Yo, Aurora, guardaré ese recuerdo como quien guarda una canción suave para los días difíciles. La primera vez con Alessandro empezó torpe y sincera: sí, dolió un poquito, no voy a idealizarlo, pero fue ese dolor breve que se va cuando te das cuenta de que estás en buenas manos. Y vaya que lo estaba.
Él me besaba la cara, las manos, como si no tuviera prisa por llegar a ningún lado, como si yo fuera exactamente donde quería estar. Me susurraba al oído lo suave y perfecta que era, lo mucho que lo desordenaba por dentro… y yo, entre nerviosa y feliz, pensaba que nadie debería decir cosas tan bonitas sin advertencia previa.
Entre besos lentos y caricias cuidadosas, el cuerpo dejó de tensarse y el corazón empezó a sonreír. Me sentí bien, querida, tranquila, como si el mundo por un momento hablara en voz bajita solo para nosotros y ahí, justo ahí, lo entendí todo: no era solo el momento, era él y sí, con ternura, con risa tímida y sin darme cuenta, me estaba enamorando de el.
Estaba sentada dos mesas lejos de Alessandro, lo suficientemente cerca para verlo… y lo suficientemente lejos para no interrumpir sus negociaciones. Yo removía mi café como si eso fuera a resolver mis conflictos emocionales cuando ella apareció.
Alta, blanca, cabello negro corto, de esos que gritan “soy rica desde la cuna”.
Ojos cafés intensos, labios gruesos, cuerpo de Barbie edición limitada, probablemente importada de Italia.
Se sentó frente a mí.
Frente. A. Mí.
—¿Eres Aurora, cierto? —dijo con una sonrisa educada, de esas que no piden permiso.
Parpadeé dos veces.
¿Yo? ¿Famosa? ¿Buscada?
—Sí… —respondí—. Aurora.
—La enfermera de Aless.
Ah.
Claro.
Ese título venía incluido, sin descuento.
—Soy Isabella Conti —se presentó—. Encantada.
Nombre italiano, apellido elegante, perfecto.
Solo le faltaba decir “vengo a arruinarte el día”.
—Lamento mucho todo lo que pasó con Alessandro —continuó—. Es una pena… aunque debo decir que sigue viéndose igual de imponente y seductor que siempre.
Sonreí por fuera, por dentro estaba anotando mentalmente: “respirar, Aurora, no saltar a la yugular”.
—¿Usted… conoce al señor Falconi? —pregunté, tratando de sonar profesional y no como una mujer claramente celosa.
—Claro —respondió—. Fue mi exnovio.
Ah.
Excelente.
Fantástico.
Maravilloso.
—Nos llevábamos bien —siguió—, pero queríamos cosas distintas y decidimos dejarlo. Él se volvió un picaflor de primera. Una noche con una chica en su penthouse en Milán, un regalo costoso y se despedía sin más.
Tragué saliva.
—No lo critico —añadió, encogiéndose de hombros—. Yo hacía lo mismo… bueno, excepto la parte de los regalos.
Me atraganté con el café.
¿PERDÓN?
—Mi papá está negociando ahora con él —dijo señalando—. Es el del traje azul.
Miré, traje azul, empresario, poder, dinero.
Yo: enfermera, café frío y dignidad tambaleando.
—Entiendo, señorita —logré decir, asentando como si todo fuera completamente normal y no estuviera viviendo una telenovela italiana.
Isabella se levantó con gracia quirúrgica.
—Fue un placer, Aurora, pronto estaremos en contacto.
Se acercó a la mesa de Alessandro, lo saludó con confianza y se sentó junto a él y entonces lo vi.
La forma en que ella se lo saboreó con la mirada, como quien vuelve a probar un postre caro y confirma que sigue siendo delicioso.
Alessandro levantó sonrió…
Esa sonrisa que yo conocía demasiado bien.
Yo crucé los brazos, enderecé la espalda y pensé: perfecto, Aurora. Dos mesas de distancia, una ex italiana millonaria… y tú aquí, cuidándole la presión arterial.
Sí...un día completamente normal.
Los empresarios comenzaron a levantarse uno a uno, apretones de manos, sonrisas falsas y promesas que olían a dinero viejo.
Mateo se disculpó y se apartó de la mesa para revisar algo urgente y entonces pasó lo inevitable...Alessandro e Isabella quedaron solos.
Yo seguía en mi mesa, inmóvil, fingiendo que el borde de mi servilleta era fascinante.
Isabella se inclinó hacia él y le dijo algo en voz baja. No escuché qué, pero él sonrió.
No su sonrisa normal.
Y entonces…
Ella se inclinó más, demasiado y lo besó.
Sentí como si alguien me hubiera apretado la cabeza por dentro.
Los celos se me subieron directo al cerebro, sin escalas.
No me moví ,no respiré, no existí.
Alessandro giró el rostro en mi dirección.
Él no podía verme, pero lo hizo igual.
Instintivamente.
Como si supiera.
Isabella se levantó, satisfecha, elegante, peligrosa… y se fue.
Alessandro apoyó el bastón, se puso de pie y habló al vacío:
—Aurora.
Me acerqué despacio, cada paso más pesado que el anterior.
—Yo no quería besarla —dijo de golpe—. Fue una sorpresa.
Yo seguí callada conteniendo los celos como quien sostiene una bomba.
—Aurora… ¿estás ahí?
—Sí, señor Falconi —respondí—. Eso vi, pero para no querer, no se apartó con demasiada rapidez.
Silencio.
—Aurora, por favor…
—Shhh —hice un sonido corto, seco—. Vamos a tomarle la presión.
Saqué el tensiómetro con demasiada energía.
—Quizás por ahí también me consiga alguien que me bese —añadí, fingiendo ligereza—. Ya veo que aquí es fácil...
No alcancé a terminar, sentí sus manos sujetarme de los brazos y atraerme hacia él con firmeza.
—No me provoques, Aurora Greco, no después de lo que ayer—dijo en voz baja.
Me quedé helada.
—Alessandro… estamos en un lugar público —susurré, nerviosa.
—Me importa un carajo.
Tragué saliva.
—Solo yo puedo besarte. ¿Lo entiendes?
Mi corazón se olvidó de latir.
—¿Y a usted sí lo pueden besar? —pregunté, herida.
—Yo no lo busqué.
Me solté de golpe.
—¿Sabe qué? —dije, respirando hondo—. Vamos a hacer sus terapias y a tomarle la presión.
Le tomé el brazo con profesionalismo forzado.
—Venga.
Lo guié hacia el elevador, con la cabeza alta, el corazón hecho un desastre…
y una sola idea clara: esto ya no era solo trabajo.