Amor Ciego

Capítulo 33. Provocadora.

Nunca pensé que un pedazo tan pequeño de tela pudiera hacerme sentir tan valiente… y tan vulnerable. El vestido de baño seguía siendo el mismo que Fiorella me regaló en mi cumpleaños. “Algún día”, me dijo y hoy ese algún día llegó.
Caminé hacia la piscina con el corazón acelerado. El sol me abrazó la piel y, por primera vez, no quise esconderme, el agua estaba tibia, cristalina, y cuando me sumergí sentí que también se disolvían mis inseguridades, nadé despacio, luego más segura, me quedé flotando, escuchando risas lejanas, el eco suave del resort, pensando en Alessandro y en cómo, sin verme, siempre parece saber exactamente quién soy.
Después, el hambre llegó ligera, comí algo sencillo, sin prisas, saboreando cada bocado como si el día me perteneciera. Y luego el spa. El masaje fue un regalo que no sabía que necesitaba: manos expertas, música suave, aceites cálidos. Mi cuerpo se soltó, mi mente también, pensé en su voz, en cómo me tranquiliza cuando tengo miedo, en la forma en que pronuncia mi nombre.
La noche me encontró de regreso en la suite. Alessandro aún no había llegado, el silencio era amplio, elegante. Me metí a la ducha buscando calor y calma, pero los pensamientos volvieron: ¿Me quedaré con él esta noche? ¿O me pedirá otra habitación? El agua caía y yo cerré los ojos.
Entonces escuché la puerta.
Mi corazón dio un salto.
—¿Aurora? —dijo su voz—. ¿Qué haces?
Apagué la regadera y tragué saliva, me asusto, pero me relajaba el hecho que no podía verme, se que es cruel, pero pues mi vergüenza se fue de inmediato.
—¿No es obvio, señor Falconi?
Sonrió, amo cuando sonríe.
—Quisiera poder verte ahora, Aurora.
Ese deseo dicho en voz alta me desarmó.
—Ya pronto podrás —respondí. Y no sé de dónde salió esa valentía nueva—. ¿Quieres meterte a la ducha?
Hubo una pausa. Sentí su duda, su cuidado, creo que me he pasado... Que atrevida Aurora me dijo mi conciencia. Pero no pude resistirlo, Alessandro es como google, tiene todo lo que andaba buscando y mucho más...
—No es buena idea.
—¿Por qué? —insistí, con el corazón latiendo en la garganta y mis ganas de sentir al bizcochote rico del Falconi.
Rió, bajo, honesto.
—Porque soy un hombre apasionado… y tú eres una mujer. Una que me gusta con locura.
El aire se me escapó en un jadeo. Lo escuché tocarse la sien, como cuando intenta controlar un impulso.
—Es mejor que me vaya.
—No —dije, sin pensar—. Por favor.
Se detuvo.
—¿Estás segura?
—Sí —afirmé, con una certeza que me sorprendió a mí misma.
Escuché el roce de la ropa al caer, sus pasos cuidadosos. El agua volvió a correr. Entró despacio, como si el vapor fuera frágil. Sus manos me encontraron con una delicadeza que me estremeció, me besó, fue un beso lento, profundo, lleno de intención.
—Tu piel es muy suave —murmuró—. ¿Siempre hueles a vainilla?
Reí, nerviosa, feliz.
—Sí… siempre.
Me besó otra vez, y luego otra, no hubo prisa, su boca descendió sobre mi cuello, y su manos se apretaron sobre mi trasero, el jadeo fue inevitable, me gustaba lo que el hacía conmigo.

—Me vuelves loco Aurora—me dijo con voz ronca.

Yo seguía perdida en las sensaciones que sus besos me provocaban. Luego sus labios fueron a parar a mi pezones, su boca succionaba con pasión y suavidad.

—Aless, Dios, ahhhhh.

—¿Te gusta mi conejita pelirroja?, tienes esas tetas grandes Aurora, desearía tanto verlas.

