Amor Ciego

Capítulo 51. No me dejes.

No debí tocarla, lo supe en el instante en que mis dedos se cerraron alrededor de su brazo, pero ya era tarde. Aurora era una herida abierta caminando bajo las luces del bar, y yo… yo siempre he tenido la mala costumbre de hundir los dedos donde más duele.

—Vamos a hablar —ordené.

Su cuerpo reaccionó antes que su voz, se sacudió, furiosa, como un animal acorralado.
—Todo está dicho, señor Falconi.

Ese apellido en su boca fue veneno, la miré. Los ojos enrojecidos, la boca temblando, la dignidad sostenida a pura rabia. No, no estaba todo dicho, con Aurora nunca lo estaba.

—No todo —respondí, acercándome más de lo necesario.

Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, como si odiara que yo fuera testigo de su debilidad.
—No deseo hablar contigo.
—Pues lo harás.
—No lo haré.
—Sí. Sí lo harás, Aurora.

La cargué, no fue un impulso: fue decisión.
Me golpeó el pecho, me llamó enfermo, controlador, psicópata con corbata, dijo que necesitaba un zoológico, no un penthouse. Incluso me dijo que esperaba que mi terapeuta cobrara por hora extra. Insultos ridículos. Dolorosamente encantadores.
No la solté.

En el estacionamiento la metí en el coche mientras gritaba que yo era una aberración millonaria con complejo de dios. Arranqué sin mirarla, el silencio después de su voz fue ensordecedor.

Ella miraba por la ventana, no lloraba ya, eso me preocupó más.

Entonces vi su pierna.
La piel desnuda, la forma en que la su vestido se había subido al forcejear, mi deseo despertó, oscuro, inapropiado, indecente.

Lo odié.
Lo acepté.
Siempre ha sido así conmigo.
Llegamos al penthouse.

—Baja.

—No iré a ningún lado con usted.

—No juegues con mi paciencia.

—N-O. V-O-Y. A. I-R. ¿Así lo entiendes?

Sonreí mal.

—Perfecto.

Cuando intenté sacarla del coche luchó de verdad, uñas, codos, orgullo. Aurora no se rinde, nunca lo ha hecho, por eso me obsesiona, por eso me destruye.

Subimos, la dejé en el sofá como si fuera una reina prisionera. Me quité la chaqueta con lentitud, para no perder el control que apenas sostenía.

Fui al bar. Whisky. Mucho.
—¿Quieres algo de tomar?

—No quiero nada de ti.
Me bebí el vaso de un solo trago.

—¿Qué hacías con Fabrizio en ese bar?
¿Sales con él?

—No tienes derecho a pedirme explicaciones, Alessandro. Pensé que te había quedado claro.

—De todos modos me las darás, hay tantos hombres en el mundo… y te vas a fijar en ese hijo de puta.

—El único hijo de puta aquí eres tú y no te permito que hables de él—La distancia entre nosotros se volvió peligrosa.

Sus palabras hicieron que mis celos se encendieran, puros, primitivos, peligrosos.
Un instinto que no reconoce leyes ni razones.

—No lo defiendas. No lo conoces como yo.

—En eso tienes razón —dijo, con la voz baja—. Ya ves cómo son los hombres, te hablan bonito, te prometen cosas, solo para llevarte a la cama… y luego te dejan rota, pero no te preocupes, yo tendré cuidado.

—Él no es el hombre para ti— se rió. De verdad se rió y esa risa me atravesó

—¿Y quién lo es? ¿Desde cuándo te crees con derecho a decirme quién es o no mi tipo de hombre?

—Porque te conozco, Aurora —dije despacio—. Él no te va a dar nada de lo que necesitas, ni él… ni yo. Somos iguales—Se levantó, desafiante.

—En primer lugar, Alessandro, él no me hace llorar, ahí ya no son iguales. Segundo: ¿quién te crees para decirme qué necesito? No tienes idea.

Me acerqué hasta que pudo sentir mi sombra encima.

—Sí la tengo.
Tú no puedes con sombras tan oscuras, porque eres claridad.

—Toda claridad tiene su oscuridad, Alessandro, pero eso ya no importa, tú no importas, nosotros no importamos.

Sentí algo parecido al miedo y entonces lo dijo.

—Y para que no quede la menor duda: sí. Estoy saliendo con Fabrizio.

El dolor fue inmediato, violento, escuché mi corazón romperse como cristal caro contra mármol.

No grité.
No me moví.
Solo pensé en el nombre de Fabrizio, se repetía en mi cabeza como un eco sucio.
Ese imbécil, ese error con piernas.
¿En qué momento creyó tener derecho a mirarla?

No a tocarla —eso vendría después, como una tortura más elaborada—, sino a posar los ojos en ella, a interpretar su risa, a confundir su luz con una invitación.

Mis pensamientos se volvieron violentos sin necesidad de imágenes. No hacía falta, bastaba la idea de sus pupilas recorriendo a Aurora para que algo animal despertara en mí.

Los celos no llegaron de golpe; germinaron, lentos, insidiosos, como una infección que no duele hasta que ya es tarde.

Nunca había sentido esto, nunca había necesitado a nadie así y lo odié con la misma intensidad con la que la amaba.

—No te creo, Aurora —le dije, alzando el mentón, aferrándome a la única certeza que me quedaba—. Te conozco, conozco a las mujeres como tú. No estás con otro porque yo sigo en tu corazón.

Lo dije como una verdad absoluta, como una ley. Ella rió, no fue burla abierta, fue peor, fue una risa que no me pedía permiso.

—¿De verdad piensas que eres el único que puede acostarse con otras?

La frase me atravesó el pecho. Sentí el calor subir, expandirse, reclamar territorio, me ardían los pulmones, me ardía el orgullo, me ardía algo más profundo, algo que no tenía nombre y entonces ella siguió, como si supiera exactamente dónde clavar el cuchillo:

—Yo también puedo y créeme… con él hice todo lo que me enseñaste.

El mundo perdió equilibrio, no recuerdo haber decidido moverme, solo recuerdo tenerla entre mis manos, sujetándole los brazos, no con fuerza suficiente para hacerle daño, pero sí para convencerla de que me pertenecía.

—No te creo —dije, con la voz rota—. Tú no eres así.

—¿Así cómo, Aless? —preguntó, mirándome sin miedo—. ¿Como eres tú?

Eso fue lo que me desarmó.
—Sí… como soy yo —admití, casi en un susurro—. Tú no eres así.




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