Pasé por Aurora temprano, como había prometido. No necesito ver el reloj para saber cuándo el mundo aún bosteza; lo siento en el aire más frío, en el silencio que se estira antes del ruido. Roberto condujo con la suavidad de siempre y Mateo iba a mi lado, atento, presente, como una sombra fiel que respira conmigo.
Cuando Aurora subió al carro, el aroma de su perfume llenó el espacio. No era invasivo, era ella: limpio, tibio, un poco nervioso. La atraje hacia mí sin pensarlo demasiado. Mi mano encontró su cintura, la guía natural que ya conozco, y la besé. Fue un beso breve, seguro. Sentí cómo se sorprendía en mi boca.
—Aless… —susurró—. Mateo y Roberto están viendo.
Sonreí, porque pude escuchar la sonrisa antes de sentirla en mi rostro.
—Ellos son de confianza —le dije en voz baja—. ¿O es que te avergüenzo?
Negó rápido, su respiración se aceleró apenas.
—No… yo solo… no sé. Olvídalo.
Y entonces me besó ella, más lento, más tierno. La forma en que me besa siempre dice más que cualquier mirada.
El camino al aeropuerto fue corto. Lo supe por la cadencia de la ciudad cambiando bajo las ruedas, por el eco abierto de los espacios grandes. Al bajar, el sonido se volvió amplio, alto, metálico. El jet nos esperaba; yo lo reconocí por el silencio poderoso que lo rodea, por el olor a combustible y cuero nuevo.
—Dios… —dijo Aurora—. Es hermoso.
Reí.
—¿Te gusta?
—Nunca había subido a uno —confesó, con una mezcla de emoción y pudor.
Me acerqué un poco más.
—Me alegra ser tu primera vez.
Lo dije con intención. Sentí su suspiro pesado, cálido, desarmado. Eso me bastó.
Nos sentamos juntos, ella a mi lado, como siempre, cuando el avión comenzó a moverse, su mano buscó la mía y se aferró con fuerza.
—Tengo miedo —dijo.
Apreté sus dedos, anclándola a mí.
—Es un viaje corto, confía en mí, estoy aquí.
Durante el despegue, su pulso fue un tambor rápido bajo mi palma, pero poco a poco se calmó, el mundo se acomodó en un zumbido constante y seguro.
Al aterrizar, la sentí más ligera, como si el miedo se hubiera quedado arriba, al bajar del avión, me incliné hacia ella.
—Prometo que me desocuparé rápido —le dije— quiero llevarte a conocer Venecia.
Su sonrisa no necesitó luz para existir, la sentí en su voz, en la forma en que se acercó a mí y supe, sin ver, que este viaje apenas comenzaba.
Falconi Resorts siempre me recibe antes de que alguien pronuncie su nombre. Lo hace el silencio controlado, el eco suave de un mármol que no grita bajo los pasos, el olor preciso —madera pulida, flores frescas, dinero, quí todo suena a lujo y poder.
—Señor Falconi —dijo el gerente apenas cruzamos la entrada—. Bienvenido, el personal ya se encarga del equipaje.
No necesité verlo para saber que había más de una persona moviéndose rápido, demasiado rápido. Mal síntoma. Aurora estaba a mi lado; sentí cómo se detenía un segundo, absorbiendo el lugar como si pudiera guardarlo en el pecho.
—Sube a la suite —le dije con suavidad—. Organiza todo con calma, mientras yo estoy ocupado, recorre el hotel, usa lo que quieras, compra lo que se te antoje… come lo que desees.
Me incliné un poco hacia ella al decirlo, no fue una orden, fue un regalo. Su respiración cambió, ligera, emocionada.
—Prométeme algo —dijo entonces, y su tono cambió, mandón, peligrosamente encantador—. No te vas a saltar tus terapias.
Sonreí sin querer.
Antes de que pudiera responder, se giró hacia Mateo.
—A las once los espero en la habitación. Iniciamos sin falta.
Mateo carraspeó.
