Amor Ciego

Capítulo 30. Volver al trabajo.

La sala de juntas estaba en silencio absoluto. No necesitaba verla para saberlo, el aire era denso, cargado de expectativas mal disimuladas y de ese nerviosismo que solo aparece cuando alguien importante entra sin anunciarse.
Tomé asiento en la cabecera. La silla era la correcta: cuero italiano, respaldo firme, nada había cambiado… y, aun así, todo había cambiado.
Apoyé el bastón contra la mesa, alineándolo con precisión, Marco se colocó a mi derecha, lo sentí por su respiración contenida, por la forma en que su presencia se afirmaba sin invadir. Mi apoyo. Mi extensión.
—Empecemos —ordené.
No levanté la voz, nunca lo hacía, el silencio se encargó del resto.
Escuché el leve movimiento de papeles, el carraspeo nervioso de uno de los altos funcionarios, sonreí apenas, siempre era el mismo gesto cuando sabían que venía lo inevitable.
—Durante mi ausencia —dije— se han relajado los controles, se han tomado decisiones sin criterio estratégico y alguien —marqué la pausa— olvidó quién dirige este conglomerado.
Nadie respondió, no hacía falta ver sus rostros para saber que estaban tensos.
—Para evitar confusiones —continué—: ya estoy de regreso y sigo siendo el que manda.
Si a alguno se le olvidó… hoy se lo estoy recordando.
—A partir de ahora —proseguí—, cada hotel reportará directamente a esta mesa, sin intermediarios innecesarios, sin decisiones emocionales. Rentabilidad, eficiencia y control. El resto es irrelevante.
Uno de ellos habló, Facillini, su voz tembló apenas.
—Señor… el hotel de Venecia ha presentado pérdidas importantes. Problemas de gestión, proveedores poco confiables, y—
Levanté la mano, bastó eso para que se callara.
—Venecia —repetí, saboreando la palabra—. Lo imaginé.
Me incliné ligeramente hacia adelante.
—Ese hotel no es un problema —dije—. Es una advertencia y yo me encargaré personalmente.
El murmullo fue inmediato. No sorpresa. Temor.
Giré apenas el rostro hacia Mateo.
—Mateo —ordené con calma—, prepara todo. Salimos mañana a primera hora, vuelo privado. Quiero los informes completos antes del amanecer.
—Sí, señor—respondió sin dudar.
Volví mi atención a la mesa.
—Esta reunión ha terminado —sentencié—.
Recuerden algo: no necesito ver para saber exactamente quién está fallando.
Me levanté, el sonido de las sillas alejándose fue inmediato.
Control intacto.
Siempre lo estuvo.
Cerré la puerta de mi oficina con cuidado, el sonido seco del pestillo fue suficiente para que todo lo demás quedara afuera: juntas, cifras, Venecia, errores ajenos. Aquí dentro solo existía una cosa.
Aurora.
No necesitaba verla para saber que estaba ahí. Su presencia siempre alteraba el espacio, como si el aire se volviera más tibio cuando respiraba cerca.
—Aurora —la llamé.
—Aquí estoy —respondió, suave.
—Acércate.
Escuché sus pasos, lentamente. Como si supiera que cada centímetro que recortaba entre nosotros era una decisión peligrosa. Cuando estuvo frente a mí, levanté la mano y encontré su rostro, mis dedos reconocieron su piel con una precisión que me inquietó. Demasiada memoria para algo que se suponía pasajero.
La besé.
Al principio fue control, un beso firme, medido. Pero duró poco, siempre duraba poco con ella.
—Ya extrañaba tus besos —dije en voz baja, apenas separándome.
—¿Cinco minutos sin mí y ya dramatizas? —bromeó—. Debería dejarte solo más seguido.
Sonreí… y ese fue mi error.
La volví a besar, esta vez sin disimulo, más profundo, sentí cómo me devolvía el beso con una facilidad que me desarmó. Su mano buscó mi cuello, el simple gesto me atravesó como una corriente inesperada.
Me separé apenas, respirando más hondo de lo necesario.
—Jamás imaginé —murmuré— que tus besos fueran tan adictivos.
Lo dije como una constatación, no como una confesión.
—Eso suena peligrosamente cercano a un halago —respondió ella.
—No lo es —dije con frialdad fingida—. Es una advertencia.
Pero cuando volvió a rozar mis labios, sentí algo que no me gustó: miedo. No a ella. A lo que despertaba en mí.
Deseo, sí. Eso era manejable, el deseo siempre lo había sido, pero había algo más, algo que se colaba entre mis defensas con una facilidad obscena.
Es solo un gusto, me dije.
Solo deseo, esto se pasará.
La tomé por la cintura, necesitaba anclarme a algo físico, concreto.
—Tengo que viajar a Venecia —dije, obligándome a cambiar de tema—. Asuntos de negocio.
—Entonces empacaré lo esencial —respondió— ¿Cuántos días?
—Dos, tres como máximo.
—Empacaré medicamento para cuatro —dijo sin dudar—. Por si acaso.
Asentí, esa forma suya de cuidarme sin pedir permiso… me descolocaba.
—Encárgate de eso —dije—. Tú me cuidas.
—Claro que sí, Aless.
El modo en que dijo mi nombre me tensó el pecho.
—Almuerza conmigo —añadió—. ¿Qué te provoca comer?
Hubo una pausa, luego su voz, más suave:
—Esta vez quiero comer algo que a ti te guste.
La acerqué más, mi pulgar dibujó un movimiento lento en su cintura, demasiado íntimo para alguien que se repetía que aquello no significaba nada.
—Entonces —dije— voy a sorprenderte.
Le di un beso corto, preciso, controlado.
—Aurora —continué—, marca el intercomunicador y llama a Mateo.
Escuché el clic, luego su voz repitiendo mis palabras.
—Mateo —ordené—, encárgate del almuerzo. Raviolis trufados, del lugar habitual. Ahora.
Me quedé unos segundos en silencio, con ella aún entre mis brazos. Demasiado bien. Demasiado correcto.
Solo es deseo, insistí.
Ya se me pasará.
Pero cuando apoyó la frente en mi pecho, supe algo con una claridad incómoda:
Había cosas que ni el control, ni la disciplina, ni la frialdad podían apagar tan fácilmente.

