Amor Ciego

Capítulo 29. Desayuno

Estoy solo en mi habitación.El silencio es profundo, pero no vacío, está lleno de ella, estoy acostado boca arriba, una mano sobre el pecho, la otra abierta sobre las sábanas, como si aún esperara que Aurora volviera a colocar la suya allí, sin miedo, sin permiso.

No necesito verla para recordarla. La tengo grabada en la memoria de los sentidos.Su risa, su torpeza adorable cuando se pone nerviosa, la forma en que hablaba hoy, contándome anécdotas simples como si fueran tesoros.Hablamos de cosas pequeñas, de su infancia, de mi madre, de la nonna, de miedos que no se dicen en voz alta y entre palabra y palabra… la besaba, una y otra vez y ella me respondía tan bien que me hacía perder la compostura.

Aurora no besa con dudas, besa con el cuerpo entero, estoy loco por ella y ya no voy a fingir lo contrario.Sé perfectamente que está lejos de ser la mujer correcta para mi vida. Demasiado noble, demasiado limpia, demasiado… infantil.

Pero es la mujer que deseo, la deseo con una intensidad que no pienso analizar. No voy a pensar en consecuencias, no voy a preguntarme cuánto durará, solo voy a disfrutarlo mientras exista y este deseo se acabe.Porque cuando Aurora me besa, juro por Dios que me pone duro.

A la mañana siguiente, estoy listo antes de lo habitual.Elegí el perfume con cuidado, uno que ella reconocería incluso sin mirarme. Estoy vestido, erguido, esperando, cuando la escucho entrar, sé que es ella antes de que diga una sola palabra.

—Buenos días, señor Falconi.

—Buenos días, Aurora—Camina con energía, se nota, está animada. Eso me provoca una satisfacción silenciosa.

—Piccola —digo—. Hoy quiero desayunar con la nonna y mi madre.Se detiene en seco. Lo sé por su respiración.

—¿De verdad, Aless? —pregunta, emocionada—. ¿Quieres salir?Asiento.

—Sí—Se acerca rápido, demasiado rápido, puedo sentir su presencia frente a mí.

—Claro que sí —dice—. ¿A qué se debe tu buen humor de hoy?

Sonrío más amplio.

—A que una pelirroja torpe y graciosa ayer me dio unos besos… muy ricos y sanadores.

Traga seco, lo escucho y lo disfruto.

Me acerco apenas más.

—¿Por qué no me das otros de esos besos ricos y sanadores, Aurora?

Ríe, nerviosa, se acerca y me besa. Pierdo la razón, no hay otra forma de decirlo, disfruto demasiado lo que ella hace conmigo, la forma en que me toca, como si no le tuviera miedo a nada, como si yo no fuera Alessandro Falconi… sino solo un hombre al que ella desea. Cuando se separa, se aleja deprisa.

—Voy a avisarle a la nonna, a la señora Lucia y a Fabiola —dice. La escucho irse y yo me quedo ahí, sonriendo como un condenado. Porque Aurora no lo sabe todavía, pero ya es mía de una forma peligrosa y yo… no pienso soltarla mientras dure.

El murmullo de la mesa me envuelve antes incluso de sentarme. Hace años que no desayuno así.

—¡Míralo, Lucia! —dice la nonna, feliz—. Mi nieto desayunando con nosotras después de meses.

Escucho la sonrisa en su voz, la de mi madre también.—Si Giovana—responde mi madre— es bonito tenerte aquí, hijo.

Aurora se mueve con soltura, como si siempre hubiera pertenecido a este espacio. Reconozco el sonido de las tazas, el pan al partirse, el café sirviéndose, todo ocurre con una naturalidad que me desarma.

—¿Quieres más café, Aless? —pregunta Aurora.—Sí, gracias.

Comemos. Reímos. La nonna cuenta una anécdota antigua, exagerando como siempre, y mi madre la corrige entre risas. Aurora escucha con atención, interviene con comentarios pequeños, sinceros, y logra que ambas se rían aún más.Yo solo escucho, escucho cómo mi casa suena viva otra vez.

—Deberías hacerlo más seguido —dice mi madre—. Te ves distinto.

—Más tranquilo —añade la nonna—. Más… aquí.

Termino de desayunar sin prisas, nadie mira el reloj, nadie se va. Por primera vez en mucho tiempo, no siento la necesidad de levantarme e irme.

—Gracias por venir, Aless —dice mi madre con suavidad—. Nos hiciste muy felices hoy.

—Sí —secunda la nonna. Yo asiento y Aurora ríe. Este desayuno…este momento simple, cálido, real…no lo habría vivido sin ella y aunque no lo diga en voz alta, lo sé con certeza:Aurora ya forma parte de algo que creía perdido.

Después de ese rico desayuno es turno de mis terapias matutinas. Me recuesto en mi cama y Aurora se acerca.

Sus manos se mueven con cuidado sobre mis brazos.La terapia debería ser rutina, debería ser solo eso. Pero con Aurora nada lo es, siento la presión exacta de sus dedos, la firmeza con la que sostiene, la suavidad con la que corrige cada movimiento. Es profesional, concentrada… y aun así mi cuerpo responde como si no entendiera de límites.

Maldita sea, reconozco su cercanía por el aire que cambia alrededor de mí, por su respiración pausada cuando se inclina un poco más. Su perfume me alcanza y mi control empieza a resquebrajarse, lento, traicionero. Un año, un año entero sin tocar a nadie, sin ceder, sin perder el control y ella lo despierta todo sin proponérselo, en un movimiento inevitable, demasiado cercano, inclino apenas el rostro y mis labios encuentran los suyos. Es un beso breve, impulsivo.Pero suficiente.

Aurora responde y eso… eso me mata. Mi cuerpo se tensa de inmediato, reaccionando con una fuerza que no puedo ignorar. El deseo sube como un golpe seco, recordándome exactamente quién soy cuando dejo de pensar.

Un lobo.

Aprieto la mandíbula. Me aparto de golpe.

—Para —digo, más brusco de lo que quisiera—. Tenemos que parar. Ella se queda quieta. No entiende, no puede.

Yo sí.

Respiro hondo, intentando dominar lo que mi cuerpo exige y mi cabeza rechaza. No digo nada más, pero por dentro todo es ruido, no eres como las otras, no juegas a esto, no sabes lo que provocas. Sé que es virgen, lo llevo clavado en la conciencia como una advertencia constante.

Aurora no es una mujer curtida en juegos de poder ni en relaciones rotas. Es delicada, dulce, inocente de una forma que no se aprende… se es y yo no soy el hombre adecuado para alguien así. Soy peligro, soy deseo sin paciencia, soy un hombre que lleva demasiado tiempo conteniéndose.




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