Me desperté sola.
No sola en el sentido trágico de las películas, sino sola del tipo: cama enorme, sábanas enredadas y una almohada ocupando el lugar donde anoche había un hombre de metro noventa que me hacía el amor.
Me estiré como un gato satisfecho, todo mi cuerpo protestó… pero de felicidad.
La noche había sido espectacular, no había otra forma de decirlo. Alessandro podía hacerse el frío, el complicado, el señor “yo no siento”, pero cuando se le olvidaba actuar, se le notaba y anoche se le olvidó por completo.
Yo lo sabía.
Ese hombre me quería.
Tal vez no lo decía, tal vez le daba urticaria emocional admitirlo, pero anoche me lo demostró con cada gesto, con cada mirada, con cada silencio.
Me levanté siguiendo el olor a café recién hecho, porque Alessandro podía huir de sus emociones, pero jamás del café. Tomé una de sus camisas del respaldo de la silla y me la puse, me quedaba gigantesca. Podía usarla de vestido, pijama y carpa para acampar al mismo tiempo.
Alessandro era un gigante.
Y yo parecía una niña jugando a ser adulta dentro de su ropa, sonreí y caminé hacia la cocina convencida de una sola cosa:
el día prometía.
Yo iba sonriente, descalza por el pasillo, convencida de que esa mañana tenía el mismo sabor que el café fuerte: intenso, reconfortante y peligrosamente adictivo. Incluso pensé —ingenua de mí— que tal vez hoy Alessandro estaría menos amargado, tal vez hasta me regalaría una de esas sonrisas mínimas que solo aparecen cuando se le cae la coraza.
Entré a la cocina lista para molestarlo y ahí estaba.
Vestido de traje, perfecto, peinado con una precisión casi ofensiva, perfumado como si fuera a conquistar el mundo o a despedirse de él. Recostado sobre la encimera, serio, distante, como si la noche anterior no hubiera existido.
Ah, no, ese Alessandro no era el mío.
—Buenos días, mi lobito amargado —dije igual, porque el optimismo también puede ser terquedad—. ¿Cómo estás?
Me acerqué y lo rodeé con los brazos, apoyando la mejilla en su pecho.
—Hoy te ves súper guapo —añadí—. Guapo, guapo de portada.
Sentí cómo su cuerpo se tensaba.
Antes de que pudiera bromear otra vez, me tomó de las muñecas y me separó de él, no fue brusco, pero tampoco cariñoso, fue… definitivo.
—Aurora —dijo—. Creo que ya es hora de que le pongamos fin a esto.
Las palabras tardaron en llegar a mi cabeza.
—¿De qué hablas? —pregunté, riendo nervios
—. ¿Fin a qué?
—A nosotros. Esto no puede continuar.
El aire se me quedó atorado en el pecho.
—Yo pensé… —balbuceé— pensé que después de anoche… Dios. Alessandro, dime qué pasa.
Me miró como si yo estuviera pidiendo algo imposible.
—Mírame —dijo—. Y mírate, no estamos hechos el uno para el otro, yo no puedo ser el hombre que necesitas, tú no encajas en mi mundo.
Sentí el golpe directo al estómago.
—¿Qué pasa contigo? —dije, temblando—. Yo te amo.
Él no dudó.
—Pero yo no —respondió—. No te amo y nunca lo haré, lo nuestro fue solo sexo, fue rico mientras duró, pero ya me aburrí de ti.
Algo oscuro, caliente, desconocido subió por mi columna vertebral, antes de pensarlo, mi mano impactó contra su mejilla. El sonido fue secoz definitivo.
—Eres una persona despreciable, señor Falconi.
—Nunca te prometí nada, Aurora —escupió—. Tú te hiciste ideas porque te cogía rico.
—Cállate —le grité—. No me humilles más.
Algo en la forma en que me hablaba me rompía más que las palabras mismas.
No era solo qué decía, era cómo, ese tono frío, cortante, como si yo fuera un error que necesitaba corregir. Como si lo que habíamos vivido hubiera sido una molestia pasajera. Yo, que siempre hablaba despacio, que pensaba antes de herir, me sentía diminuta frente a esa dureza.
Yo no era así.
Yo no sabía pelear así.
Mientras él hablaba, mi mente iba más rápido que mi corazón, como si intentara protegerlo del golpe. Pensaba en cada gesto suyo que yo había interpretado como cariño. En cada silencio que convertí en profundidad. En cada mirada que adorné con esperanza.
Tal vez nunca estuvo ahí, pensé.
Tal vez todo lo puse yo.
—Me lo dijeron —dije de pronto, sin reconocer mi propia voz—. Fio me lo dijo, me lo dijo tantas veces…
Él frunció el ceño, molesto, como si ese nombre no mereciera espacio entre nosotros.
—Me dijo que no eras bueno —continué—. Que yo era una ingenua, que veía cosas que no eran, que no te amara.
Tragué saliva, me ardía la garganta.
—Y yo no quise escucharla —susurré—. Porque yo te veía distinto, porque contigo todo era hermoso… y pensé que eso significaba algo.
Lo miré buscando, no una disculpa, ni siquiera amor. Solo humanidad.
Pero no la encontré.
—Aurora, no dramatices —dijo—. Tú te ilusionaste sola.
Eso fue lo que terminó de quebrarme.
No lloré no grité, sentí algo peor: esa calma rara que llega cuando el corazón se cansa de sostenerse, me di cuenta de que yo estaba ahí, con una camisa que no era mía, defendiendo un sentimiento que él acababa de pisotear sin pestañear.
Yo, que nunca levantaba la voz.
Yo, que siempre entendía primero.
Yo, que besaba con cuidado.
La dulzura también se cansa.
—Tienes razón —dije finalmente—. Fui ingenua, lo miré con una mezcla de tristeza y dignidad que me sorprendió incluso a mí.
—Pero no porque te haya amado —añadí—. Sino porque pensé que tú sabías cuidar eso.
Y ahí entendí algo con una claridad brutal:
no era que yo no encajara en su mundo…
era que su mundo no tenía espacio para alguien como yo.
Lo miré una última vez, con dolor, con rabia, con decepción y caminé directo hacia la salida.
Me detuvo del brazo.
—¿Estás loca? ¿Te vas a ir así a la calle?
—Suélteme —dije—. No me vuelva a tocar en su vida. ¿Y qué le importa cómo me vaya? Bórreme, desaparezca mi nombre de su mente.