Amor Ciego

Capítulo 42. Pidiendo respuestas.

Desde el día en que Alessandro recuperó la vista, empecé a sentir que algo entre nosotros se deslizaba lentamente hacia un lugar desconocido. No hubo una discusión, ni un gesto evidente que pudiera señalar como el inicio del quiebre. Fue peor que eso: fue la ausencia progresiva de su presencia, estaba ahí, sí, pero ya no conmigo.
Antes, cuando no veía, me buscaba de manera instintiva. Mi voz lo calmaba, mi cuerpo era su refugio, mi cercanía era una necesidad. Ahora podía mirarme… y aun así parecía no verme.

Yo seguía esperándolo con la misma entrega, pero él siempre parecía llegar tarde, irse antes, distraído, distante.

Empecé a mirarme al espejo con una crueldad que no conocía. Me pregunté si era mi rostro, si mi cuerpo no había estado a la altura de la imagen que él había construido en su mente durante la oscuridad. Tal vez no le gustó lo que vio, tal vez la realidad no fue tan amable como la fantasía, esos pensamientos me acompañaban cada noche, especialmente cuando le hacía sus terapias y sentía el espacio frío entre nosotros.

Llevábamos dos meses sin tocarnos de verdad, dos meses de besos breves, de abrazos mecánicos, de “estoy cansado” y “mañana hablamos”. Antes no podía estar lejos de mí; ahora parecía hacer todo lo posible por mantener la distancia y esa contradicción me estaba desgastando, me estaba rompiendo por dentro.

No pude seguir cargando todo sola, así que fui a ver a Fio. Apenas crucé la puerta de su casa, las palabras comenzaron a salir sin orden, sin filtro. Le conté cómo Alessandro ya no me buscaba, cómo evitaba el contacto, cómo yo sentía que sobraba en su vida. Le confesé mis miedos más íntimos, los que nunca me había atrevido a decir en voz alta.

Fio me escuchó con el ceño fruncido, apretando los puños. Cuando terminé, explotó.
—Ese hombre te está alejando, Aurora —dijo, con una rabia que me sorprendió—. No es normalz vete ahora que estás a tiempo, antes de que lo ames..
Sentí un nudo en la garganta, negué lentamente, como si así pudiera deshacer lo inevitable.
—Ya lo amo, Fio —le dije, casi en un susurro.
Ella me miró con una mezcla de tristeza y frustración.
—Dios, Aurora… esto no va a salir bien. Conozco a los hombres, cuando empiezan a comportarse así, ya tomaron distancia por dentro, aunque sigan ahí por fuera.
Intenté aferrarme a cualquier explicación que no doliera tanto.
—Tal vez solo está demasiado ocupado… estuvo tanto tiempo fuera del trabajo, recuperándose, adaptándose a todo, tal vez solo necesita tiempo.
Fio negó con la cabeza, con una firmeza que me asustó.
—No te hagas esto, no te mientas, habla con Alessandro, dile lo que sientes, pregúntale de frente. Deja las cosas claras de una vez, no puedes seguir viviendo con esta incertidumbre.

Fue entonces cuando la lágrima se me escapó, lenta, inevitable, no la limpié, dejé que cayera.
—Eso haré —dije, con la voz quebrada—. Hablaré con él, aunque me dé miedo.

Fio se levantó y me abrazó fuerte, sin decir nada más. En ese abrazo sentí todo lo que estaba a punto de perder y todo lo que aún me aferraba a la esperanza. Supe que hablar con Alessandro podía salvarnos… o terminar de destruir lo que quedaba y aun así, tenía que hacerlo. Porque quedarme en silencio ya me estaba matando.

Cuando llegué a casa, mi mamá me miró apenas crucé la puerta y supo que algo no estaba bien, no hizo preguntas de inmediato; las madres no las necesitan. Bastó ver mis ojos aguados, mi forma lenta de dejar el bolso, el silencio que me envolvía.

—Aurora… —dijo con suavidad—. Ven.
Me senté frente a ella y, por primera vez en semanas, sentí que podía soltar el peso que llevaba en el pecho. Las palabras salieron despacio, temblorosas, le conté de Alessandro, de la relación que había mantenido en silencio, de cómo había comenzado todo. Le confesé que había sido mi primer hombre, que me había entregado sin reservas, sin defensas, le dije cuánto lo amaba… y cómo, ahora, él se estaba alejando de mí sin explicaciones.

—Siento que ya no me mira igual, mamá —le dije, con la voz rota—. Como si algo en mí hubiera dejado de ser suficiente.
Ella no me interrumpió ni una sola vez. Me tomó las manos, cálidas, firmes, y cuando terminé de hablar, me atrajo hacia su pecho. Me acarició el cabello como cuando era niña, y ese gesto simple me desarmó por completo.
—Me duele verte así —susurró—. Ningún amor debería hacerte sentir pequeña, hija.
Me separó un poco para mirarme a los ojos, con esa mezcla de ternura y sabiduría que solo una madre tiene.
—Cuando una mujer ama de verdad, se entrega con el alma —continuó—. Y eso no es un error, Aurora, nunca lo será, el error es quedarse en silencio cuando algo duele.
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.
—Habla con él —me dijo, con voz firme pero dulce—. Dile lo que sientes, pregúntale qué le pasa, no adivines, no te castigues. Mereces respuestas, mereces claridad.
Apoyé la cabeza en su hombro y asentí.
—Si te ama, va a escucharte —añadió—. Y si no… —hizo una pausa, acariciándome la espalda— entonces recuerda esto: nadie que te haga dudar de tu valor merece quedarse en tu vida.
Me abrazó más fuerte.
—Yo estoy aquí —dijo—. Siempre, no importa lo que pase, nunca estarás sola.
En ese abrazo entendí que, pasara lo que pasara con Alessandro, había un amor que no se rompía, que no se iba, que no me soltaba y por primera vez en mucho tiempo, respiré un poco mejor.

El reloj marcaba las siete en punto de la noche cuando entendí que ya no podía seguir postergándolo. El tic-tac retumbaba en la sala como un recordatorio cruel de todo lo que había callado. Tomé el celular con las manos temblorosas y marqué el número de Alessandro antes de darme tiempo a arrepentirme.
Contestó al tercer tono.
—Alessandro… necesito hablar contigo. En persona.
Hubo un silencio breve, incómodo.
—Ahora no puedo, Aurora —dijo finalmente—. Voy de salida.
Algo dentro de mí se quebró y, al mismo tiempo, se endureció. Por primera vez no bajé la voz, no pedí permiso.
—Me importa un carajo —le dije, sorprendida incluso de mí misma—. Vamos a hablar y me vas a decir todo lo que tengas que decirme. Me lo merezco.
Del otro lado de la línea respiró hondo. Pude sentir su incomodidad, su resistencia.
—Está bien —respondió—. Mandaré a Roberto por ti. En media hora hablamos.




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