Amor Ciego

Capítulo 49. Diversión.

Me gradué con honores.
Aún recuerdo mi nombre resonando en el auditorio, los aplausos, las miradas orgullosas. No lloré, preferí guardar ese triunfo en silencio, como si al hacerlo demasiado visible pudiera romperse.

Días después, el Hospital Vitalia me ofreció un empleo, no por recomendación, no por favores: por excelencia académica. Lo supe desde el primer momento, me lo había ganado yo.

Cuando leí el contrato, pensé en Fio, pensé en su trabajo, en las horas interminables, en todo lo que había sacrificado y entonces pensé en algo más incómodo: ese hospital era de Alessandro, el nombre me atravesó como una corriente fría.

Por un instante dudé, pero me hablé a mí misma con dureza: no importaba, nada de eso borraba mis méritos. Vitalia era el mejor hospital de Milán, estar allí era un privilegio, una marca imborrable en cualquier currículum.

El salario era generoso, me ofrecían algo aún más valioso: la posibilidad de estudiar, de especializarme, de crecer.
No dudé más.
Acepté.

Mi primer día lo recuerdo con una claridad dolorosa, me asignaron al área de rehabilitación infantil, dijeron que era por mi carisma, no supe si agradecerlo o temerlo.
Ese día fue el más triste y el más feliz de mi vida.

Feliz porque sabía que, con ese trabajo, podía ayudar a mi familia, porque estaba en un hospital de excelencia, porque estaba haciendo exactamente aquello para lo que había nacido: cuidar, acompañar, sanar cuando se pudiera… y sostener cuando no. Triste porque vi cosas que ningún ser humano debería ver, y menos un niño, pequeños cuerpos cansados, miradas demasiado maduras para su edad, sonrisas que se apagaban rápido. Ningún niño debería conocer ese dolor. Ninguno.

Los primeros días llegaba a casa con el pecho apretado, pero el tiempo hizo algo inesperado. Empecé a verlos reír, a jugar, a encontrar luz incluso en medio de tratamientos, agujas y cicatrices y entender que yo podía hacer algo —aunque fuera pequeño— me llenaba de una felicidad serena, profunda, casi sagrada.
Pasó un mes.

De Alessandro no supe nada, no lo vi, no lo pregunté, no hablé de él, me esforcé por no pensar en su nombre, por no invocar su recuerdo.

Pero, ¿a quién quería engañar?
Había hombres que se olvidan y luego estaba él. Ese hombre tatuado en mi corazón, marcado en mí de una forma que no pedí, pero tampoco pude borrar y aunque el hospital era inmenso, aunque los días estaban llenos de trabajo y los niños me regalaban sonrisas que valían la vida entera…había ausencias que no sabían quedarse en silencio.

Con el tiempo, sin darme cuenta, Fabrizio se volvió parte de mis días, no llegó imponiéndose, no invadió, simplemente estuvo. Es una buena persona… o al menos eso parece, y a veces eso basta.

Sabe que hay alguien en mi vida, alguien que me hizo llorar, que me quebró en silencios largos y noches sin sueño. Nunca preguntó quién fue, nunca quiso detalles, respeta mi duelo como si entendiera que hay dolores que no necesitan ser explicados para ser reales y eso me agrada.

Fabrizio tiene una risa fácil, contagiosa. Me hace reír cuando menos lo espero, cuando el cansancio pesa o cuando el pasado intenta asomar sin permiso. Con él no siento la presión de ser otra cosa que yo misma, no hay promesas, no hay exigencias, solo momentos.

Hoy nos invitó a Fiorella y a mí a comer.
Un restaurante nuevo en la zona rosa de Milán, dice que sirven comida libanesa auténtica, de esa que te hace cerrar los ojos al primer bocado. Lo dijo con tanta convicción que fue imposible no sentir curiosidad, acepté sin pensarlo demasiado.

La comida siempre ha sido una de mis pasiones, me gusta descubrir sabores, especias, combinaciones que cuentan historias sin palabras. Comer, para mí, es una forma de celebrar que sigo aquí, que a pesar de todo aún puedo disfrutar lo simple.

Esta noche no busco respuestas ni explicaciones, solo quiero sentarme a la mesa, reírme con ellos, probar algo nuevo y permitir que la vida —por unas horas— no duela y eso, ahora mismo, es suficiente.

Llegué a casa y me cambié.
Algo sencillo, un vestido rosa de tirantes, con pequeños lazos y tupido. Me llegaba por encima de los muslos; un poco más corto de lo habitual, pero justo el tipo de cosas que había decidido empezar a usar. Dejé mi cabello suelto, me puse un poco de labial rosa y rubor. Nada más.

A las ocho en punto, Fabrizio y Fiorella pasaron por mí, cuando iba a subir al auto, Fabrizio se adelantó y dijo que me sentara adelante, que Fiorella llegaría directo al restaurante; se había enredado con algo en el trabajo. Asentí sin pensar demasiado, me subí y emprendimos el camino.

El restaurante era… hermoso, nunca había estado en un lugar así. La luz cálida, las plantas, el murmullo bajo de las conversaciones; todo parecía un pequeño oasis en medio de la ciudad. Dudé por un instante, bajé la mirada rápidamente hacia mi vestido, preguntándome si había odo demasiado sencilla.

Fabrizio lo notó al instante.
—Te ves perfecta —dijo, como si hubiera leído mis pensamientos.

Sonreí de verdad y bromeé para disimular.
Nos dieron una mesa para dos, entonces, sin rodeos, Fabrizio suspiró y confesó: —Te mentí… Fiorella no va a venir. El lugar ya estaba reservado y no quise desaprovechar la oportunidad, por favor, no te enojes.

Lo miré unos segundos y luego me reí.
—Está bien, Fabrizio, no pasa nada.

Nos sentamos y pedimos varios platos para compartir: hummus cremoso con aceite de oliva, tabulé fresco, hojas de parra rellenas, kibbeh dorado y pan pita recién hecho. Reímos mientras probábamos un poco de todo, como si no existiera el tiempo.

—Este lugar es como un oasis —comentó él, mirando alrededor—. Me recuerda a esos sitios que te hacen olvidar dónde estás.

Sentí curiosidad.

—Algún día iré a uno de verdad —dije, casi para mí.

Fabrizio me miró, tomó mis manos con naturalidad y respondió: —Yo puedo llevarte, Aurora.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.