Amor Ciego

Capítulo 43. Lo correcto.

Estaba acostado en la cama, mirando un programa que no sabía ni qué era, las imágenes pasaban sin orden, sin sentido, igual que mis pensamientos. Marco había llamado varias veces, insistiendo en salir, pero hoy no quería ruido. Hoy quería quedarme en casa… o quizá solo quería ganar tiempo.

El teléfono sonó una vez más, estuve a punto de no mirarlo, convencido de que era él otra vez. Pero no, era Aurora.

Sentí ese golpe seco en el pecho que siempre me daba su nombre, me quedé mirando la pantalla. Dudé, porque en el fondo ya sabía lo que tenía que hacer, y contestar significaba enfrentarme a eso, aun así, atendí.
—¿Alessandro? Necesito hablar contigo.
—Ahora no es buen momento —intenté decir—. Voy de salida…
—No me importa un carajo —me gritó.
La palabra me atravesó, Aurora no gritaba. Aurora no decía carajo y justo por eso entendí que había llegado demasiado lejos.
—Vamos a hablar —exigió—. Me vas a decir todo, me lo merezco.
Colgué después de decirle que Roberto pasaría por ella, me quedé un segundo inmóvil, con el teléfono en la mano, y entonces me lo dije claro, sin adornos: esto es lo mejor, Falconi. Terminar ahora, no estirar algo que ya no puedes sostener.

No hacerla vivir en una duda eterna, no quería lastimarla, de verdad no, estaba agradecido por ella, por su dulzura, por su paciencia, por todo lo que me dio sin pedirme nada. Pero no podía seguir allí, no así, no a medias.

Me levanté, me quité la pijama y me vestí, demasiado bien para alguien que solo iba a “hablar”. Camisa impecable, reloj, perfume, me miré al espejo y fruncí el ceño.
—¿En serio, Falconi? —me dije.

El timbre sonó, abrí la puerta y Aurora entró sin pedir permiso. El vestido color crema le caía con una naturalidad que desarmaba, no era provocador… pero en ella se veía desafiante. Su cabello estaba desordenado, como si reflejara exactamente lo que llevaba por dentro, sus ojos, grandes, abiertos, llenos de preguntas y por un segundo —solo uno— sentí cómo ese viejo instinto me despertaba.

Ese felino que siempre aparecía cuando la veía, ese brillo peligroso, ese impulso que no tenía derecho a sentir.
No, me ordené. No ahora.

—Hola —dijo—. Te estoy hablando.

—Hola —respondí, bajando la mirada apenas—. Perdón… estaba pensando en trabajo, ella me observó, incrédula.

—¿Qué pasa contigo, Alessandro? ¿Por qué me alejas? Ya no eres dulce, ya no me besas, ya no eres tú—Cada palabra dolía, pero no podía echarme atrás.

Mientras hablaba, una parte de mí seguía viéndola hermosa, deseable, cercana y justo por eso entendí que tenía que ser firme, porque si dejaba que ese brillo tomara el control, no la iba a soltar nunca… y tampoco iba a ser justo.
Respiré hondo.
Hazlo bien, me repetí.
Hazlo claro.
Hazlo ahora.

Ella siguió reclamando, la voz quebrada, las palabras atropellándose unas con otras, yo no dije nada, me quedé quieto, con los brazos a los lados, como si moverme fuera a empeorar las cosas.

Nunca la había visto así.
Aurora tomó aire, profundo, como si necesitara recordarse cómo se respirabaz caminó en círculos una vez… dos. Pasó las manos por su cabello, cerró los ojos apenas un segundo y luego se detuvo frente a mí, se acercó despacio, me tomó de las manos.

—Habla conmigo, lobito —dijo.
Ese gesto, esa voz más baja, más suave, cargada de algo que no era reclamo sino ruego, su boca ligeramente curvada, como si estuviera a punto de romperse. Sus ojos, suplicantes, buscándome sin miedo, y su olor… vainilla, siempre vainilla.

Sentí cómo todo el discurso que me había repetido se vino abajo en un segundo.
Lo correcto.
La decisión.
El autocontrol.
A la mierda todo.

La atraje hacia mí y la besé.
No fue un beso cuidadoso, fue uno lleno de urgencia, de todo lo que había contenido. Mis manos firmes, su cuerpo respondiendo de inmediato, como si también hubiera estado esperando ese permiso para caer.
La besé con pasión, con fuerza, con esa verdad peligrosa que solo aparece cuando uno deja de fingir que puede irse y por un instante —solo uno— el mundo volvió a tener sentido.

La besé… y al hacerlo supe que estaba perdiendo, mi cabeza gritaba que parara, que ese beso era una traición a todo lo que me había prometido hacía apenas minutos. Que no tenía derecho a confundirla más, que besarla así era cruel.

Pero mi cuerpo no escuchaba razones, sentí cómo ella se aferraba a mí, como si ese beso fuera una respuesta, una tregua, una esperanza y eso fue lo que me destrozó, porque yo sabía que no podía darle lo que ella estaba buscando, aunque en ese instante pareciera dispuesto a quemar el mundo por ella.

Esto es justo lo que no debes hacer, me dije mientras mis labios seguían buscándola.
Esto es lo que la va a lastimar y aun así no me separé.

Había algo en la forma en que me besaba que me hacía olvidar quién era yo cuando no estaba con ella, algo peligroso, familiar, adictivo. Como si Aurora sacara a ese hombre que yo llevaba tiempo intentando enterrar.
El felino seguía ahí, despierto, reluciente, ese impulso primario de quedarme, de no soltar, de no explicar nada.

Pero, en el fondo, una parte de mí ya estaba de duelo, porque sabía que ese beso no era un comienzo… era una despedida mal hecha y eso lo hacía aún más intenso, pero no pensé continué.

—Te deseo tanto Aurora—le dije con una pasión contenida, insoportable y suplicante.

Ella me correspondía; me besaba con una devoción que me enloquecía, que me encendía de formas inimaginables. Era pura pasión, puro fuego, como su cabello rojo e indomable.
Deslicé lentamente las tiras de su vestido y este cayó con suavidad.

Por primera vez pude verla semidesnuda: no llevaba sujetador, solo una diminuta tanga negra que contrastaba con la blancura de su piel. Mis ojos fueron bendecidos al contemplar sus senos, grandes, hermosos, perfectos, y por un instante el mundo dejó de existir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.