Amor Ciego

Capítulo 48. Ante la verdad.

Han pasado quince días desde lo de Aurora. Su recuerdo comenzó a volverse una carga, así que decidí bloquear todo pensamiento y todo sentimiento hacia ella, no los necesito, no los quiero, prefiero el silencio a seguir sosteniendo algo que ya no me pertenece.

No estaba molesto.
Eso es lo que creía.

Estaba sentado detrás del escritorio, revisando papeles con la precisión de siempre, todo en orden, todo bajo control, Aurora era solo un nombre que no pensaba pronunciar. Un episodio cerrado. Punto.

La puerta se abrió sin ceremonia.

—¿Te sucede algo? —pregunté sin alzar la vista.

Marco entró, serio, cerró la puerta.

—Tú y Aurora.

Seguí firmando.

—No es asunto tuyo.

—Sabía que te gustaba —insistió—. Tenía sospechas, pero nunca imaginé que llegarían a algo… ni que actuarías como un imbécil con ella.

Levanté la mirada, tranquilo.

—No exageres.

—Fiorella me contó todo —dijo—. Estaba furiosa y con razón, Aurora no es como las mujeres con las que nos movemos, ella no entiende tus códigos.

Me encogí de hombros.

—No le prometí nada.

—No —aceptó—. Pero tampoco la respetaste.

Esa palabra no me tocó o eso creí.

—¿Terminaste? —pregunté.

Marco respiró hondo.

—No —respondió—. Hay algo más.

Por primera vez, dejé el bolígrafo.

—Dime.

—Aurora siempre me ha gustado.

El aire cambió apenas, imperceptible.

—Desde hace tiempo —continuó—. Nunca hice nada por respeto, pensé que te importaba, pensé que te gustaba.

Me recliné en la silla, indiferente.

—¿Y ahora?

—Ahora no —dijo con firmeza—. Voy a hacerla mi mujer.

Algo se encendió dentro de mí.
No fue celos.
Fue posesión.

Me puse de pie lentamente.

—Repite eso.

—Voy a conquistarla —dijo—. Voy a tratarla como merece y si ella acepta, Aurora será mi mujer.

El golpe fue seco, violento, inesperado incluso para mí.

—No —dije, esta vez sin calma—. Tú no.

—¿Por qué? —preguntó—. ¿Ahora sí te importa?

—Porque no te pertenece —escupí—. Porque no sabes en lo que te estás metiendo.

Marco me miró con frialdad.

—Eso mismo pensé yo de ti y aun así la tocaste.

La sangre me hirvió.

—¡Cierra la boca! —rugí—. No tienes derecho a nombrarla.

—¿Y tú sí? —replicó—. ¿Después de lo que hiciste?

Barrí el escritorio de un golpe, el ruido fue brutal, papeles al suelo, vidrio temblando.

—¡LÁRGATE! —grité—. ¡NO VUELVAS A MENCIONARLA!

Marco no se movió.

—Ahí está —dijo en voz baja y con media sonrisa—. Eso es lo que escondes.

Lo tomé del cuello de la camisa y lo empujé hacia la puerta.

—Ni la mires —le advertí—. Ni la pienses, Aurora no es tuya, nunca lo será.

Marco se acomodó la chaqueta, sin miedo.

—Lo sé Alessandro, pero entonces admítelo.

No respondí.

—Porque si no la quieres —añadió—, alguien más lo hará y esta vez no serás tú.

Se fue.

Me quedé solo, respirando pesado, con las manos cerradas en puños.

Indiferente.
Eso era lo que fingía.

Pero algo ya estaba despierto y no pensaba volver a dormirse.

Salí de la oficina con el cuerpo tenso, como si me hubiera quedado algo atorado en el pecho. La discusión con Marco seguía retumbando en mi cabeza, pero no eran sus palabras lo que me perseguía, era lo que habían despertado.

Conduje sin rumbo hasta que las luces de un bar me tragaron.

Oscuro. Ruido bajo. Whisky caro.

—Whisky doble.

El vaso llegó y lo vacié sin pensarlo, el segundo fue igual.

Aurora es mía, la idea era simple, brutal, tranquilizadora.

Solo sexo.
Nada más.
Sin compromisos.

Eso es lo que siempre he sido, mi mente, traicionera, me devolvió otra imagen.

Sexo casual… claro.
Entonces ella puede ver a otros.
Puede reír con otros.
Puede acostarse con otros.

La rabia me subió como una descarga.

—Jamás —murmuré, apretando el vaso—. Ella es solo mía.

—Hola, guapo.

La voz era demasiado dulce, demasiado entrenada para entrar sin permiso, giré el rostro.

Pelirroja, vestido ceñido, sonrisa fácil, ojos que no pedían nada, perfecta para olvidar.

—Te ves… intenso —dijo acercándose—. Me gustan así.

No la miré a ella, vi a Aurora.

Sin previo aviso la tomé del rostro y la besé, fue un beso duro, casi violento, como si necesitara imponer algo, como si así pudiera callar lo que me gritaba por dentro.

Pero no funcionó.

Esos labios no eran los suyos, ese cabello no tenía la misma textura cuando lo enredaba entre mis dedos y su olor… no.

El olor no era vainilla.

—Wow… qué agresivo, guapo —rió ella—. ¿Quieres ir a otro lado?

La miré como si estuviera borroso.

—Te llamas Aurora —dije—. Y no hablas.

Ella creyó que era un juego, siempre lo creen.

—Está bien —sonrió—. Aurora.

El hotel fue rápido, impersonal, una habitación que no recordaría a nadie. La tuve cerca, demasiado cerca, y aun así sentía que estaba tocando el vacío.

Cerré los ojos.

Vi la sonrisa de Aurora, la forma en que se le suavizaba la mirada cuando me tenía encima, su cara cuando le hacía el amor, abierta, honesta, sin defensas.
El modo en que enterraba el rostro en mi cuello, oliendo a vainilla, como si ese aroma pudiera marcarme.

—Aurora… —susurré.

La pelirroja se movía, me buscaba, me deseaba, pero yo estaba en otro lugar, en otro cuerpo, en otra verdad.

La usé como se usa un objeto: para intentar llenar un hueco que no tenía fondo, la tomé con brutalidad, con una furia que no era deseo, sino frustración, en mi mente solo había una imagen, una sombra insistente: Aurora. Creí que al eyacular al límite su recuerdo me poseería por completo, que me salvaría del abismo… pero cuando todo terminó, Aurora no estaba.
Solo quedó el vacío.

Un vacío tan denso que me aplastó el pecho, que me dejó sin aire, como si algo vivo se hubiera instalado dentro de mí para devorarme lentamente. Me vestí sin mirarla, dejé el dinero en la mesa de noche, ignoré sus palabras —no sé si eran reproches o súplicas— y salí. No miré atrás.




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