El motor de mi coche ruge bajo mis manos mientras avanzo por la avenida que conduce al club. El tráfico es liviano, pero mi cabeza pesa toneladas, no dejo de pensar en ayer, en Aurora, en cómo todo se me fue de las manos.
La dejé ahí, de pie, con los ojos brillantes y la voz rota, como un idiota. No hay otra palabra que me describa mejor, pude haber dicho menos, pude haber sido más cuidadoso, pero siempre he sido torpe cuando se trata de sentimientos. Especialmente cuando no sé qué hacer con ellos.
La imagen vuelve sola, sin pedir permiso. Aurora con esa camisa que le quedaba grande, blanca, sencilla… y jodidamente tierna. El cuello apenas abierto, las mangas remangadas como si no se diera cuenta del efecto que causaba. No estaba arreglada para impresionar a nadie y aun así lo hacía conmigo.
Aprieto el volante cuando recuerdo sus lágrimas, no un llanto escandaloso, no. Fue peor: silencioso, digno, contenido. Verla llorar me apretó el corazón de una forma que no conocía, un sentimiento extraño, incómodo, casi violento, se apoderó de mí, no era deseo, no era simple culpa, era algo más profundo. Algo que no sabía nombrar.
Me di cuenta, en ese instante, de que verla llorar era demasiado doloroso, que no quería volver a ver eso nunca y aun así, fui yo quien lo provocó, un maldito, eso es lo que fui.
Pero también fui honesto, brutalmente honesto y cruel. Porque sería peor mentirle, peor ilusionarla más, peor dejar que me imaginara en un papel que no me pertenece. Yo no soy ese hombre, no doy peluches, ni promesas bonitas. No sé quedarme a abrazar cuando todo se pone serio, no construyo familias ni ofrezco estabilidad. Yo pertenezco a los placeres, a las noches largas, a la libertad egoísta, eso está en mi ADN, aunque me pese admitirlo.
Aurora merece todo eso que yo no puedo dar. Besos sin miedo, manos que no se aparten, un futuro que no tiemble. Y yo… yo solo traería dudas, ausencias y heridas más profundas.
Aun así, jamás me perdonaré lo que le hice ayer. Porque verla llorar, verla enamorada, mirándome como si yo fuera algo más de lo que soy, y saber que no podía corresponderle… fue un dolor indescriptible. Un golpe seco en el pecho que todavía siento mientras aparco frente al club.
Apago el motor, respiro hondo. El partido de tenis me espera, las risas, los amigos, la normalidad de siempre, pero algo cambió.
Porque ahora sé que hay dolores que no se olvidan y el de Aurora… será uno de ellos.
El club ya estaba despierto cuando llegué. A esa hora, la luz entraba sin pedir permiso por los ventanales altos, dibujando reflejos dorados sobre el mármol y las mesas del bar. El olor a café recién hecho se mezclaba con el del césped húmedo de las canchas. Siempre me había gustado ese equilibrio entre elegancia y rutina, me recordaba quién era.
Venía pensando en el partido, en despejar la mente, cuando los vi.
Antonio estaba recostado en la barra, Lauro gesticulaba como siempre, exagerando alguna anécdota, y Marco reía con esa risa franca que solo él tenía. Mis amigos, los de siempre, los que habían permanecido incluso cuando todo lo demás cambió.
Y entonces lo vi a él.
Fabrizio Bellmonti.
No sentí ira, tampoco rabia, lo que me atravesó fue algo más frío, más distante. Indiferencia. Una constatación simple: estaba ahí, y ya no significaba nada.
Me acerqué a la mesa con paso firme.
—Buenos días —dije.
Antonio fue el primero en reaccionar, se levantó y me abrazó, Lauro me dio una palmada en la espalda, Marco inclinó la cabeza a modo de saludo. Yo devolví cada gesto con naturalidad, con la calma de quien está en terreno conocido. A Fabrizio no lo miré, no por desprecio, sino porque mi mente no encontró motivo para hacerlo.
Fabrizio soltó una risa ligera, casi nostálgica.
—Vaya, Alessandro… ya han pasado diez años. Éramos unos críos, relájate.
Marco rió, buscando alivianar el ambiente.
—Sí, relájate, Aless, eso ya es pasado.
Me apoyé levemente en la mesa, crucé los brazos y los miré. No había dureza en mi expresión, solo claridad.
—Para mí, la lealtad no es una etapa —respondí—. Es un valor que no se negocia ni caduca, no olvido a quienes traicionaron mi confianza… no por rencor, sino porque recordar me define, me recuerda quién soy y hasta dónde estoy dispuesto a llegar por mis intereses.
El silencio fue inmediato, no incómodo, pero sí revelador, todos entendieron que no había reproche en mis palabras, solo una verdad asentada.
Me giré hacia el barman.
—Una soda, por favor.
Antonio soltó una carcajada.
—¿Una soda? ¿Qué pasa, Alessandro? ¿No quieres un trago?
—Paso, Antonio, son las 10:00 am.
Lauro alzó su copa.
—¿Desde cuándo te importa la hora?
Lo miré con serenidad.
—Desde que aprendí a elegir qué me suma y qué no. Hoy no quiero.
Marco se acercó un poco más, bajando la voz.
—Tranquilo, Aless, Fabrizio solo estará unos días y luego se irá, no pensé que te afectaría tanto verlo.
Negué despacio.
—No me afecta, Marco, no me disgusta. Simplemente no es de mi agrado y preferiría no compartir con él. Lo entiendes, ¿verdad?
Marco asintió, siempre lo hacía.
Salimos a la cancha. El juego comenzó y, con cada golpe, mi cuerpo recordó viejas sensaciones, competir, concentrarme, respirar. Mientras corría tras la pelota, imágenes del pasado se colaron sin permiso.
Fabrizio y yo habíamos sido amigos de verdad. De los que se cubren la espalda, de los que se dicen la verdad aunque duela, habíamos crecido juntos, celebrado victorias, compartido silencios. Por eso su traición no dolió como una herida abierta… dolió como una fractura limpia, algo que se rompe y jamás vuelve a ser igual.
No me llenó de odio, me transformó.
El partido terminó entre risas y comentarios sueltos, me alejé unos pasos para tomar agua cuando escuché mi nombre.
—Alessandro.
Me giré. Fabrizio estaba frente a mí, ya no había arrogancia en su postura, ni ironía en su mirada.