Amor Ciego

Capítulo 47. Tu recuerdo

Ha pasado una semana desde lo sucedido con Alessandro, siete días que se han sentido como un invierno entero dentro de mí. Cada noche lloro en silencio, con el rostro hundido en la almohada, porque la herida que él me dejó es profunda, de esas que no sangran por fuera pero duelen en cada respiración. Hay palabras que no se olvidan, miradas que se clavan como astillas, decisiones que cambian el rumbo de todo.

Desde entonces trabajo con Fiorella. No podía quedarme en el empleo que Alessandro me ofreció, simplemente no estaba bien, no según mis códigos morales, no según lo que mi corazón me gritaba aunque estuviera roto. Aceptar habría sido traicionarme, y después de lo ocurrido, eso era lo último que podía permitirme.

Fiorella es la mejor, siempre lo ha sido. Siempre ahí para mí, sosteniéndome cuando siento que me voy a caer. Mi madre también, firme como un faro, recordándome que no estoy sola, que soy más fuerte de lo que creo. Todos me han apoyado, y ese amor ha sido el hilo que me mantiene unida.

El trabajo con Fiorella es sencillo, somos cinco trabajadoras en total y yo básicamente la asisto en todo. Ordenar, preparar materiales, acompañar, observar. Hay algo sanador en la rutina, en lo simple, en sentirme útil sin que nadie me exija más de lo que puedo dar ahora.

Y Fabrizio… el primo de Fio, después de todo, no resultó ser tan malo. De hecho, es gracioso, de verdad lo es, recuerdo claramente el día que se disculpó conmigo.
“Aurora, lo siento de verdad, por favor, permíteme invitarte un gelato para recompensar el mal rato.”
Iba a negarme, como hago con casi todo últimamente, pero Fiorella me animó con una sonrisa y acepté. Hicimos bien, me hizo reír mucho contándome cómo su gato Amadeo lo saca de la cama todas las mañanas sin ninguna explicación lógica, como si fuera el verdadero dueño del apartamento.

Al día siguiente se presentó en el consultorio con un pan de masa madre y un chocolate caliente que sabía a gloria. Un gesto pequeño, pero lleno de una amabilidad inesperada. Es atento, considerado, y no hace preguntas incómodas.

El viernes volvió a aparecer, esta vez para invitarnos a Fiorella y a mí a comer la mejor pasta de Italia. Quise negarme, no quería salir, no quería sonreír por compromiso. Pero Fiorella me abrazó y me dijo en voz baja:
“Aurora, necesitas distraerte, mira que Fabrizio está siendo amable. Vamos un rato.”
Y me convenció.

Fuimos a la hora del almuerzo, de nuevo me hizo reír, esta vez contando una anécdota de Fiorella intentando hacer pasta desde cero y terminando por quemarla de una forma casi heroica. Reí, reí de verdad y en ese momento entendí algo sencillo pero importante: salir, respirar otros aires, dejar que la vida se cuele por pequeñas grietas… sí me hace bien.

La herida sigue ahí, duele, pero por primera vez en una semana, no fue lo único que sentí.

La jornada estaba casi terminando cuando Fabrizio se acercó, yo estaba ordenando unos papeles, concentrada en no pensar demasiado, cuando lo escuché apoyarse cerca de mí.

—Aurora —dijo con suavidad—, dime una cosa… ¿por qué una chica tan linda como tú tiene esos hermosos ojos azules siempre tristes?

Levanté la mirada y sonreí, pero fue una sonrisa amarga, automática.

—No tienes que fingir cumplidos solo porque Fio es mi amiga.

Él negó despacio y sonrió. No fue una sonrisa cualquiera, fue de esas que parecen preguntar ¿hablas en serio? sin decirlo en voz alta.

—Es en serio, eres hermosa, Aurora, una belleza distinta. ¿Acaso no te consideras así?

Reí, una risa corta, casi defensiva.

—¿Yo? —me señalé—. ¿No me ves, Fabrizio? Nerd a la vista… y mi cabello es… un desastre total.

—Simplemente salvaje y hermoso —dijo interrumpiéndome, sin dudar.

Lo miré sorprendida.

—Las nerds son sexys —continuó con total naturalidad—, y tú lo eres mucho. Además… recuerdas que ya te he visto.

Sentí el calor subir de golpe a mis mejillas, la imagen del baño cruzó mi mente sin permiso.

—Podemos olvidar eso, por favor —dije rápido—. No hagas que me enoje otra vez.

Él soltó una carcajada ligera.

—Trato hecho —respondió—. Si pasa, te invitaré otro gelato.

—Solo si me presentas a Amadeus —repliqué.

—Eso es un honor que se gana —dijo fingiendo solemnidad.

Ambos reímos.

Me despedí primero, el día ya pesaba en el cuerpo y lo único que quería era llegar a casa, ponerme algo cómodo y desaparecer un rato del mundo.

—Yo ya me voy —dije tomando mi bolso—, gracias por hoy.

—Te llevo —ofreció Fabrizio con naturalidad.

Negué de inmediato.

—Gracias, pero no, tomo el autobús, no te preocupes.

—No es ninguna molestia —insistió—. Déjame acompañarte.

Reí, más por costumbre que por otra cosa.

—En serio, no hace falta.

Él levantó las manos en señal de rendición.

—Está bien, está bien. Autobús entonces.

Salimos juntos, y al llegar al estacionamiento mis pasos se frenaron un segundo. El auto de Fabrizio era… lujoso, como los de Alessandro, de esos que no pasan desapercibidos. Me miró, divertido por mi expresión.

—¿Segura del autobús? —preguntó, medio en broma.

Suspiré y sonreí.

—Está bien —cedí—. Pero solo esta vez.

Me abrió la puerta del copiloto, subí, me acomodé y me abroché el cinturón con cuidado. El interior del auto olía limpio, sofisticado, distinto a lo que yo estaba acostumbrada.

El trayecto comenzó en silencio, uno cómodo, hasta que él habló.

—Puedo preguntarte algo, Aurora? —dijo sin apartar la vista del camino—. ¿Por qué estudiaste enfermería?

La pregunta me golpeó sin aviso. Automáticamente pensé en Alessandro, en la beca, en cómo él me había ayudado a acercarme a ese sueño. El recuerdo amenazó con apretar el pecho, así que lo borré antes de que doliera demasiado.

—Porque siempre quise cuidar —respondí al fin—. Estar para alguien en su momento más frágil. Me gusta pensar que, aunque no pueda salvar a todos, sí puedo hacer que alguien se sienta menos solo, menos asustado. Para mí, eso ya vale la pena.




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