aunque solo yo podía oírme.

Abrí los ojos, inmediatamente me arrepentí.
La habitación giró, mi cabeza latía, mi boca sabía a desastre y arrepentimiento.

Intenté sentarme y…Oh no. Oh no no no no no.

El recuerdo me cayó encima como piano en caricatura. Primero, un flash suavecito: yo montada en las piernas de Alessandro, segundo flash, más vergonzoso: yo abriéndome de piernas para acomodarme mejor.
DIOS.

Tercer flash, para rematarme: yo diciéndole que no quería abandonar sus labios.
¡¿QUÉ?!

Me tapé la boca con ambas manos.
Sentí cómo la vergüenza me recorría como electricidad.

—Aurora… ¿por qué? ¿Por qué existes? —susurré.

Cerré los ojos, pero fue peor, porque entonces la película siguió: yo diciéndole que era mi primer beso, yo pidiéndole practicar yo besándolo… otra vez, cuando llegamos a mi casa y luego, como si fuera poco… La voz grave de Alessandro, suave, ronca, demasiado cerca de mi oído:

—Descansa, piccola traviesa…

Me deshice como gelatina.

—Noooo, no me digas que le dije “lobito amargado”… —me agarré la cabeza—. ¡Ay, sí se lo dije! ¡Soy una bestia!

Intenté ponerme de pie, mi cabeza punzaba, mi dignidad quería pedir vacaciones permanentes.

Me metí a la ducha como si el agua pudiera borrar mis pecados románticos, pero mientras me enjabonaba, mi cerebro seguía torturándome: tú besaste a Alessandro Falconi.
Él te besó.
Te sentaste sobre él.
Le dijiste picardías.
BORRACHA.

—Ay Dios, ¿cómo lo voy a mirar? —me quejé, dejándome caer contra la pared de la ducha—. ¿Lo saludaré como si no lo hubiera baboseado toda la boca ayer? ¿Le digo buenos días o “hola, perdón por montarme encima tuyo”? ¡Ay nooo!

Salí, me vestí rápido, me arreglé el cabello como pude y bajé a la cocina con ganas de fingir mi muerte.

Apenas me vieron, Amelia me señaló emocionada:

—¡Maaaaa! ¡Aurora huele raro! ¡Raro-raro! Como a fruta espichada.

—Gracias, Amelia —dije, rodando los ojos.

Mamá dejó de picar cebolla y me miró con esos ojos de rayos X que atraviesan el alma.

—Aurora… ¿por qué llegaste borracha anoche?

Yo tragué saliva.

—Ehhh…

—Y además —continuó mamá, sin dejarme respirar—, ¿quién era el hombre de la camioneta que te trajo? Porque yo lo vi ayudarte a bajar. Muy elegante él… y tú parecías un pollito recién escapado del corral.

Casi me desmayo de la vergüenza.

No me quedó más opción que decir la verdad:

—Era mi jefe —susurré.

—¿El ciego? —preguntó mi mamá con naturalidad total.

—¡Mamáaaa! —casi me atraganto con mi propia saliva—. Se dice “no vidente”.

Mamá levantó una ceja.

—Bueno, él. ¿Pasó algo?

Ay Dios.

—No, no, nada… solo… me pasé un poco con las copas y él me dejó. Fue muy amable —dije, intentando sonar normal aunque quería meter la cabeza en la nevera.

Mamá se cruzó de brazos.

—Pues al fin te diviertes —dijo con un suspiro—. Siempre tan seria, tan de casa al trabajo… ya era hora.

—Sí, bueno… creo que esto fue demasiado “diversión” —murmuré, casi llorando de pena.

Amelia, con sus 6 años y cero filtro, añadió:

—¿Ese señor es tu novio?

—¡NO! —respondí tan rápido que hasta me dolió la garganta—. No, no, no. NO.

Amelia suspiró decepcionada.

—Entonces ¿me traes uno? Necesito un cuñado lindo.

Mamá rió, yo quería desaparecer.

—Me voy al trabajo —dije, tomando mi bolso.

—Cuídate, hija —dijo mamá—. Y procura que tu jefe no tenga que recogerte borracha otra vez.

—NUNCA MÁS —respondí con la voz temblorosa.

Me despedí de las dos y salí de la casa con: un dolor de cabeza brutal, mi dignidad colgando de un hilo y la pregunta más terrorífica de la mañana:

¿Cómo voy a mirar hoy a Alessandro Falconi después de haberme trepado encima de él como koala borracha?

El camino a la mansión Falconi iba a ser…
el viaje al matadero.

El bus iba lleno, como siempre, y yo con la cabeza punzando como si un duende con tacones me estuviera bailando encima del cerebro. Apreté el celular entre los dedos y pensé: “Necesito a Fiorella. Urgente. Nivel código rojo.”

La llamé.

—¿Aurora? —contestó con voz sospechosamente alegre—. ¿Ya te moriste o sobreviviste a la guarapita de anoche?

—Fiore… —me tapé la cara con la mano—. No vas a creer lo que hice.

—A ver, sorpréndeme, porque yo te conozco: tú borracha solo ríes, abrazas lámparas o te pones a filosofar sobre por qué los gatos no pagan impuestos…

—Le di mi primer beso a Alessandro Falconi.

Hubo silencio. Luego:

—¡¿QUÉEEEEE?! —gritó tan fuerte que la señora del puesto de al lado me miró como si hubiera confesado un crimen federal—. No. No, no, no. Repite eso que creo que tengo cera en los oídos.

—Me… —tragué saliva— besé con Alessandro.

—¿Con cuál Alessandro? —preguntó ella, histérica—. ¿El que conocemos? ¿El ogro? ¿El gruñón? ¿El millonario que piensa que sonreír es delito? ¿Ese Alessandro Falconi?

—Ese mismo.

—Santo cielo bendito… ¡Yo pensé que tu primer beso sería con un vecino tímido o con el del puesto de pastas! ¡PERO NOOO! ¡Tenía que ser con el Señor mujeriego imperdonable!

Me hundí más en el asiento.

—Fiore, no sé qué hacer, no sé ni cómo voy a mirarlo, no sé ni cómo voy a respirar al lado de él.

—Te voy a dar dos opciones —dijo ella con tono de consejera profesional, aunque yo la imaginaba con un café y una dona en la mano—: Opción A: Finges amnesia. Total, estabas borracha. “¿Besos? ¿Yo? Qué raro…”
Opción B: Lo enfrentas, le dices “sí, te besé y qué”, te haces la madura y ya.

—No puedo fingir amnesia, Fiore, soy mala para mentir. ¡Me sudan las manos!

—Entonces enfréntalo.

—¡¿Y decirle qué?! “Hola jefe, sí, anoche me subí encima de usted, le dije que no quería abandonar sus labios y confesé que era mi primer beso”. ¿Te parece normal?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.