Sigo sentado en mi oficina, con las manos apoyadas sobre el escritorio, como si el orden externo pudiera imponerle disciplina a lo que pasa dentro de mí. No funciona. Nada funciona desde anoche.
El te quiero de Aurora todavía vibra en el pecho, no fue solo una palabra, fue la forma en que la dijo: sin estrategia, sin cálculo, como si amar fuera algo simple, limpio, posible.
Me aceleró el corazón y, al mismo tiempo, me obligó a entender que estaba yendo demasiado lejos con ella.
Eso no debía pasar, esto era solo sexo.
Y sin embargo… cierro los ojos y la recuerdo.
Su risa cuando se burla de mí sin miedo. La manera en que me corrige cuando digo algo absurdo, como si no le importara quién soy ni lo que represento. Cómo se mueve por la casa sin hacer ruido, cómo se acerca con cuidado cuando cree que estoy cansado. La inteligencia tranquila con la que observa todo. La bondad que no presume, que simplemente está ahí. Eso me irrita, me desarma, me saca de quicio.
Nunca había estado tantas veces con una mujer sin aburrirme, nunca, siempre llega el punto en que todo se vuelve repetición, donde el cuerpo responde pero la cabeza ya está en otra parte. Con Aurora no, con ella el deseo no se gasta. Cambia. Se vuelve más profundo, más constante, mas peligroso.
Es graciosa, incluso cuando no lo intenta. Tiene esa forma torpe y hermosa de ser un poco ingenua, de creer que las cosas pueden salir bien. Tierna. Demasiado perfecta para alguien como yo y eso me molesta más que cualquier defecto, porque no sé cómo romper algo que no está roto.
Eso no es lo que debo sentir.
Lo que debe ser es claro: yo no soy un hombre de compromisos, no lo he sido nunca, mi vida no admite promesas ni planes compartidos. Aurora no es la mujer para mí, no encaja, no pertenece, es solo la que me calienta la cama ahora. Decirlo así es más fácil que aceptar lo otro. Pero el cuerpo no entiende de deberes y la memoria tampoco.
La recuerdo apoyando la cabeza en mi pecho, confiada, diciendo mi nombre como si no escondiera peligro. Mirándome —sí, mirándome— como si yo fuera algo digno de admirar.
Aprieto la mandíbula.
Así que me obligo a ser duro, a reducirlo todo a lo físico, a convencerme de que la única salida es seguir igual: coger y coger, sin detenerme, sin pensar, sin permitir que el corazón se involucre. Convertirla en costumbre antes de que se convierta en hogar.
Cerrar.
Endurecer.
Negar.
Eso es lo que debo hacer, porque si sigo escuchando esa risa, si sigo dejándola entrar con esa bondad peligrosa, si sigo recordando lo bien que se siente tenerla cerca… entonces no va a ser solo ella la que salga herida y yo no estoy dispuesto a perder el control.
Ni siquiera por Aurora.
----------------------
Dos meses después:
Estoy mejor, mucho mejor, mi salud se ha estabilizado, mi cuerpo responde, y mi cabeza ya no vive en guerra permanente. Mi madre lo nota en la forma en que hablo, mi abuela, en cómo respiro. Están felices con este cambio, casi orgullosas… y ambas creen saber la razón. Dicen que se lo debo a Aurora.
No las contradigo, tampoco las confirmo.
Esta tarde iremos a ver al doctor Moretti, dice que hay buenas noticias sobre mi ceguera, no quiso adelantar nada por teléfono, así que iremos todos: mi madre, mi abuela… y Aurora. Es lo lógico, ella ha estado aquí estos dos meses. Presente. Disponible. Útil. Eso es todo.
¿Aurora?
Bien. Estamos bien.
Solo sexo, dos meses cogiendo como conejos, sí, pero nada más que eso. No hay romanticismo escondido ni promesas silenciosas. Es química, es necesidad física. Ella es demasiado apasionada, casi voraz. Insaciable. Yo le he enseñado todo: cómo complacerme, cómo entregarse sin perder el control, cómo ser venerada y cómo exigirlo. Aprende rápido, le gusta aprender, es una excelente alumna y yo disfruto cada práctica.
Cada vez que podemos, repetimos, exploramos, afinamos. Me gusta demasiado su cuerpo, cómo responde, cómo se abre, cómo no se guarda nada cuando estamos solos y no, todavía no me he cansado. Aún no tengo suficiente de su piel ni de su hambre.
Eso no significa nada, el deseo también puede ser persistente, el cuerpo tarda más en aburrirse que la cabeza.
Me niego a llamar a esto otra cosa, ella no es un sentimiento, no es una necesidad emocional, no es un “algo más”, es solo sexo.
Intenso, frecuente, peligroso… pero solo sexo.
Eso me repito mientras escucho a mi familia hablar de cambios, de luz, de esperanza. Mientras me preparo para recibir noticias que podrían cambiar mi vida. Mientras Aurora camina a mi lado como si encajara demasiado bien.
No.
No voy a cruzar esa línea.
Puedo desearla.
Puedo tomarla.
Puedo necesitar su cuerpo.
Pero sentir algo por ella…
Eso sí que no.
El consultorio está en silencio cuando entramos todos, puedo sentir la expectativa en el aire, el modo en que mi madre aprieta el bolso, cómo mi abuela murmura una oración baja, casi supersticiosa. Aurora está a mi lado. No me sostiene la mano, pero su presencia es firme, constante, como si supiera exactamente dónde colocarse para no estorbar y aun así no irse.
El doctor Moretti carraspea antes de hablar. Lo conozco lo suficiente para saber que ese gesto no es nerviosismo: es solemnidad.
—Alessandro —dice—, voy a ser claro. No hay daño cerebral. Nunca lo hubo como ya lo sabes.
Mi madre suelta el aire de golpe. Mi abuela se lleva una mano al pecho.
—El problema está en el nervio óptico —continúa—. Ha estado comprimido durante todo este tiempo. No muerto. Comprometido. Y ahora tenemos evidencia de reactivación funcional. Señales claras.
Siento cómo algo se ordena dentro de mí.
—¿Eso significa…? —empieza mi madre.
—Que hay una ventana real de recuperación —responde el doctor—. Pero no podemos dejarla pasar, recomiendo una descompresión quirúrgica del nervio óptico. Es una intervención delicada, sí, pero con un pronóstico favorable en su caso.
—¿Operarlo? —pregunta mi abuela, con esa mezcla de miedo y fe que solo ella domina.
—Sí. Operarlo ahora —confirma—. Si esperamos, la mejoría puede estancarse.
No lo pienso. No necesito hacerlo.
—Hagámoslo —digo.
El silencio dura apenas un segundo, luego todo ocurre a la vez: mi madre me abraza, mi abuela llora sin intentar ocultarlo, el doctor asiente satisfecho. Aurora exhala, como si hubiera estado conteniendo la respiración desde hace semanas.
—Es la decisión correcta —dice Moretti—. Empezaremos los preparativos hoy mismo.
No sonrío, no hago discursos, solo siento una calma extraña, poderosa. Por primera vez en mucho tiempo, el futuro no es una pared cerrada, sino una puerta entreabierta.
Mi familia está feliz, de verdad feliz y aunque nadie lo dice en voz alta, todos saben que este momento no llegó solo. Aurora sigue a mi lado, silenciosa, firme. No necesito mirarla para saber que sonríe.
Salimos del consultorio con algo nuevo acompañándonos: esperanza y por una vez, no tengo ganas de huir de ella.