Amor Ciego

Capítulo 50. Celos.

Ha pasado un mes sin Aurora.
Un mes que se siente como una amputación mal hecha, como una herida que no cierra porque sigo metiendo los dedos en ella.
La amo.

No de una forma sana, no de una forma que pueda confesarse en voz alta, la amo con desesperación, con rabia, con una necesidad que me carcome el pecho cuando estoy solo. No hay día en que no piense en ella, no hay noche en la que no la imagine dormida, respirando lento, ajena al desastre que dejé atrás.

Mi obsesión ha tomado formas ridículas.
Solo me acuesto con pelirrojas, todas, sin excepción. Como si el color pudiera engañar a mi cerebro, como si el rojo bastara para sustituirla. Cargo siempre un frasco de perfume de vainilla. El suyo. Las rocío con él antes de tocarlas.
Patético, lo sé y aun así, no puedo parar.

Marco y Antonio me invitaron a salir, al bar de siempre, no dudé, necesitaba ruido, alcohol, cuerpos ajenos. Cualquier cosa que me hiciera olvidar… o recordar menos.

Llegamos y fuimos directo a la zona VIP. Pedimos Macallan 18 años, servido en cristales finos, hielo perfecto, el tipo de whisky que pretende tener clase aunque se beba por pura autodestrucción. Antonio, fiel a su naturaleza, había llevado “amiguitas” para animar la noche.

A mí me asignaron una pelirroja.
—Ya sé que últimamente te mueves en tonalidades rojas —dijo Antonio, riendo—. Te presento a Chantal.

Ella se acercó demasiado rápido, demasiado confiada, sonrió.

Marco me miró y negó con la cabeza.
—¿Prefieres esto —dijo, señalando la escena— a tener los huevos de ir por esa mujer?

—Cállate, Marco —respondí, frío—. Hoy no estoy para tus sermones.

La noche avanzó entre copas, risas vacías y conversaciones que no escuché. En algún momento, Marco se levantó y fue hacia el ventanal, se quedó ahí, rígido, demasiado tiempo.

Volvió pálido.
—Mejor vayámonos a otro lugar —dijo—. Aquí ya no…

—¿Desde cuándo te pones nervioso por un bar? —pregunté, la curiosidad me ganó y decidí hechar un vistazo

—Vamos, Alessandro —insistió, interponiéndose en mi camino—. No pasa nada, solo vámonos.

Eso fue lo que me alertó, lo aparté, miré por la ventana y la vi. Aurora, mi Aurora.
Bailando. Riéndose. Viva, en brazos del hijo de puta de Fabrizio Bellmonti.

La ira me subió a la cabeza como un disparo. Sentí el pulso en las sienes, el demonio despertando, reclamando su lugar.

—¿Lo sabías? —pregunté sin apartar la vista.
Marco tragó saliva. —Sí, Alessandro, lo sabía.
Giré lentamente hacia él, sonreí, una calma falsa, peligrosa.

—¿Cómo pudiste no decírmelo?

—¿Qué querías que hiciera? —escupió—. La dejaste rota, dolida, regodeándote en tu miedo, incapaz de decirle que la amas. ¿Y ahora te sorprende que alguien más esté ahí?

—Él la ha ayudado —respondió Marco—. No la hace llorar y no soy quien para meterme.

Entonces lo vi, Fabrizio la tomó por la cintura ese gesto fue suficiente, mi demonio despertó por completo.
Me giré y caminé.

—¿A dónde vas? —preguntó Marco, sabiendo la respuesta.

—A buscar a mi mujer.

—Alessandro…

—Mía —repetí—. Y solo mía.
Y salí.

Porque hay guerras que no se evitan, solo se enfrentan.

Bajo las escaleras y entonces lo veo, algo dentro de mí se rompe, Fabrizio está arrodillado frente a ella, sosteniendo su pie como si fuera un privilegio, como si tuviera derecho a tocarla de esa manera. Le coloca la zapatilla con una lentitud casi íntima, calculada y luego… le regala esa sonrisa.
Esa maldita sonrisa...conozco a Fabrizio desde hace años, sé perfectamente cuándo está siendo amable y cuándo está marcando territorio y esto último es exactamente eso.

La sangre me sube a la cabeza, el pulso se acelera, mi demonio sonríe, doy un paso más, incapaz de seguir mirando en silencio.

—Aurora.
Decir su nombre en voz alta después de tanto tiempo me atraviesa el pecho.

Ella gira.
Su sonrisa desaparece al instante, como si jamás hubiera existido. Se queda quieta, inmóvil, con los ojos abiertos por el asombro y Dios… está tan hermosa que duele. Ese vestido rosado, sencillo, inocente, pero obscenamente sexy en ella. Su cabello suelto, indomable, cayéndole por los hombros. Su piel blanca brillando bajo las luces del bar como si la noche la estuviera adorando.

Sus labios se entreabren apenas.
Por un segundo absurdo, cruel, pienso que me está invitando. No dice nada, Fabrizio se pone de pie y rompe el silencio, incómodo pero firme.

—Alessandro… ¿qué te trae por aquí?
No lo miro.
No existe.
Mis ojos están clavados en ella.

—Aurora —digo, con una voz que no reconozco—¿Qué haces con este tipo aquí?

Ella traga saliva.

—¿Y por qué dejas que sujete tu pie de esa forma? —añado, incapaz de detenerme—. ¿Sales con él?

Silencio.
Ese silencio me destroza más que cualquier respuesta, Fabrizio frunce el ceño. —¿Se conocen acaso?

Aurora respira hondo, como si reunir fuerzas fuera un esfuerzo titánico. —Sí —dice al fin—. Fui su enfermera… mientras estaba ciego, eso es todo.

Eso es lo único que soy ahora para ella.
Un paciente.
Un recuerdo clínico.
Una relación profesional.

Siento el golpe seco en el estómago. Me mata. Me mata porque sé que está mintiendo… pero también porque entiendo por qué lo hace.
Fabrizio asiente, cortés, y luego sonríe.

—Si nos permite, señor Falconi, estamos ocupados—dijo Aurora tomando su mano.
Ese gesto…ese simple gesto me enciende la rabia como gasolina.

La detengo del brazo antes de que se vaya.

—No juegues conmigo, Aurora—ella se suelta de inmediato, con los ojos encendidos.

—Estamos en un lugar público —dice, temblando—. No tienes derecho a hacer esto.

—Sí, pero al igual lo haré—respondo, sin pensar—. Eres mía.

Las palabras salen solas, peligrosas, irreversibles.

—Y estás saliendo con este hijo de puta.
Fabrizio se interpone entre nosotros, protector.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.