La tarde llega con un peso distinto. No es miedo exactamente, es esa mezcla densa de esperanza y prudencia que se aprende en los hospitales. Alessandro está acostado en la camilla, con la bata quirúrgica y el rostro serio, demasiado contenido. Yo estoy a su lado desde que ingresamos al área preoperatoria, sosteniendo su mano, siendo dos cosas al mismo tiempo: enfermera… y la mujer que no ha dejado de elegirlo, incluso cuando él no sabe cómo elegir.
—Estoy aquí —le digo en voz baja, acomodándole la mano sobre la sábana.
Él aprieta mis dedos con fuerza.
—Lo sé, por eso acepté operarme.
El doctor Moretti entra con el equipo, su voz es firme, profesional, sin adornos innecesarios. Repasa el diagnóstico una vez más, como corresponde, pero también como un ritual de respeto.
—La causa de la ceguera es una compresión crónica del nervio óptico —explica—. El cerebro está intacto el nervio está vivo. Hoy realizaremos una descompresión quirúrgica del canal óptico para liberar presión, mejorar el flujo sanguíneo y permitir que la recuperación continúe.
—La cirugía durará entre dos y tres horas —continúa—. El éxito inmediato es técnico. La recuperación, en cambio, será progresiva.
Alessandro no pregunta nada.
—Proceda —dice—. Sin dudar.
Antes de que lo lleven al quirófano, me inclino y beso su frente.
—Estaré aquí. Todo va a salir bien.
Durante la cirugía asisto cuando me lo permiten. Instrumental estéril, control de tiempos, monitoreo constante, el quirófano es un mundo donde no caben las emociones, pero aun así mi corazón late fuerte cuando Moretti confirma lo que esperábamos: el nervio responde, no hay necrosis, hay potencial.
Cuando todo termina, Moretti se quita los guantes con calma.
—La intervención fue exitosa —dice—. Ahora empieza la parte más larga: la recuperación.
En la sala de recuperación, Alessandro despierta lento. Le hablo despacio, con voz conocida, para anclarlo.
—La cirugía terminó —le digo—. Todo salió bien.
—¿Cuánto…? —murmura.
—Las primeras 48 a 72 horas son clave —explico—. Reposo absoluto, inflamación normal, puedes sentir presión, ver destellos, luces o sombras. No te asustes.
Asiente, agotado.
—En las próximas 4 a 6 semanas, el nervio puede empezar a responder mejor. Primero contrastes, luego formas, después colores. La recuperación completa puede tardar entre 3 y 6 meses, incluso más y habrá rehabilitación visual: ejercicios, estimulación, controles constantes.
—Paciencia… —susurra.
—Mucha —le sonrío—. Pero no estarás solo.
Me quedo a su lado mientras duerme, le acomodo la almohada, reviso monitores, hago lo que sé hacer… y también lo que siento. Lo miro, vulnerable, fuerte, humano. Pienso en todo lo que ha perdido y en todo lo que aún no se permite ganar.
Antes de irse, Moretti me toma del hombro.
—Tu acompañamiento es fundamental —me dice—. La estabilidad emocional acelera la recuperación y lo sé. Lo siento.
Esa noche, mientras Alessandro descansa, entiendo que esta cirugía no solo intenta devolverle la vista. También lo enfrenta a algo que siempre evitó: la posibilidad de volver a mirar el mundo… y dejarse mirar y pase lo que pase con sus miedos, con sus límites o con su corazón cerrado, hay algo que tengo claro:
cuando llegue la luz, yo estaré ahí.
El primer mes llegaron los destellos.
Eran breves, desordenados, casi tímidos. Chispas sin forma que aparecían y se iban como si temieran quedarse demasiado tiempo. Alessandro los esperaba con una paciencia que me conmovía, cada destello era una victoria pequeña, pero real.
—Ahí… otra vez —decía, sonriendo—. No estaba antes.
Yo le explicaba que su cerebro estaba reaprendiendo a leer la luz, que no era inmediato, que era un proceso. Él asentía, confiado, yo también lo estaba… aunque no sabía entonces cuánto cambiaría todo.
Con los días, ya no solo distinguía destellos. Empezó a notar la diferencia entre claridad y oscuridad, a percibir cuándo el sol entraba por la ventana.
—Cuando te mueves —me dijo una mañana— algo cambia frente a mí. Como una sombra que me busca.
Al segundo mes, las sombras se volvieron más constantes. Manchas que se desplazaban. Presencias sin nombre, una de ellas, siempre, se detenía frente a él cuando yo hablaba.
—Creo que eres tú —me dijo una vez—. La sombra que no se va.
Sonreí… pero algo dentro de mí se apretó. Porque empecé a notarlo entonces: ya no buscaba mi mano con la misma urgencia. Ya no necesitaba que yo fuera su punto fijo todo el tiempo.
No se alejaba de mí como paciente, seguía confiando en mí, seguía permitiéndome acompañarlo en cada control, en cada ejercicio, en cada día difícil.
Pero en lo otro… en lo nuestro… algo se movía.
Antes, cuando no veía, me buscaba con el cuerpo, con la voz, con la necesidad.
Ahora, a medida que recuperaba la vista, parecía recuperar también un espacio propio… uno donde yo ya no ocupaba todo.
El tercer mes llegaron los contornos, líneas borrosas, temblorosas. Alessandro extendía la mano intentando tocar lo que veía, frustrado, emocionado.
—Ya no es nada —decía—. Aunque no sé qué es.
Yo seguía ahí, siempre ahí, pero ya no me abrazaba como antes al dormirse. Ya no me pedía que describiera cada gesto mío y aunque sabía que era natural… dolía.
Y entonces llegó el cuarto mes.
Yo estaba sentada frente a él, leyéndole en voz alta. De pronto dejó de escucharme, su respiración cambió, sentí ese silencio denso que anuncia algo importante.
—Aurora… —susurró.
Levanté la vista, sus ojos estaban abiertos, fijos en mí. No perdidos. No vacíos.
—Tu cabello… —dijo despacio, como si temiera romper el momento—. Realmente es muy rojo… y alborotado.
Sentí que el mundo se me doblaba.
—¿Me puedes ver? —pregunté, con la voz temblando.
—Sí —respondió—. Puedo verte… borroso. Como si el mundo estuviera cubierto de agua. Pero te veo, me reí, una risa rota, llena de lágrimas. Él se rió conmigo y, de pronto, gritó con una emoción que le salió del pecho:
—¡Aurora, al fin estoy viendo!
Lo abracé con fuerza, lloramos juntos. Celebramos, pero incluso en ese abrazo sentí algo distinto: ya no se aferraba a mí como antes. Era felicidad… y libertad.
Pasaron dos meses más.
A los seis meses, los médicos confirmaron que había recuperado cerca del setenta por ciento de su visión. Reconocía rostros, caminaba solo, leía letras grandes, volvía al mundo y yo… seguía a su lado.
Pero entendí algo que me costó aceptar: mientras él aprendía a ver el mundo, yo estaba aprendiendo a soltar el lugar que ocupé cuando él no podía verlo.
No se fue de mí, no me rechazóz no dejó de quererme, solo dejó de necesitarme como antes y eso… también es una forma de pérdida.