El almuerzo llego en menos de media hora, el aroma llegó antes que el sonido de la bandeja sobre la mesa. Trufa, mantequilla, pasta recién hecha, preciso, exactamente como debía ser.
Aurora probó el primer bocado en silencio.
Luego suspiró.
No fue exagerado ni fingido, fue un suspiro lento, sincero, de esos que se escapan cuando algo te toca más de lo que esperabas.
—Dios… —murmuró—. Esto está increíble, escuché cómo apoyaba el tenedor, cómo volvía a tomarlo de inmediato.
—Podría comer esto todos los días sin cansarme —añadió—. Fácilmente y ahí pasó.
Sentí algo expandirse en el pecho, algo cálido, inesperado.
Alegría.
Satisfacción.
Me sorprendió lo mucho que me importó haber acertado. Yo, que elegía menús como elegía contratos: por lógica, no por emoción y sin embargo, saber que le gustaba… me provocó una sensación de triunfo.
—Me alegra —dije con calma, aunque por dentro no lo estaba tanto—. Supuse que te gustaría.
—¿Supusiste? —rió—. Aless, esto no es suposición. Es talento.
Incliné apenas la cabeza hacia ella.
—Después de una comida tan rica —dije, bajando un poco la voz—, creo que me merezco unos besitos.
Ella volvió a reír, ese sonido que siempre lograba desarmar mis defensas.
Escuché la silla moverse, pasos, su cercanía creciendo demasiado rápido.
—¿Puedo? —preguntó, suave.
No tuve tiempo de responderle con palabras.
Se sentó sobre mí con cuidado, como si supiera exactamente cuánto podía acercarse sin romper nada… y rompiéndolo todo al mismo tiempo.
Sus manos buscaron mi rostro, me besó primero despacio, con una ternura que me descolocó. No había prisa, no había hambre. Solo una dulzura peligrosa que me hizo perder el ritmo de la respiración.
Mi corazón se aceleró.
Demasiado.
Esto es solo deseo, pensé con calma, no debería sentirse así, pero estar tanto tiempo sin compañia femenina me esta descuadrando; volví a besarla, lo hice con toda la pasión que había estado conteniendo. La tomé con firmeza, sin brusquedad, pero sin negarlo más. La besé como si necesitara ese contacto para mantenerme anclado.
Su risa se perdió entre nuestros labios, el mundo se redujo a su respiración, a la forma en que encajaba contra mí, a ese latido desordenado que no lograba controlar.
Solo es un gusto, me repetí, solo deseo, ya se me pasará, pero incluso mientras lo pensaba, supe que quizá había algo más.
Y lo sabía con una claridad que me inquietó más que cualquier negociación difícil.
Porque perder el control en los negocios era impensable. Pero con ella…
ya estaba ocurriendo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.