Me desperté de madrugada, cuando Venecia respira distinto. No necesito verla para reconocerla: la conozco por el silencio húmedo que se posa sobre los muros, por el rumor lejano del agua golpeando con paciencia, por ese frío suave que entra por los balcones como un recuerdo antiguo.
Aurora seguía a mi lado, lo supe por su respiración, por el peso exacto de su cuerpo compartiendo el colchón, por el calor familiar que me ancla. Me incorporé despacio, sin despertarla, y busqué el bastón con la mano.
La suite la recuerdo palmo a palmo; cada mueble tiene un lugar preciso en mi memoria. Aun así, el bastón me acompaña como una extensión tranquila de mí mismo, odio estar ciego, odio mi vida después del accidente.
Caminé hasta el balcón guiándome por el eco corto de mis pasos, el aire de la madrugada me tocó el rostro, cerré los ojos —gesto inútil, lo sé— y dejé que la ciudad me hablara. Pensé en lo ocurrido con Aurora, en el vapor, en su voz, en su forma de quedarse cuando pudo irse. Deseo, me dije. Nada más que deseo, anoche lo comprobé, eso que me sacude no es otra cosa. No conviene confundirlo, el deseo se satisface; se calma y yo necesito calma.
No quiero lastimarla, nunca he prometido a mujeres cosas que no puedo dar…pero no soy un hombre ingenuo, soy un hijo de puta, me dije con una franqueza que no perdona y Aurora será otra más en la lista, otra conquista, así funciona el mundo que conozco.
Sentí entonces unos brazos rodeándome por la espalda. No la oí llegar, solo supe que estaba ahí cuando su cabeza descansó entre mis omóplatos, confiada, tibia.
—¿Qué haces despierto a esta hora, Aless? —preguntó, somnolienta—. ¿Te sientes bien?
Me dio un beso en mi espalda, un gesto pequeño, demasiado dulce, demasiado tierno.
Cerré los ojos y suspiré, Aurora es peligrosa de una manera distinta.
—Me siento bien —respondí, tomando aire—. Vuelve a la cama.
No me soltó, al contrario, tomó mi mano con la suya, firme y suave a la vez.
—Vuelve conmigo —dijo.
Algo dentro de mí cedió, no fue razonamiento. Fue ese impulso antiguo que me gobierna cuando el control se agrieta, .me dejé guiar.
Regresamos a la cama y ella se acomodó contra mi pecho como si ese lugar le perteneciera desde siempre.
Nos quedamos dormidos abrazados, su respiración volvió a encontrar el ritmo lento del sueño y la mía la siguió, a regañadientes.
Mientras el amanecer se insinuaba sin luz para mí, pensé que el deseo debería ser sencillo y, sin embargo, con Aurora, nada lo es.
Me levanté cuando la mañana apenas comenzaba a estirarse, no necesité abrir los ojos para saber que Aurora seguía dormida; su respiración era lenta, profunda, confiada, me quedé un instante más, escuchándola, y luego me aparté con cuidado, el trabajo no espera. Nunca lo ha hecho.
Aurora insistió en acompañarme hasta la oficina principal del hotel después de mis medicamentos y monitoreos regulares. Caminaba a mi lado, guiándome con una naturalidad que ya empieza a ser costumbre. Mateo nos esperaba allí; lo reconocí por la forma exacta en que acomodó los papeles, por su silencio atento.
—Que te vaya muy bien —me dijo Aurora antes de irse.
Asentí.
—Disfruta, piccola.
La sentí sonreír antes de alejarse, la junta directiva ya estaba reunida, el ambiente olía a tensión y a excusas mal preparadas. Tomé asiento y dejé el bastón a un lado, no necesito ver para saber cuándo alguien se equivoca; basta con escucharlo hablar.
—Las decisiones tomadas en los últimos meses —comencé— no solo fueron precipitadas, fueron irresponsables.
El gerente intentó justificarse, lo dejé hablar. Siempre dejo hablar.
—No autorizo cambios en tarifas sin análisis previo —continué—. No permito contratos temporales que comprometan la calidad del servicio. Y no tolero que se use mi ausencia como permiso.
Hubo murmullos. Respiraciones contenidas.
—Queda despedido —dije finalmente.
El silencio fue absoluto.
—Mateo —añadí—, ejecuta el plan que discutimos, auditoría completa y nuevos responsables.
Asentimientos. Nada más que decir.
Después vinieron las otras terapias, el cuerpo protesta cuando la mente exige demasiado, y yo aprendí hace tiempo a escucharlo. Al mediodía almorcé con Aurora, fue un respiro breve, necesario, su voz, su risa suave, la forma en que me cuenta detalles pequeños como si fueran tesoros.
Volví al trabajo. Hablé largo con Mateo sobre las órdenes dadas, sobre plazos y consecuencias. La tarde se deshizo entre llamadas, informes, decisiones que no admiten demora.
Regresé a la suite cuando ya era tarde, estaba agotado, el cansancio se me había metido en los huesos, cerré la puerta detrás de mí y apoyé la frente un segundo contra ella.
El día había sido largo, demasiado.
Y aun así, lo primero que busqué fue el sonido de Aurora, porque incluso en medio del ruido del poder y las decisiones, ella se ha vuelto mi único punto de quietud.
Me senté en la cama convencido de que tenía el control.
Siempre lo había tenido.
—Aurora —dije.
—Ya voy, Aless —respondió desde el baño.
La puerta del baño se abrió despacio.
—¿Cómo te fue hoy? —preguntó, acercándose como si nada.
—Bien… cansado —respondí.
Entonces cambió la voz, apenas, pero lo suficiente.
—¿Quieres saber qué tengo puesto?
Sentí el golpe directo al pecho.
Ridículo, yo no reaccionaba así.
Tragué saliva.
—Aurora… ¿qué estás haciendo?
—Nada —dijo rápido, demasiado rápido—. Solo… jugando un poco. ¿Puedo?
Se acercó más, demasiado cerca, tomó mis manos con una decisión torpe, adorable, y las guió hacia ella. Sentí la tela delicada, mínima.
—Me puse esto para ti —dijo, orgullosa—. Es rojo, como mi cabello.
Ahí fue cuando lo entendí.
No tenía idea de lo que hacía.
Y aun así… me estaba desarmando por completo.
“Yo soy el experto”, pensé.
“Y estoy cayendo redondito”.
—¿Qué se supone que haga ahora? —pregunté, jugando.
—Pues… —dudó—. ¿Decirte que soy peligrosa?
La frase fue tan mala que me reí.
—Terriblemente peligrosa —le seguí el juego—. Una seductora profesional.
Ella rió, satisfecha… hasta que se le escapó:
—Fiorella dijo que eso funcionaba.
Reí de verdad esta vez.
—Ah, con razón —dije.
Aurora intentó apartarse, avergonzada.
—No te burles —murmuró—. Ya no quiero jugar.
La tomé de la muñeca con suavidad.
—No me burlo de ti —dije, serio ahora—. Me estás matando de ternura.
La acerqué un poco más.
—¿Sabes que me tienes obsesionado? —le confesé en voz baja—. Yo creyendo que sé jugar… y tú desarmándome sin esfuerzo.
—¿De verdad? —preguntó, sorprendida.
—De verdad.
Incliné la cabeza, apenas rozando su frente.
—Eres traviesa, Aurora y lo peor… es que quiero que sigas jugando.
Ella suspiro, yo ya estaba perdido y lo sabía.