Amor Ciego

Capítulo 40. Mundo nuevo.

Recuperar la vista no fue como encender una luz, fue más parecido a aprender a respirar otra vez, pero sin saber cómo se llamaba el aire.
Al principio solo había destellos, golpes breves de claridad que aparecían sin aviso y se iban antes de que pudiera entenderlos. Me asustaban y me emocionaban al mismo tiempo, era como si algo dentro de mí despertara después de años dormido y no supiera aún cómo moverse.
Luego vinieron las sombras, manchas que se desplazaban, diferencias entre luz y oscuridad. El mundo dejó de ser negro… pero tampoco era real todavía.
Aurora estaba siempre ahí, su voz era lo único constante, yo no la veía, pero la sentía y durante mucho tiempo eso fue suficiente.
Hasta que un día vi su cabello.
No su rostro, no su cuerpo, solo el cabello.
Un rojo desordenado, rebelde, imposible de ignorar incluso en ese estado borroso en el que todo parecía flotar. Lo dije sin pensarlo, como si fuera lo más natural del mundo:
—Tu cabello… realmente es muy rojo y alborotado.
Sentí su silencio, luego su respiración quebrarse.
Ese fue el día en que entendí que ya no estaba solo dentro de mi oscuridad, pero no fue hasta semanas después que la vi de verdad.
Fue una mañana tranquila, estábamos en el jardín, sentados sobre el pasto. El sol caía directamente sobre ella y yo parpadeé varias veces, confundido, porque algo se acomodó de golpe en mi cabeza. Como si todas las piezas, al fin, encajaran.
Ahí estaba.
Aurora.
Una chica sencilla, demasiado, quizá, para lo que alguna vez pensé que era mi gusto. Cabello desordenado, piel pálida, pecas por todas partes. Nada calculado. Nada artificial.
Pero entonces levantó el rostro.
Y vi sus ojos.
Azules, profundos, inesperados.
Una mirada que no intentaba conquistar, ni imponerse… solo estar.
Sonrió y supe que jamás había visto una sonrisa así en nadie.
Era bella.
Tierna.
Arrolladora sin proponérselo.
Tuve que admitir algo que me incomodó: jamás me habría fijado en una mujer como ella si la hubiera visto antes de perder la vista. Demasiado simple demasiado real y, sin embargo, ahí estaba esa mezcla extraña, casi exótica, entre dulzura y sencillez que no podía dejar de mirar.

Nuestra relación física nunca fue aburrida, eso sería mentir. Aurora aprendió rápido… yo me encargué de eso, la volví segura, curiosa, insaciable, incluso había química, intensidad, cuerpos que se entendían sin palabras.
Le tenía cariño, le tenía un agradecimiento profundo, ella me sostuvo cuando yo no podía sostenerme solo, pero de eso… a amarla… no.
Jamás.
No porque no fuera suficiente, sino porque yo no era un hombre hecho para el amor.
Mientras recuperaba la vista, también recuperaba partes de mí que había dejado en pausa: el control, la distancia, el espacio propio y sin quererlo, empecé a alejarme de ella en ese lugar donde antes había dependencia.
La veía.
La admiraba.
La deseaba.
Pero amar… eso era otra cosa.
Y yo nunca aprendí a ver eso.

Aquella tarde en el penthouse parecía perfecta. Aurora había preparado un pastel de chocolate y lo compartíamos junto a la ventana, con la ciudad extendiéndose bajo nosotros. Recuerdo haber sonreído al probarlo y decirle algo sincero, casi inevitable:
—Es delicioso… como tú. Siempre tienes esa forma de cuidar, de pensar en los detalles.
Ella se acercó, me besó con suavidad y, sin dudarlo, pronunció esa palabra.
—Te amo.
En ese instante algo dentro de mí se tensó, no fue rechazo, fue miedo. Una sensación brusca, profunda, como si esa palabra me hubiera alcanzado demasiado hondo. Aun así, la abracé, fingiendo calma, intentando sostener un momento que ya comenzaba a quebrarse en mi interior.
Aurora se despidió con una sonrisa tranquila.
—Mañana nos vemos en la oficina.
Cuando se fue, el silencio fue ensordecedor. Comprendí que no había sido el pastel, ni el beso, ni la tarde lo que me había alterado… había sido esa palabra. Amor. Porque implicaba promesas, futuro, entrega. Y yo no estaba dispuesto —ni preparado— para sostener nada de eso. Fue entonces cuando supe, con una claridad violenta, que la relación con Aurora debía terminar.

