Amor Ciego

Capítulo 41. Distancia.

El bar está lleno, demasiado.
Luces bajas, música que sube y baja, conversaciones superpuestas. Marco habla de negocios, de planes, de cómo la vida cambia cuando uno vuelve a tenerlo todo.

Brindan por mí, por la recuperación, por el futuro.
—Ahora sí estás completo —dice Marco, levantando el vaso—. El mundo se ve distinto cuando puedes mirarlo de frente.
Asiento, el mundo se ve distinto, yo no sé si estoy completo.
Río cuando corresponde, escucho a medias. Una mujer a mi lado comenta algo que no registro del todo y me toca el brazo al reír. Su perfume es elegante, pensado para quedarse. No me provoca nada.
El teléfono vibra en mi bolsillo, no debería sacarlo, lo hago igual.
Aurora.

El pulso se me desordena, abro el mensaje antes de poder detenerme...es una foto.
Aurora está en su cocina y detallo el espacio: la ventana pequeña, la repisa con frascos desiguales, la luz más cálida. Lleva un delantal claro, las manos ligeramente manchadas de harina. Frente a ella, sobre la encimera, hay un pie recién horneado.
Su cabello rojo está semi recogido, con mechones sueltos que enmarcan su rostroz puedo ver ahora el tono exacto, profundo, casi cobrizo. No posa, no intenta verse bonita, solo está ahí, real, tranquila.
Sonrío.
No lo planeo, simplemente ocurre.
—¿Qué miras? —pregunta Marco.
Me recompongo de inmediato, endurezco el gesto, bajo el teléfono.
—Nada importante —respondo.
Pero ya es tarde, la imagen se me ha incrustado el mensaje que acompaña la foto aparece un segundo después.
✉️Hice pie de manzana, si quieres un poco, avísame.
No hay reclamo, no hay tristeza explícita, solo una puerta entreabierta, el ruido del bar vuelve de golpe, las risas, los vasos, la música, todo me molesta.
Amplío la imagen sin darme cuenta. Veo detalles que antes no existían para mí: la pequeña mancha de harina en su mejilla, la quemadura leve en uno de sus dedos, la forma en que inclina la cabeza, como si aún esperara algo.
Mi garganta se cierra.
Escribo.
✉️Se ve delicioso.
Borro.
✉️Gracias.
Borro otra vez.
Respiro hondo no puedo permitir esto, no ahora, no aquí, no con ellos mirándome como si yo hubiera vuelto a ser quien debía ser.
Escribo:
✉️Estoy ocupado.
Envío el mensaje antes de arrepentirme, dejo el teléfono boca abajo sobre la mesa, como si eso pudiera borrar la imagen, el olor imaginado, la calidez que no está aquí.
—¿Todo bien? —pregunta alguien.
—Sí —digo—. Trabajo.
Brindo, bebo, el alcohol quema, pero no alcanza, porque ahora lo entiendo: Aurora no me espera, Aurora me ofrece y aun así, digo que no.
Aprieto la mandíbula.
—No encajas en mi vida —me repito en silencio—. No ahora.
Pero la frase no se sostiene.
Entre todas las luces del bar, entre todas las voces y risas, solo una imagen permanece intacta: Aurora, en su casa, cocinando algo dulce sin saber si alguien lo compartirá.

Al día siguiente ya en mi oficina, Aurora llega puntual, como siempre. Atraviesa el pasillo con paso firme, casi ligero. Su vestuario es el de siempre: conservador, correcto, pensado para no llamar la atención… y, aun así, imposible de ignorar. Lleva una falda recta por debajo de la rodilla y una blusa cerrada hasta el cuello, pero en un tono vivo, luminoso, uno de esos colores que ella elige como si se negara a vestirse de gris aunque el mundo lo haga.
Antes no veía esto, antes no veía nada… y, sin embargo, la sentía más.
Ahora noto los detalles: la tela clara contrastando con su cabello rojo, el pequeño broche en forma de flor que rompe la sobriedad, la forma en que camina como si llevara alegría incluso cuando no tiene motivos.
No es una mujer provocadora, nunca lo ha sido y aun así, me resulta peligrosa, porque no intenta seducir… y aun así despierta cosas en mí.

Pienso, sin querer, que desde que recuperé la vista no he vuelto a estar con ella, no la he tocado sin excusas, no la he visto desnuda.
El pensamiento me sacude con una violencia inesperada, me incomoda que el deseo llegue tarde, cuando ya he decidido cerrarle la puerta.
Me digo que es mejor así, que la distancia es sensata, que no confundo gratitud con amor.
Aurora se detiene frente a mi escritorio y sonríe, abierta, genuina.
—Buenos días, Aless.
Trae una pequeña caja en las manos…

—Te traje un pedazo del pie —añade—. No sabía si querías o no… pero de todos modos lo traje.
Abre la caja con cuidado, el aroma a manzana y canela invade la oficina de inmediato. Demasiado íntimo para un lugar de trabajo.
—Podemos comerlo en la merienda juntos —propone—. ¿Qué dices?
No la miro a los ojos.
—No puedo —respondo—. Tengo mucho trabajo.
Veo cómo asiente, sin sorpresa, cierra la caja con la misma delicadeza con la que la abrió.
—Entiendo.
Aprovecho el silencio, lo necesito limpio. Definitivo.
—Aurora… —digo—. Por las indicaciones del doctor Moretti, ya no necesitaré más de tus servicios.
Ella se queda quieta apenas un segundo. Luego sonríe, una sonrisa real. Alegre.
—Así es, Aless, ya lo sé—responde—. Me da tanto gusto que estés tan bien que ya no vas a necesitar más una enfermera.
No era la reacción que esperaba, eso me incomoda más.
—Sé que en tres semanas te gradúas —continúo, calculado—. Y también sé que necesitas el dinero, eres el sustento de tu familia.
Ella baja la mirada, sin negarlo.
—Te propongo algo —sigo—. Trabaja en el hotel principal, en el área de enfermería, mientras recibes el grado. El doctor Moretti me comentó que, una vez graduada, el hospital te ofrecerá un empleo. Tienes el mejor promedio.
Aurora alza la vista, sus ojos brillan, no por mí, sino por la oportunidad.
—Gracias —dice—. De verdad… lo necesito. Acepto.
Asiento.
—Preséntate esta misma tarde en el hotel —añado—. Ya no tienes que venir más a la empresa.
Ella guarda silencio, luego pregunta, con voz cuidadosa:
—¿Esta noche… nos vamos a ver?
La pregunta no tiene reclamo, tiene esperanza.
—No, trabajaré hasta tarde—respondo.
Aurora asiente, no insiste, no pregunta por qué.
—Entonces… gracias por todo, Aless.
Da media vuelta, antes de salir, deja la caja del pie sobre mi escritorio, cierra la puerta.
Me quedo mirando la caja, no la abro, me digo que hice lo correcto.
Que le di estabilidad.
Que es lo mejor para mi.
Pero el aroma dulce permanece en el aire, obstinado y mientras vuelvo a los informes, entiendo algo que me niego a aceptar: No la estoy alejando por su bien, la estoy alejando porque todavía me afecta y eso…eso es lo único que no puedo permitirme.




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