Amor Ciego

Capítulo 31. Plan de amigas.

Después de mi corta jornada laboral me fui a la casa de Fiorella, Alessandro me habia dado la tarde para organizar todo lo referente al viaje, pero antes necesitaba hablar con mi mejor amiga. Me senté frente a Fiorella con las manos entrelazadas, como si así pudiera ordenar todo lo que me latía en el pecho, el cuarto estaba en silencio, pero yo sentía un ruido enorme dentro de mí.
—Te noto distinta —me dijo—. ¿Qué pasó?
Respiré hondo, no sabía por dónde empezar, así que empecé por la verdad.
—Es Alessandro.
Fiorella frunció apenas el ceño, no por sorpresa, sino por preocupación, me escuchó sin interrumpirme mientras le contaba cómo me miraba, cómo me cuidaba, cómo su voz era capaz de calmarme y encenderme al mismo tiempo y la rara relación de jefe y empleada que llevábamos.
—Aurora… —dijo al fin—. Tú eres muy dulce, muy inocente, él no es un hombre sencillo, sé cómo es Alessandro, me da miedo que salgas lastimada.
Bajé la mirada un segundo, tal vez tenía razón. Tal vez todo aquello era una locura, pero cuando volví a hablar, mi voz no tembló.
—Puede que tengas razón —admití—. Pero lo quiero a él y —tragué saliva— quiero que sea mi primera vez, lo deseo, Fiore, no es solo curiosidad. Es él.
Vi cómo su preocupación crecía, cómo sus ojos se llenaban de algo parecido al miedo.
—Me asusta escucharte decir eso —confesó—. Me da miedo que Alessandro te rompa.
Negué despacio.
—Siento que él no podría hacerme daño, se preocupa por mí, es atento, es dulce conmigo… conmigo es distinto.
Hubo un silencio largo, luego, su pregunta llegó directa, sin rodeos:
—¿Estás segura de que quieres perder tu virginidad con Alessandro?
Asentí.
—Sí, quiero sentir todo eso de lo que tanto me has hablado. Con él lo siento… ese deseo y por primera vez en mi vida quiero ser valiente. No pensar en nada más, no importa cuánto dure.
Fiorella suspiró y me tomó las manos.
—Entonces prométeme algo —me dijo—. Prométeme que si en algún momento duele más de lo que debería, si te sientes sola, vas a venir a mí.
Sonreí con un nudo en la garganta.
—Te lo prometo.
Y en ese instante entendí que, aunque el miedo seguía ahí, ya no estaba dispuesta a huir. Por primera vez, quería vivirlo todo.
—Aurora —me dijo, deteniéndose en seco—, escucha bien: Venecia es perfecta. Góndolas, luces, misterio… ese hombre tiene que sentirte, tocarte, olerte. Necesitamos algo sexy. Ya.
—Fiorella, yo no sirvo para eso —le respondí—. Soy ñoña, torpe, yo seduzco con chistes malos y datos inútiles.
—¿Ñoña? ¿Dónde quedó la valentía, Aurora? —me miró como si me fuera a cachetear con glamour—. Alessandro tiene recorrido, rumores, historia. Dicen que es apasionante.
—Gracias, ahora estoy más nerviosa.
—Por eso mismo —continuó—, debes ser la mejor versión de ti, no otra persona. Tú… pero con encaje.
Cinco minutos después ya me estaba arrastrando al centro comercial.
—Mira esta lencería —dijo, señalando algo diminuto que claramente no estaba diseñado para mujeres con pudor—.
—¿Tú sabes cuánto cuesta eso? —susurré—. Con eso pago el mercado del mes.
—Yo lo pago.
—No.
—Aurora.
—No puedo aceptar.
—Aurora, por favor —me regañó—, no es un gasto, es una inversión emocional internacional.
—Eso no existe.
—Ahora sí. Acepta.
Acepté. Derrotada. Agradecida.
En el probador, Fiorella hacía de estilista profesional.
—Endereza la espalda… eso es…
—Me siento ridícula.
—Ridícula nada —dijo—. Aurora… tus melones son gigantes.
—¡Fiorella!
—¡Es un cumplido! Deberías presumirlos más, no esconderlos como si fueran documentos clasificados.
Me miré al espejo. Suspire.
—Bueno… tal vez no soy tan ñoña.
—Exacto —sonrió—. Eres Aurora y Venecia no está lista para ti.
Y yo tampoco… pero ya tenía lencería nueva y una amiga demasiado entusiasmada, así que, ¿qué podía salir mal?

Llegué a casa con el corazón todavía acelerado. Cerré la puerta despacio y, antes de que pudiera quitarme los zapatos, Amelia apareció corriendo por el pasillo y se lanzó a mis brazos. Reí, la abracé fuerte, dejé que su risa me anclara un momento a lo cotidiano.
—¿Cómo te fue hoy? —preguntó con esa curiosidad limpia que solo ella tiene.
—Bien —le dije—. Muy bien.
En la cocina, mamá preparaba la cena, el aroma cálido me envolvió y por un segundo sentí que todo estaba en equilibrio. Me acerqué, me apoyé en la encimera y solté lo que había estado guardando.
—Mamá… tengo que viajar, mi jefe tiene negocios en Venecia.
Se giró con una sonrisa sincera, de esas que reconfortan.
—Me alegra, hija. Aunque sea por trabajo, te hará bien salir de Milán, a veces cambiar de aire ordena el alma.
Asentí. No dije más, algunas cosas todavía pedían silencio.
Después, en mi habitación, me deslicé bajo las sábanas, la luz apagada, el techo oscuro, mi respiración intentando acompasarse, justo cuando el sueño empezaba a rozarme, el teléfono vibró. Mi pulso se disparó.
Era Alessandro.
—Buona notte, piccola —dijo, y su voz me atravesó como un susurro íntimo.
—Buenas noches —respondí, mordiéndome la sonrisa.
—Mañana paso por ti a las siete, quiero que estés lista.
Cerré los ojos. Lo imaginé frente a mi puerta.
—Lo estaré.
Hubo un silencio cargado, de esos que dicen más que cualquier frase.
—Si estuviera ahí… —murmuró— te besaría ahora mismo, lento, como si el tiempo nos debiera algo.
Reí bajito, el pecho apretado de emoción.
—Entonces te mando uno —dije, y acerqué el teléfono a mis labios—. Guárdalo para mañana.
Escuché su respiración cambiar, hacerse más profunda.
—Te deseo, Aurora.
El mundo se detuvo un segundo, sentí el calor subir, la certeza clara y temblorosa.
—Yo también te deseo, Aless… como mujer.
Su suspiro fue pesado, contenido.
—Maldita sea… —dijo—. ¿Por qué me dices eso ahora? Me vuelves loco, carajo.
Mi nombre en su boca me estremeció, se me escapó un sonido suave, inevitable, y me tapé la boca como si alguien pudiera oírme.
—Piccola… —advirtió, con la voz oscura—. Así no vamos a dormir ninguno de los dos.
Tragué saliva, el cuerpo alerta, despierto.
—Mañana —susurré—. Mañana será distinto.
Lo escuché sonreír sin verlo.
—Mañana —repitió—. Será mejor dejar la llamada aquí. Dulces sueños, Aurora.
—Dulces sueños, Aless.
La línea se cortó, pero su presencia quedó conmigo. Me giré sobre la almohada, el corazón encendido, y por primera vez no quise huir del deseo. Me dejé caer en él, con una calma nueva, esperando la mañana.




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