Han pasado quince días, quince y Alessandro no me da tregua. Quiere estar encima de mí todo el tiempo… practicando. Dice que la práctica hace al maestro y yo, que ya no recuerdo cómo era mi vida antes de él, empiezo a creerle demasiado.
Me he vuelto una adicta al sexo, a desearlo, a pensarlo y sí, ese hombre me gusta, me encanta, me desarma y lo peor —o lo mejor— es que estoy enamorada.
Voy caminando al café para encontrarme con Fiorella, tratando de ordenar la cabeza, pero el cuerpo no coopera. Todavía siento sus manos, su voz cerca del oído, esa forma suya de buscarme como si no pudiera cansarse nunca.
—Aurora… —me dice Fiore apenas me ve—, tienes cara de problema.
—Creo que estoy enamorada de Alessandro—suelto de forma rápida.
Se queda helada. Literal.
—Aurora, te dije que no te enamoraras, esto no va a salir bien.
—Fiore, quizá no es tan malo —me defiendo—. Es lindo conmigo, me trata bien, se preocupa por mí… y con Amelia es increíble. Ella lo adora.
Fiorella frunce el ceño.
—¿Alessandro te ha prometido algo? ¿Han hablado de algo?
—No… nada, Fio.
—Aurora…
—Pero no puedo evitarlo —digo, bajando la voz—. Lo quiero, no sé cuánto vaya a durar esto, pero Alessandro es mi primer amor.
Suspira, derrotada.
—Ay, Aurora… espero y le ruego a Dios que Alessandro sienta lo mismo por ti. Quizá el accidente lo cambió y yo solo estoy exagerando. Perdón si te brumo… solo me preocupa.
—Lo sé —le sonrío—. Te amo, amiga.
—Yo también.
Esa noche voy al penthouse de Alessandro, le dije a mi mamá que trabajaría horas extras. Mentira piadosa número mil. El ascensor sube lento y yo siento mariposas donde no deberían vivir mariposas.
La puerta se abre y, antes de que pueda decir nada, él me besa seguro, conocido, como si supiera exactamente dónde estaba mi boca.
—La cena está servida —dice, orgulloso.
—¿Tú cocinaste? —pregunto, divertida.
—No sé si lo recuerdes...no veo piccola, pero sé dar instrucciones… y probar.
Reímos. Hablamos mientras cenamos, me cuenta cosas del día, yo del mío, luego pasamos a la sala, una copa de vino en la mano. Él se sienta, yo me acerco, y siento cómo inclina un poco la cabeza, atento a cada sonido, a cada movimiento mío.
—Te huelo —dice—. Siempre llegas oliendo distinto por la noche.
—Eso suena muy obsesivo.
—Lo es —responde, sonriendo.
Y yo, copa en mano, pienso que tal vez Fiorella tiene razón…pero también pienso que nunca me había sentido tan viva.
Alessandro palmea suavemente su pierna. Ese gesto mínimo basta, dejo la copa de vino a un lado y voy hacia él sin pensarlo, como si mi cuerpo supiera exactamente dónde pertenece. Me siento sobre sus piernas y lo miro desde ahí arriba, con esa mezcla de respeto y ternura que me provoca.
—Conejita —dice, con voz baja—. Hoy quiero hacer algo nuevo.
—¿Qué desea mi señor Falconi? —pregunto, jugando, pero mirándolo como si fuera lo único importante en la habitación.
Sonríe, apenas.
—Sabes que me vuelves loco cuando me llamas así.
Me acerco un poco más, con voz suave, segura.
—Sí, mi señor.
Me besa y en ese beso hay algo distinto: no prisa, no posesión, sino una intensidad que me llena el pecho.
—Contigo no puedo contenerme —murmura.
Después me carga hasta la cama con cuidado, yo voy guiándonos. El me sostiene como si yo fuera algo frágil y valioso al mismo tiempo. Me acomoda y se recuesta.
Me quedo sobre él, escuchando su respiración, observándolo con adoración, pienso en lo mucho que me gusta, en cómo incluso en silencio impone presencia, en lo hermoso que es sin necesidad de mirarse en un espejo.
Entonces habla, más serio.
—El doctor Moretti dijo que los últimos exámenes fueron positivos. Quizá… quizá pronto pueda volver a ver.
Me incorporo de inmediato, los ojos brillantes.
—Aless, es la mejor noticia que he recibido.
—No quiero ilusiones, Aurora —dice—. Sería devastador para mí, pero odio esta ceguera, odio no poder ser independiente, odio no poder ver tu cara cuando te cojo, detesto eso.
Lo miro con el corazón abierto, me acerco, lo ayudo a sentarse y lo abrazo con todo lo que soy.
—Voy a estar contigo —le digo—. Y vas a poder verme, te acompañaré en todo esto.
Se queda quieto, respirando contra mi hombro.
—Gracias, Aurora. Tú has hecho esta oscuridad más llevadera.
Lo miro otra vez, con adoración absoluta, me inclino y lo beso, suave, sincera.
—Te quiero, Alessandro.
Su cuerpo se tensa, se queda en silencio, no se aparta, pero algo cambia y aun así, mientras lo observo, no me arrepiento, porque en ese momento, decirlo fue lo más honesto que pude hacer.
Eli silencio no dura mucho, pero pesa como si fueran minutos enteros. Alessandro no se mueve, no me devuelve el abrazo ni se aparta. Simplemente… está ahí, rígido, respirando distinto. Yo sigo mirándolo con la misma adoración, aunque ahora venga mezclada con miedo.
—Aurora… —dice al fin, despacio—. No debiste decir eso.
No hay dureza en su voz, eso es lo que más duele.
—Lo sé —respondo—. Pero era verdad.
Se pasa una mano por el rostro, gesto que ya reconozco como suyo cuando algo lo descoloca.
—Tú no entiendes —dice—. Yo no… no estoy hecho para promesas, ni para palabras grandes.
—No te pedí nada —le digo con suavidad—. No te pedí que dijeras lo mismo.
Se queda callado otra vez, lo observo, la forma en que aprieta la mandíbula, cómo parece luchar consigo mismo. Me acerco un poco más, sin invadirlo, solo presente.
—No quiero hacerte daño —dice finalmente—. Y tú… tú te estás metiendo donde no hay suelo firme.
—Tal vez —admito—. Pero no me arrepiento.
Extiende la mano, duda un segundo, y al final me toca el brazo, ese gesto pequeño me calma más que cualquier discurso.
—Quédate —dice—. Solo… quédate.
Me recuesto a su lado, despacio, y apoyo la cabeza en su pecho, su corazón late fuerte. No me aparta. Eso basta por ahora.
—No tienes que decir nada —susurro—. Yo estoy aquí.
No responde, pero su brazo me rodea con cuidado. Y mientras cierro los ojos, entiendo algo con claridad dolorosa y hermosa a la vez:
quizá él no pueda decirlo…pero tampoco me está dejando ir.