—No sé si hoy pueda…
—Aless —me interrumpió ella, volviendo hacia mí—. No acepto réplicas, si no cumples, no me despegaré de ti en todo el día.
El murmullo a nuestro alrededor se detuvo, lo sentí. El personal conteniendo la respiración, el gerente incómodo, Mateo sorprendido. Yo… yo estaba sonriendo.
—Está bien —cedí al final—. A las once.
Aurora se despidió alegre, casi triunfal, y se alejó con pasos ligeros, su ausencia siempre deja ruido.
—Señor Falconi —dijo el gerente—, si gusta, podemos pasar a la oficina.
—Eso pensaba —respondí—. Necesito los reportes completos de los últimos seis meses. Ocupación, decisiones operativas, cambios de proveedores, absolutamente todo.
Nos sentamos. Reconocí el cuero del sillón, demasiado blando. Mal gusto.
—He notado —continué— que se han tomado decisiones sin mi autorización. Ajustes en tarifas, reasignación de personal, contratos temporales.
El gerente tragó saliva, lo escuché.
—Creímos que…
—No crea —lo corté—. Consulte, este resort funciona porque cada decisión sigue una línea clara y esa línea no se improvisa.
Hubo silencio, luego asentimientos apresurados.
—Quiero nombres —añadí—. Y explicaciones. Minuciosas.
Me incliné hacia adelante.
—Falconi Resorts no se sostiene por intuición. Se sostiene por control.
Cuando salí de la oficina, el lugar sonaba distinto. Más cuidadoso. Como debe ser.
Y, aun así, mi mente ya estaba contando el tiempo, a las once, Aurora no perdona, ni yo quiero que lo haga.
Después de las terapias, mi cuerpo quedó en ese punto exacto entre el cansancio y la claridad. Mateo guardó los implementos, me confirmó horarios.
La llevé a almorzar al restaurante principal del hotel, era muy elegante, los cubiertos bien puestos, el aroma complejo de platos caros. Pero ella… ella no sonaba como ese lugar. Sonaba como una niña pequeña frente a una feria.
—Aless, no sabes todo lo que hice —empezó apenas nos sentamos—. Bueno… todo lo que vi. Los juegos son enormes, el buffet es una locura, el spa parece de otro mundo, el gym… Dios, el gym y la piscina, Alessandro, la piscina es espectacular, ni hablar de este restaurante.
Hablaba rápido, emocionada, dulce. Demasiado dulce. Cada palabra venía acompañada de gestos que yo no veía, pero sentía en la vibración de la mesa, en el aire que movía con las manos.
—¿Y probaste algo? —pregunté.
Hubo una pausa mínima.
—No… nada —admitió—. Solo miré.
Fruncí el ceño.
—Después del almuerzo puedes hacer todo eso.
—No podría pagarlo —dijo enseguida, bajando un poco la voz—. Es demasiado.
Sonreí.
—Aurora, a mi lado no tienes que pagar nada. Este hotel es mío. Puedes acceder a todo.
La escuché quedarse en silencio.
—Avisaré a la administración para que te den pase libre —añadí—. Absoluto.
Tomé su mano sobre la mesa y besé sus dedos con calma, sin prisa, como si el mundo no existiera alrededor.
—Gracias, Aless —susurró.
Ese “gracias” me atravesó más que cualquier cifra.
Me despedí poco después, no porque quisiera, sino porque debía. Volví a los negocios, a la parte del día donde todo es estructura y control.
La tarde se fue entre documentos y más documentos. Mateo leyó reportes financieros, contratos, proyecciones, yo escuché cada palabra, cada número, cada desviación. Interrumpía cuando algo no cuadraba, pedía que repitiera fechas, porcentajes, cláusulas pequeñas que otros pasarían por alto.
El sonido de las hojas cambiando marcó las horas. Café. Silencio. Voz de Mateo. Otra hoja. Otra decisión.
Mientras tanto, en algún lugar del hotel, Aurora vivía todo lo que yo le había prometido. Y aunque no podía verla, sabía exactamente dónde estaba: libre.
Y esa certeza, curiosamente, hizo que el trabajo pesara un poco menos.