Desperté más temprano de lo habitual, no porque quisiera, porque no pude seguir durmiendo.
Mi cuerpo estaba inquieto, tenso… encendido.
Y sabía exactamente por qué, me incorporé despacio y busqué mi camino hacia la ducha. El agua caliente cayó sobre mi espalda, pero no hizo nada para apagar lo que tenía dentro.
Aurora.
La imagen de ella—o mejor, la sensación de ella—me golpeó sin permiso, su peso sobre mis piernas, su respiración acelerada en mi cuello, el temblor dulce de su boca contra la mía y su confesión.
“Fue mi primer beso.”
Cerré los puños bajo el agua.
No debería haberme afectado así nunca una mujer había despertado eso en mí, nunca una mujer había sido… peligrosa.
Pero Aurora…Aurora era otra cosa.
Tierna, inocente… y a la vez un volcán listo para estallar, ese contraste me tenía mal. Ella no sabía lo que hacía, pero me llevaba al límite.
Su boca suave, inexperta…su olor a vainilla pegado a mi ropa…su piel cálida cuando la sostuve por la cintura…
Respiré hondo. No sirvió de nada.
No es para mí, me repetí, una virgen inexperta, una chica demasiado limpia para mis sombras y sin embargo…la idea absurda, insoportable, de imaginarla en brazos de otro me atravesó como un puñal.
Mis dientes se apretaron.
Qué ridículo.
Qué ilógico.
Qué peligroso.
No tenía derecho a sentir celos, no tengo derecho a querer…a quererla así, me apoyé en la pared de la ducha, dejando que el agua corriera por mi rostro.
Lo peor era que no podía escapar de ella de sus risas torpes, de su voz dulce cuando susurró “no quiero dejar tus labios” de la forma en que su inocencia encendía mi pecho con una fuerza que no sabía controlar.
Aurora…Una mujer tierna, sí, pero también una tentación que estaba volviéndome loco y lo que más me irritaba…lo que más me rompía…
Era saber que si otro hombre la tocaba primero… el pensamiento me quemó las venas.
Negué, intentando arrancar esa idea de raíz.
—No es para ti —me dije en voz baja, como un mantra roto.
Pero la verdad era otra.
La quería lejos de mi y al mismo tiempo, tan cerca que pudiera volver a sentir ese temblor suyo mientras descubría el mundo por primera vez y eso… era exactamente lo que me estaba destruyendo.
La esperé.
No lo admito con facilidad… pero la esperé.
Podía oír el reloj de la sala marcando los segundos y cada uno me irritaba. A esa hora, Aurora siempre llegaba, siempre puntual, siempre predecible, siempre mía… aunque no debería pensar así y entonces la escuché.
Sus pasos rápidos en la entrada, su respiración un poco agitada, su perfume de vainilla entrando antes que ella.
—Buenos días… —dijo con una voz que intentó ser firme, pero le tembló la mitad.
Sonreí por dentro.
—Buenos días, Aurora.
Ella dudó. Lo sentí, estaba nerviosa… por lo de anoche. Por el beso. Por nosotros.
Me acomodé en mi sillón, dejando mi expresión neutra, aunque por dentro estaba disfrutando cada torpeza suya.
—Acércate —ordené suavemente.
Ella dio un paso y otro.
—Más —dije.
Respiró hondo, me gusta cuando hace eso.
—Más, Aurora.
Y ella obedeció, hasta que pude sentir el calor de su cuerpo muy cerca del mío, podía oír su respiración acelerada, podía oír su corazón… desbocado.
Le inclin é ligeramente la cabeza.
—¿Estás bien? respiras rápido.
—Estoy… estoy bien —mintió, torpe, tragándose el aire.
—¿Ah sí? —deslicé una sonrisa casi imperceptible—. ¿Por qué?
—Yo… pues… me tragué un chicle ayer… y creo que me está… bloqueando la tráquea —soltó.
Contuve una risa, qué criatura más adorablemente absurda.
—Entiendo —dije con falsa seriedad—. Un chicle asesino.
Ella hizo un ruido ahogado de vergüenza.
Perfecto.
Me incliné apenas hacia ella, sentí cómo se tensaba, cómo esperaba… algo.
—Aurora… —bajé la voz— ¿hoy quieres practicar?
Ella tragó fuerte.
—¿P-practicar qué?
Giré levemente la cabeza hacia el sonido de su voz, como si pudiera verla temblar.
—Las terapias —respondí, con una media sonrisa que ella pudo sentir aunque yo no la viera—.
¿O había algo más en tu mente?
—¡Nada más! —soltó tan rápido que casi se atraganta con el aire.
No pude contenerme, la risa me escapó, baja, peligrosa, divertida.
Me levanté, ella retrocedió un paso.
Yo avancé y la sujeté por la cintura con facilidad, como si su cuerpo hubiera nacido para encajar en mis manos.
Su respiración tembló.
Mi voz salió más grave de lo que pretendía:
—Aurora…si quieres practicar con mi boca…
solo dilo, piccola.
Ella se quedó muda y yo sonreí, disfrutando cada segundo del caos que le provocaba.
No puedo verla, pero Dios… puedo sentirla.
Aurora tiembla entre mis brazos, no de miedo… sino de algo que me está volviendo loco. Cada respiración suya es una provocación. Cada movimiento torpe que hace contra mí despierta algo que he tratado de contener desde ayer.
Y no soy un santo.
Menos con ella cerca.
—Yo… yo tengo que hablar con tu abuela —farfulla, pero ya no parece querer alejarse del todo, solo pone excusas ridículas—. O sea, no mi abuela, la tuya, aunque yo… Alessandro, ¿por qué me estás agarrando así?
—Porque no te estás quieta.
Ella respira más fuerte, puedo escuchar cómo traga saliva, puedo sentir cómo su cuerpo se acerca un poco más al mío sin querer… o queriendo demasiado.
—Aurora… —digo, tratando de no perder el control.
—¿Sí? —su vocecita suena valiente… y peligrosa.
—Estás jugando conmigo.
—¿Yo? ¡No! Yo solo… hablo… y tú… tú estás muy cerca… y yo… —se calla un segundo—. Alessandro, deja de olerme así, me… me desprogramas.
Sonrío. No puedo evitarlo.
—No te estoy oliendo.
—Sí lo estás —responde, y se pega aún más a mi pecho sin darse cuenta.
Y ahí se acabó mi paciencia.