No debería afectarme.
Eso me repito mientras deslizo la vista por los informes, por los números, por las firmas que ahora puedo leer sin ayuda. Recuperar la vista debía devolverme el control, pero lo único que ha hecho es volver todo más ruidoso, más evidente.

La empresa nunca estuvo tan viva como ahora… y, aun así, siento que algo se desordena cada vez que Aurora entra en la habitación.
—Aless…
Su voz no invade, nunca lo hace.
Es suave, medida, como si pidiera permiso incluso para existir.
Levanto la vista del escritorio, la luz de la tarde entra por los ventanales y la ilumina de perfil. Puedo verla completa ahora: el modo en que se sostiene los brazos, como si no supiera qué hacer con ellos; la leve tensión en los hombros; la esperanza discreta en sus ojos. Antes no veía nada de eso, antes solo la sentía… y era suficiente.
—¿Necesitas algo? —pregunto, más formal de lo necesario.

Aurora avanza apenas un paso, no entra del todo. Desde que recuperé la vista, parece medir cada movimiento, como si temiera ocupar demasiado espacio en un mundo que ya no necesita ser explicado para mí.
—Solo quería preguntarte algo —dice—. ¿Recuerdas que me prometiste ver una película conmigo?
El recuerdo me golpea sin aviso.
Noches enteras escuchando películas que yo no podía ver, imaginándolas a través de su voz, de sus descripciones torpes y dulces. Promesas hechas en la oscuridad, cuando todo era más simple.
—Cuando recuperaras la vista —continúa—. Dijiste que la veríamos juntos, en tu penthouse. Que querías saber si era como la habías imaginado.
Cierro la carpeta, el sonido es seco, definitivo.
—Hoy no puedo, Aurora. Tengo cosas que hacer.

Ella no retrocede, nunca lo hace a la primera.
Se acerca un poco más, apoyando las manos en el borde del escritorio, inclinándose hacia mí con ese gesto que antes me desarmaba. El mismo gesto, la misma intención.
—Podría ser solo un rato —dice, y su voz se vuelve más ligera, casi infantil—. Prometo no hablar durante las partes importantes… aunque tú eliges la película.
Siento el latido en la sien, ese maldito latido.
—Deja de hacer eso —respondo.
Ella parpadea, confundida.
—¿Hacer qué?
—Actuar como una niña —digo, sin suavizarlo—. No es apropiado aquí, no tengo tiempo para esto.
Veo el impacto en su rostro, no dramatiza, no se quiebra, solo asiente, como si ya estuviera acostumbrada a guardar el golpe para después.
—Perdón… —murmura—. Pensé que tal vez hoy…
—Esta noche saldré con Marco y algunos amigos —la interrumpo—. No estaré disponible.
No la miro cuando lo digo, sé que si lo hago, dudaré.
Aurora guarda silencio unos segundos, luego sonríe, una sonrisa pequeña, triste, que no llega a los ojos.
—Está bien, Aless… —dice—. Yo supongo que tenías rato sin ver a tus amigos.
Aprieto los papeles entre los dedos.
—Tengo trabajo que hacer —corrijo—. Mucho.
Ella entiende, siempre entiende.
Da un paso atrás, luego otro.
—Entonces no te molesto más —dice con cuidado—. Que tengas buena tarde.
Asiente una última vez y se da la vuelta, no espera, no se detiene, no me da la oportunidad de llamarla.
La puerta se cierra, el silencio que queda es distinto, no es paz, es presión.
Respiro hondo, una vez, dos.
No funciona.
Lanzo los papeles al suelo, el sonido me satisface apenas un segundo antes de que la culpa se instale en el pecho.
—Te odio, Aurora —digo en voz baja.
Camino por la oficina, incapaz de quedarme quieto.
—Te odio porque haces que mi corazón lata tan fuerte —continúo—. Porque cuando estás cerca pierdo el control… y no puedo permitírmelo.
Me detengo frente al ventanal, la ciudad sigue igual, el mundo no se ha detenido solo porque yo no sé qué hacer con lo que siento.
—No lo haré —me digo—. No perderé el control.
Apoyo las manos en el vidrio frío.
—Tú no encajas en mi vida —susurro—. Representas todo lo que fui cuando no veía… cuando dependía, cuando necesitaba.
Trago saliva.
—Y yo no encajo en la tuya.
El eco de mis propias palabras me resulta hueco, forzado.
—Así es mejor —repito, como una sentencia.
Pero el pecho sigue doliendo y por primera vez desde que recuperé la vista, entiendo algo que me niego a aceptar: la oscuridad no se fue cuando aprendí a ver, solo aprendí a esconderme mejor de ella.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.