Es medianoche cuando Aurora se levanta de la cama y camina descalza hacia la ducha, no enciende la luz, no hace ruido. Como si supiera que cualquier gesto de más podría terminar de romperme. La puerta se cierra y, segundos después, el agua empieza a caer. Ese sonido me atraviesa, no voy a dormir, no después de lo que pasó, no después de ella.
Pensé —qué estúpido fui— que bastaba con tocarla, con saciar esta obsesión incómoda, para que todo volviera a su sitio. Una noche, me dije, una descarga. El cuerpo satisfecho y la mente en silencio, siempre funcionó así. Siempre.
Pero no esta vez.
Ahora la deseo más, mucho más.
Y lo peor es que no necesito verla para sentirla en todas partes.
Sus besos suaves, que no piden nada y lo piden todo, su piel tersa, que todavía parece tibia aunque ya no esté aquí, la suavidad de sus manos, que no aprietan, que se quedan, la ternura de su voz cuando dice mi nombre como si no fuera un hombre peligroso, sino alguien bueno, todo en ella es perfecto y no debería serlo. Nadie lo es. Nadie lo fue nunca para mí.
Estoy jodidísimo.
Esto no tenía que pasar, no así, no con ella. Después que ella sale de la ducha se acuesta en la cama y su maldito olor a vainilla me obliga a entrar al baño.
Me levanto y entro a la ducha como quien entra a una pelea perdida, el agua cae fuerte, caliente, intentando borrar sonidos que no se dejan borrar.
Me apoyo en la pared, cierro los ojos y me digo que es solo química, que el deseo exagera, que mañana será distinto. Repito la frase que siempre me salva: solo necesito otras noches, más cuerpos, más distracción. Pronto me aburriré.
Lo digo en voz alta, como si así pesara más.
Regreso a la cama, Aurora ya dormida, tranquila, como si no hubiera dejado el caos detrás. Me acuesto a su lado con cuidado, sin tocarla, y cierro los ojos. Respiro lento. Mañana cierro tratos, mañana vuelvo a Milán, mañana todo vuelve a ser como antes, pero la mañana llega con ganas de humillarme.
Estoy a punto de cerrar unos acuerdos cuando aparece Isabella. Mi ex. Ríe como si el pasado fuera una habitación a la que se puede volver sin permiso. Se acerca demasiado, me besa, un gesto rápido, público, inútil y entonces lo sé, no necesito mirar para saberlo: Aurora nos vio.
En ese instante deseo poder ver para conocer su cara, saber si le dolió, si se tensó, si fingió que no importaba. Ella no tiene derecho a celarme, no somos nada, no hay promesas, no hay nombres y aun así, mi mente me traiciona: tú también la celaste.
Me digo que es lógico, que mientras esté conmigo no quiero que esté con otros. Que es solo higiene emocional. Ajá. Higiene. Entonces aparece Marco en mi cabeza, incómodo como una verdad mal guardada. ¿No compartíamos chicas?
Es mi mejor amigo, me respondo rápido, como si eso lo arreglara todo y entonces la pregunta cae, lenta y brutal: ¿compartirías a Aurora?
El pensamiento me deja sin aire, me descoloca, me enfurece, me asusta.
Jamás.
Ella es mía.
Nunca la compartiría.
La frase se forma sola, sin permiso, sin lógica, y me golpea con la fuerza de una confesión que no quería hacer. Me veo desde afuera, rígido, controlado, exitoso… y por dentro, roto por una certeza que no encaja en mi vida.
Estoy asustado, no por ella, por lo que despierta en mí, porque esto ya no es deseo.
Es algo más oscuro, más hondo.
Y no tengo idea de cómo detenerlo.
Llegamos de Venecia ya de noche, el día fue largo, cargado, de esos que dejan el cuerpo cansado pero la cabeza despierta. Cuando el auto se detiene, Aurora me mira como si se le acabara de ocurrir algo importante.
—¿Quieres quedarte a cenar conmigo? No es una cena elegante —me advierte—. No es nada de lo que tú acostumbras, pero mi mamá cocina delicioso, delicioso de verdad… y mi hermana y yo somos muy buena compañía.