—Si Aless, me encanta.

Sentía su falo duro sobre mi pierna y santo Dios era tan grande, me animé a tocarlo y el se apartó de golpe.

Sus ojos estaban dilatados, yo sí podía verlo.
El vapor de la ducha no lograba ocultar nada: su pecho subía y bajaba con fuerza, como si cada respiración le costara disciplina. El agua recorría su cuerpo marcándolo todo, y por un segundo pensé —con una claridad peligrosa— que era algo casi divino de mirar. No solo por lo que veía, sino por lo que provocaba en mí.
Alessandro apretó la mandíbula, sus manos, que segundos antes me recorrían con una ternura casi reverente, se detuvieron.
—Debo parar —dijo, con la voz baja, tensa—. Estoy demasiado exitado, Aurora.
Tragó saliva.
—No quiero que tu primera vez sea así.
Mi corazón golpeó con fuerza. No sentí miedo. Sentí una necesidad profunda de él… y de ese cuidado que me estaba dando incluso cuando su cuerpo pedía otra cosa...pero espera un momento, dijo "tu primera vez" rayos ¿Alessandro sabia que era virgen?

Bajé la mirada.
—Ya lo sabes, ¿verdad? —murmuré.
—¿Saber qué? —preguntó, atento.
Tragué saliva.
—Que soy virgen.
Lo dije rápido sin rodeos.
—¿Tan obvia soy? —pregunté, intentando bromear—. ¿No quieres seguir por eso?
Las palabras se atropellaron.
—Porque soy una ñoña que no sabe de sexo… debe ser muy aburrido para ti teniendo...
No terminé.
Alessandro reaccionó al instante. Me atrajo hacia él con firmeza, sosteniéndome el rostro para que no pudiera esconderme.
—Jamás pienses eso —dijo, claro, seguro—. Jamás.
Su voz no tembló.
—No eres igual a nadie, Aurora y no hay nada en ti que me disguste. Nada.
Mis ojos ardieron.
—Tu inexperiencia no me incomoda —continuó—. No me aburre, no me espanta.
Bajó un poco la voz.
—Me importa.
Apoyó su frente en la mía.
—No eres ingenua, ers una mujer que ha sentido a su ritmo y eso es algo que respeto profundamente.
Mis manos se aferraron a sus brazos.
—Y si algún día decides que sea conmigo… —hizo una pausa cargada de promesa— te enseñaré. Con calma. Sin miedo. Muy bien.
Me acerqué un poco más, lo suficiente para que el agua nos envolviera a ambos.
—Entonces dime qué hacer, Aless —susurré—. Quiero complacerte.
Sus cejas se fruncieron, como si mi respuesta fuera exactamente lo que no esperaba… y lo que más le costaba resistir.
—Aurora… —murmuró—. No tienes que hacer nada.
Levanté la mano y la apoyé en su pecho, sentí su corazón acelerado bajo mi palma.
—Lo sé —dije despacio—. Lo elijo.
El silencio entre nosotros fue espeso, cargado. Alessandro cerró los ojos un instante, como si necesitara anclarse al mundo sin verlo.
—Eres peligrosa cuando hablas así —confesó, con una sonrisa contenida—. Porque no sé dónde termina mi control y dónde empiezas tú.
Me acerqué más, sin tocarlo del todo.
—Entonces no decidas solo —susurré—. Decidamos juntos.
Abrió los ojos, me miró como si pudiera verme incluso más allá de lo físico. Levantó una mano y la apoyó en mi mejilla, despacio, como si memorizara mi rostro.
Eso me desarmó más que cualquier caricia.
Apoyé mi frente en la suya. El agua seguía cayendo, el mundo seguía existiendo… pero nada importaba tanto como ese instante contenido, lleno de deseo y de respeto.
Y entendí algo con absoluta claridad:
no había prisa, porque lo que estaba naciendo entre nosotros merecía tiempo.




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