Amor Ciego

Capítulo 52. Vámonos.

Ver a Alessandro fue el punto exacto donde todo en mí colapsó. No hubo advertencia, no hubo preparación posible, bastó su presencia para que las paredes que había levantado con tanto esfuerzo se vinieran abajo como si nunca hubieran existido. Yo lo amaba, no de una forma ligera ni pasajera: lo amaba hasta los huesos, hasta la médula, hasta ese lugar íntimo donde el amor y el dolor ya no se distinguen.

Cuando lo vi de rodillas, con la voz rota pidiéndome que no lo dejara, algo dentro de mí —esa parte tonta, vulnerable, desesperadamente fiel— creyó que al fin había ocurrido, que había entendido, que, por fin, Alessandro reconocía que me amaba, sentí cómo el corazón me latía con fuerza, como si quisiera adelantarse al resto de mi cuerpo y lanzarse a sus brazos sin preguntar nada más.

Pero necesitaba seguridad, no podía volver a entregarme sostenida solo por promesas implícitas. Así que lo miré a los ojos y le hice la pregunta que llevaba clavada desde el primer segundo:

—si no me hubiera visto con Fabrizio, ¿me habría buscado igual?

La respuesta fue como un golpe seco en el pecho. No habló de amor, habló de deseo, de impulso, de una herida en su orgullo al ver que aquello que creía suyo estaba en manos de otro y entonces la verdad se impuso, cruel y clara, como una sentencia imposible de apelar: no me ama, nunca lo hizo como yo lo necesitaba, solo reaccionó porque su ego fue herido, porque su juguete ya no estaba donde él lo había dejado.

Me sentí estúpida, pequeña, desnuda.
Sabía que había hecho mal, mentir nunca fue lo mío, y aun así lo hice, inventar una relación con Fabrizio, que siempre había sido un amigo noble, presente, sin dobles intenciones, no estuvo bien. Pero algo oscuro y cansado dentro de mí quería que Alessandro sintiera aunque fuera una fracción de lo que yo había sentido tantas veces: esa punzada de pérdida, esa inseguridad corrosiva, ese miedo a no ser suficiente.

Después, Roberto me llevó a casa, el camino fue silencioso, pesado, como si el mundo entero respetara mi derrumbe. Apenas cerré la puerta, me dejé caer, lloré toda la noche, lloré sin dignidad, sin pausa, con el cuerpo temblando, como si cada sollozo arrancara un recuerdo, una esperanza, una versión de mí que ya no iba a volver.

Pasaron tres días.
Tres días desde Alessandro.
Tres días en los que el trabajo fue lo único que me mantuvo en pie, una rutina mecánica que apenas lograba sostenerme, poco a poco fui retomando el ritmo, fingiendo normalidad, respondiendo correos, sonriendo cuando tocaba.

He evitado a Fabrizio todo este tiempo, no quiero preguntas incómodas, no quiero enfrentar su mirada limpia, su confusión legítima, no quiero escuchar mi propia voz intentando explicar lo inexplicable, pero sé que no puedo escapar. Él no merece el silencio, él merece la verdad, por dolorosa que sea.

La llamada llegó a media mañana.
Vi su nombre en la pantalla y el corazón me dio un vuelco, dudé unos segundos antes de contestar, respirando hondo, como si pudiera prepararme para lo inevitable.

—Aurora —dijo, sin rodeos—. Necesitamos hablar.
Hubo un silencio breve, tenso.

—Sin excusas. A las doce, en tu horario de almuerzo.

No fue una pregunta, fue una afirmación serena, firme, casi cuidadosa. Cerré los ojos y sentí cómo el cansancio me atravesaba de lado a lado. Ya no tenía fuerzas para huir, ni para inventar más mentiras.
Suspiré.

—Está bien —respondí al fin—. A las doce.
Colgué el teléfono con la mano temblando, sabía que esa conversación iba a cambiarlo todo.

Las doce llegaron demasiado rápido, como si el tiempo hubiera decidido traicionarme una vez más. Al salir de la clínica lo vi de inmediato: Fabrizio apoyado junto a su Ferrari, impecable, ajeno al caos que yo llevaba por dentro. Este es otro, pensé sin poder evitarlo, los millonarios y sus gustos, ese auto no combinaba con mi cansancio, con mis ojeras, con la vida sencilla que yo intentaba sostener a diario.

Se enderezó apenas me vio y, con amabilidad, me abrió la puerta del carro. No dijo nada, no hizo bromas, no sonrió de más. Solo ese gesto silencioso que hablaba de respeto.

Me llevó a un restaurante pequeño, elegante sin ser pretencioso, a dos cuadras de la clínica. Nos sentamos frente a frente, yo pedí una crema de pollo con verduras salteadas, algo tibio, fácil, casi infantil. Él pidió una carne que apenas miré; en ese momento la comida era lo de menos.

Hubo un silencio largo, pesado, Fabrizio suspiró primero.

—Aurora… no quiero presionarte —dijo al fin, con la voz controlada, pero tensa—. Pero necesito saber, de tu boca, qué fue lo que pasó.

Tragué saliva, sentí que el pecho me ardía, ya no tenía energía para rodeos.
—No lo voy a alargar —dije, mirándolo de frente—. Estoy profundamente enamorada de Alessandro.
Las palabras salieron limpias, crudas, sin adornos.

—Mientras lo cuidaba tuvimos una relación. Él me mostró muchas cosas… —mi voz tembló apenas— fue mi primer amor, mi primera vez en muchas cosas, mi corazón de pollo, como siempre, se enamoró.

Hice una pausa, respiré hondo.
—Pero él… él solo me usó mientras no veía, supongo, no fui lo que esperaba y en conclusión, me botó como una basura después de su operación.

El rostro de Fabrizio cambió varias veces en segundos. Vi sorpresa, rabia, incredulidad, dolor, bajó la mirada al plato, apretó la mandíbula y se quedó en silencio. El ruido del restaurante desapareció para mí.

—Di algo, por favor —murmuré.
Alzó la vista de golpe.

—Lo voy a matar.
Parpadeé, sorprendida.

—¿Qué…?

—Lo que oíste —dijo, con una calma peligros

—. ¿Cómo se atrevió a mancillarte de esa forma?
Extendí la mano por puro reflejo y sujeté la suya, firme, intentando bajarlo a tierra.

—Está bien, Fabrizio —le dije suave—. Algún día lo superaré.

Me miró como si no entendiera cómo podía decir eso después de lo que acababa de confesarle.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.