Me río, de verdad me río, pero pienso si sería lo correcto.
—Con esa presentación sería un error decir que no.
Acepto sin pensarlo demasiado, y minutos después estamos frente a su casa.
Apenas cruzamos la puerta, Aurora me presenta a su mamá. Clara. Una mujer de voz dulce igual que Aurora, me da la mano con naturalidad, sin nervios, sin exageraciones, luego aparece su hermana menor, Amelia, seis años, con una alegría empalagosa, puedo sentir su mirada de arriba abajo y suelta, muy seria:
—¿Tú eres famoso? Porque pareces un modelo de esos que salen en la tele.
Aurora estalla en risa.
—¡Amelia! —la reprende—, no se dicen esas cosas.
Yo me agacho un poco para quedar a su altura.
—No soy famoso —le digo—, pero gracias, creo que hoy dormiré muy contento.
Amelia ríe satisfecha, como si hubiera confirmado algo importante, nos sentamos en la mesa y las conversaciones fluían, de esas que no buscan impresionar. Clara sirve la lasaña de carne y el olor me golpea directo a la memoria. Pruebo un bocado… y sonrío sin poder evitarlo.
—Es increíble —digo—. Sencilla, tradicional… rica, me recuerda a la de mi abuela Giovana.
Clara se ríe, orgullosa pero sin alardes, Amelia habla con la boca medio llena. Todos reímos.
Por un par de horas no soy el hombre de los tratos, ni el de las decisiones difíciles, solo soy alguien sentado a una mesa cálida, compartiendo risas, comida honesta y una sensación extraña… cómoda.
Y eso, curiosamente, me descoloca más que cualquier lujo.
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Me despierto antes de que la casa haga ruido, no veo la mañana, pero la siento y luego llega el golpe final: mantequilla caliente, masa recién horneada, azúcar apenas tostada. Sonrío, ese olor no miente.
—No me digas… —murmuro, todavía recostado—. ¿Me trajiste croissants?
Escucho la bolsa de papel crujir y su risa, esa que siempre llega un segundo antes que ella.
—Sí —dice—. Hechos por mí y no es por presumir, pero son los mejores.
—Eso lo vamos a comprobar —respondo—. Acércate.
La llamo con dos palabras, la tomo de la cintura, la beso, lento, reconocible, como si la boca también tuviera memoria.
—Buenos días, piccola.
—Buenos días, señor Falconi —dice, con ese tono que juega a ser formal y fracasa.
Apoyo la frente en la suya, me quedo ahí más de lo necesario.
—Te pensé toda la noche —confieso, suave—. No he podido sacarte de mi cabeza, tu voz cuando bajas el volumen… tu piel cuando se calienta… —me inclino y respiro en su cuello, despacio—. Todo tú.
Siento cómo se le escapa una risa pequeña, traicionera.
—Tampoco he dejado de pensar en ti —admite—. Y quiero que sepas que me gustó mucho todo lo que pasó.
—Eso es peligroso —digo, sonriendo—. Porque cuando algo gusta… se repite.
Mi mano sujeta su trasero y ella da un brinquito.
—¡Aless! —susurra—. Estamos en tu casa.
—Lo sé —respondo, tranquilo—. Por eso estoy siendo educado.
—¿Educado? —se ríe.
—Muchísimo, ayer habría sido peor.
—Me da pena —dice—. Tu abuela, tu mamá, Fabiola… cualquiera puede darse cuenta.
Inclino la cabeza hacia su oído.
—Entonces vámonos, déjame llevarte a mi penthouse y cogerte duro. Prometo… concentración absoluta.
Suspira, la siento debatirse.
—Yo no sé hacer eso que dices…
La beso otra vez, más lento, más seguro.
—No tienes que saberlo —le murmuro—. Te enseñaré, paso a paso, con paciencia.
Ella se ríe y yo pienso —otra vez— que esta mujer no entiende el problema que es. Juguetona, sí. Pero también peligrosa, porque mientras bromeo, mientras la provoco, hay algo más hondo que no se ríe conmigo.