Amor Ciego

Capítulo 28. La voz de la razón

Jamás pensé que un hombre como Alessandro sería mi primera vez en tantas cosas, en la forma en que me besa, por ejemplo. En cómo logra que el mundo desaparezca cuando me rodea con sus brazos.
Todavía siento sus labios sobre los míos, lentos, seguros, como si supiera exactamente lo que hace conmigo. Alessandro es… hermoso, sexy de una manera peligrosa, de esas que no se anuncian, que simplemente existen y yo no puedo resistirme, no quiero hacerlo.
Estar en sus brazos es idílico, todo se siente correcto ahí, como si ese fuera mi lugar natural y lo peor es que siento algo más profundo creciendo dentro de mí. Algo que se parece demasiado al amor, eso me asusta.
Porque justo cuando me permito flotar, aparece la vocecita de la razón. Esa que me susurra que él no es el tipo de hombre que toma en serio a una mujer como yo. Que no debería enamorarme así, tan rápido, tan intensamente. Que Alessandro pertenece a un mundo donde las mujeres pasan… pero no se quedan.
Pero entonces me besa, me toma de esa forma suya, firme y cuidadosa a la vez y la razón pierde fuerza.
Porque es inevitable no enamorarse cuando alguien te hace sentir deseada, vista, importante.
—Aurora —dice su voz, suave, interrumpiendo mis pensamientos—. Tengo que ir a la oficina.
Lo observo prepararse, impecable, concentrado. Alessandro en modo trabajo es otra cosa: seguro, elegante, poderoso, intentó ordenar mi corazón al mismo tiempo que mis emociones.
El trayecto a la oficina es completamente silencioso, no es incómodo… pero sí cargado. Cada uno parece perdido en su propio mundo. Yo, luchando conmigo misma. Él, probablemente con mil asuntos más importantes.
Trabajamos.
Yo hago lo que me corresponde: le entrego sus medicamentos, realizo sus terapias con cuidado y profesionalismo, como si mis manos no temblaran un poco más de lo normal cuando lo toco.
La jornada termina alrededor de las dos de la tarde, Roberto pasa por nosotros para llevarnos de regreso, subimos al auto y, cuando ya estamos en marcha, Alessandro habla:
—Roberto, llévame a Falcony Towers.
Parpadeo, sorprendida.
—¿No vamos a la mansión? —pregunto, con un nudo formándose en mi garganta.
—No —responde con calma—. Necesitamos hablar a solas, sin interrupciones.
Trago seco, el silencio vuelve, pesado, hasta que Alessandro habla.
—Roberto —dice—compraremos comida antes de ir al penthouse.
Alessandro gira un poco el rostro hacia mí.
—¿Qué te provoca, Aurora?
—Gelato, pizza florentina, limonada de hierbabuena y… tarta de queso —respondo sin pensar. Cuando estoy nerviosa, me da por comer.
Él ríe, una risa baja y sincera que me relaja apenas un poco.
—Ya escuchaste, Roberto.
Luego me mira de nuevo.
—¿Prefieres algún sabor de gelato?
—Menta y chocolate.
Asiente, como si hubiera tomado nota mental de algo importante.
Llegamos a Falcony Towers y los trabajadores nos reciben con evidente sorpresa. Las miradas curiosas me hacen sentir aún más consciente de dónde estoy… y con quién.
Entramos al ascensor y subimos hasta el último piso. Mi corazón late tan fuerte que temo que él lo escuche. Cuando las puertas se abren, Alessandro hace un gesto elegante con la mano.
—Bienvenida a mi penthouse.
Respiro hondo, estoy nerviosa, ansiosa, emocionada y Alessandro… Alessandro está ahí, atento, tranquilo, con esa presencia que desarma y no sé qué va a pasar, solo sé que ya no hay vuelta atrás. Cuando entro, me detengo en seco, el penthouse es… inmenso.
Luz por todas partes, techos altos, ventanales que parecen no terminar nunca, todo es elegante, sobrio, perfectamente ordenado. Es un lugar que grita poder, pero también soledad.
—Es… hermoso —digo sin poder evitarlo—. Tu casa es hermosa, Aless.
Sonríe apenas.
—Gracias.
Lo observo mientras, apoyado en su bastón, avanza con seguridad hacia el comedor. No tantea, no duda, cada paso es exacto. Entonces lo entiendo: conoce este lugar a la perfección, no lo recorre con los ojos, lo hace con la memoria, con el cuerpo.
—Pon la comida sobre la mesa, Aurora —me dice—. Los platos están en el segundo gabinete a la derecha, los cubiertos, en el cajón inferior.
Sigo cada instrucción tal como me indica. Todo está exactamente donde dijo. Me impresiona… y me conmueve.
Nos sentamos frente a frente, comemos en silencio, no es incómodo, pero sí denso. Como si algo importante estuviera flotando entre nosotros, esperando ser nombrado.
No aguanto más.
—¿Algún día piensas volver a vivir aquí? —pregunto, intentando sonar casual.
—Sí… algún día.
Trago saliva.
—Aurora —dice de pronto—, ya no quiero… ni puedo seguir ocultándolo.
Levanto la mirada.
—Me gustas, Aurora y mucho.
Me atraganto con un pedazo de pizza, toso con fuerza, el aire se me va de golpe.
—¿Estás bien? —pregunta de inmediato, alarmado.
—Sí —logro decir—. Creo que… creo que no escuché bien lo que dijiste o estoy confundida.
Su voz baja, se vuelve ronca.
—Acércate.
Dudo...mi corazón late desbocado. Aun así, me levanto, cuando estoy frente a él, palmea suavemente su pierna.
—Siéntate.
Me quedo inmóvil un segundo más.
—No seas tímida, piccola.
Obedezco, sus dedos buscan mi rostro con cuidado, como si me estuviera aprendiendo. Me toca la mejilla, la mandíbula, el mentón… y luego sus labios encuentran los míos.
El beso es profundo, decidido, cargado de todo lo que no dijo antes. Me besa como si supiera exactamente cuánto necesito ese contacto, como si verme no fuera necesario para sentirme.
Se separa apenas.
—Me gustas —repite— y mucho, Aurora. ¿Qué parte no te queda clara?
Respiro hondo, temblando.
—Todo me quedó claro, señor Falconi.
Sonríe ladeado.
—No me llames así en un momento como este —dice—. Porque me vuelves loco.
Río, tímida, con el corazón en la garganta.
—También me gustas, Aless… y mucho.
No me da tiempo de decir nada más. Vuelve a besarme y esta vez, ya no hay dudas.




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