Llegué al consultorio de Fiorella sin darme cuenta de como iba, llevaba puesta la camisa de Alessandro, enorme sobre mi cuerpo, todavía con su olor, como una burla cruel pegada a la piel. Tenía la cara inundada de lágrimas, los ojos hinchados, la dignidad hecha trizas, apenas crucé la puerta, Fiorella levantó la mirada… y no hizo falta decir nada.
—Aurora… —susurró.
En dos pasos estaba frente a mí, me abrazó fuerte, de esos abrazos que no preguntan, que sostienen. Yo me quebré ahí mismo, hundiendo el rostro en su hombro.
—Ven —me dijo con firmeza—. Pasa a mi consultorio.
Giró hacia la recepción y, sin soltarme, habló con una calma que escondía decisión.
—Por favor, cancela las citas del día de hoy, a quienes ya estén aquí, ofréceles una consulta gratuita en su próxima visita por el inconveniente.
—Fiorella, no hace falta que canceles nada, yo solo… —intenté decir.
—No —me interrumpió, mirándome a los ojos—. Eres mi amiga y me necesitas.
No me dejó seguir, me tomó de la mano y me llevó a su consultorio, cerró la puerta con cuidado, como si ese gesto sellara un espacio seguro solo para nosotras. Me senté en el sillón y las palabras empezaron a salir atropelladas, le conté todo, cada frase de Alessandro, cada silencio, cada herida, le conté cómo me miró, cómo habló, cómo me hizo sentir pequeña, prescindible, culpable de amar.
Fiorella escuchó en silencio… hasta que explotó.
—¡Ese miserable! —dijo, levantándose del asiento—. ¡Imbécil! ¡Desgraciado! ¡Cómo se atreve Alessandro a tratarte así!
Apreté la camisa contra mi pecho, temblando.
—Aurora —se acercó, tomándome el rostro entre sus manos—, escúchame bien, tú vales muchísimo más que ese hombre, muchísimo más que sus miedos, su cobardía y su incapacidad de amar bien. Tú eres leal, eres luz, eres entrega y nadie, absolutamente nadie, tiene derecho a hacerte sentir menos.
Las lágrimas seguían cayendo, pero algo en sus palabras empezó a acomodar el caos dentro de mí.
—No eres débil por amar —continuó—. Débil es quien huye, tú eres fuerte, Aurora y no estás sola.
Después de un rato, cuando mi respiración se calmó un poco, Fiorella tomó su bolso.
—Vámonos a mi casa, aquí no vas a sanar hoy.
Antes de salir, llamó por teléfono.
—Señora Clara, la necesito en mi consultorio… sí, es importante. Yo se la envío más tarde. No se preocupe.
Colgó y me sonrió con dulzura.
—Hoy me encargo yo de ti.
Salimos juntas, yo aún llevaba la camisa de Alessandro, pero por primera vez desde que llegué, ya no me sentía tan perdida. Porque aunque el amor me hubiera roto, la amistad me estaba sosteniendo.
Llegamos a la casa de Fiorella y apenas crucé la puerta me sentí sin fuerzas, ella me llevó hasta su cuarto, me hizo sentar en la cama y me arropó como si yo fuera una niña rota.
—Quédate aquí —me dijo con suavidad—. Voy a bajar un momento.
Me dejo en su cuarto y yo me quedé sola, abrazando un cojín, dejando que el llanto saliera sin control. Al rato regresó con una bandeja.
—Helado y frituras —anunció—. Eso ayuda con los males de amor, aunque los doctores digan lo contrario.
Solté una risa entre lágrimas, nos quedamos ahí, sentadas en el suelo, hablando de todo y de nada. Yo lloraba, hablaba, me callaba. Fiorella escuchaba, a veces maldecía a Alessandro, a veces solo me pasaba una servilleta y me acariciaba la espalda.
Al mediodía, escuchamos pasos en la escalera, la nana de Fiorella, Monic, subió con una bandeja.
—La comida está lista, señorita —dijo con una sonrisa cálida.
Cuando vi el plato, no pude creerlo.
—¿Macarrones con queso? —pregunté, sorprendida.
Fiorella sonrió orgullosa.
—Mandé a preparar los ricos, los de verdad. Tus favoritos.
Reí, de verdad esta vez, me levanté y la abracé fuerte.
—Gracias, Fio… de verdad, gracias.
Comimos juntas, despacio, como si cada bocado me devolviera un poco de humanidad. Después, Fiorella se puso de pie y me miró con ternura firme.
—Ahora te vas a dar un baño relajante.
No me dio opción, preparó todo con cuidado: llenó la bañera, encendió velas, puso espuma, agregó esencia de lavanda. Me dejó una toalla suave, una bata limpia, todo pensado.
—Voy a darte un momento para que te relajes —me dijo antes de salir—. Prométeme que vas a estar bien.
Asentí, sin poder hablar.
Me recogí el cabello, dejé la ropa a un lado y me metí en la bañera. El agua caliente me envolvió, la lavanda llenó el aire. Cerré los ojos… y Alessandro volvió a aparecer en mis pensamientos. Sus palabras, sus silencios, lo que fue y lo que nunca terminó de ser.
El agua no borró el dolor, pero por primera vez no me ahogaba en él, estaba ahí, sostenida, respirando, intentando sanar.
Escuché la puerta de la habitación abrirse y pensé, con un suspiro cansado, que era Fiorella. Me limpié las lágrimas que aún ardían en mis mejillas y le di gracias a Dios por haberla puesto en mi camino. Justo entonces, la calma se rompió.
La puerta del baño estaba entreabierta.
—¿Quién eres tú? —preguntó una voz masculina, grave, sorprendida.
Giré el rostro… y del susto me puse de pie de golpe dentro de la bañera.
—¡¿Quién es usted?! —respondí, alzando la voz—. ¿Qué hace aquí?
El agua se agitó, la espuma resbaló por mi piel. Él se quedó inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido.
—Yo… —balbuceó—. Perdón, no sabía que había alguien aquí.
—Eso es evidente —repliqué, furiosa—. ¿No le enseñaron a tocar antes de entrar?
Sus ojos, traicioneros, me recorrieron sin que pareciera poder evitarlo. Entonces comprendí mi desnudez y la exposición brutal del momento. Volví a hundirme de inmediato en la bañera, cubriéndome con la espuma.
—Deje de mirarme —le exigí—. ¿Me puede pasar la bata que está a su derecha, por favor?
Él parpadeó, como si recién despertara.
—Claro… sí… perdón —dijo, tomando la toalla con torpeza—. No fue mi intención invadirla.