Amor Ciego

Capítulo 53. Te amo

La caja de insumos descansaba bajo mis manos mientras avanzaba por el pasillo principal del hospital. El brillo del piso reflejaba las luces blancas del techo y, por un instante, me vi multiplicada en ellas: una Aurora serena, otra nerviosa, otra aterrada.

Hoy presentaría mi propuesta ante la junta directiva.

El programa para los niños con cáncer.
Solo pensarlo me apretaba el pecho, había trabajado durante este mes. No… había vivido para esto, cada estadística revisada, cada conversación con padres que aprendían a sonreír aun cuando el mundo se les desmoronaba, cada dibujo que algún pequeño me regaló con manos llenas de valentía… todo eso iba conmigo.

Apreté la caja de suministros contra mi pecho.
—Concéntrate, Aurora —susurré.
Giré la esquina sin mirar y entonces choqué.

La caja se inclinó peligrosamente, pero no cayó. Unos brazos firmes la sostuvieron antes de que tocara el suelo, no necesité alzar la vista para saber quién era.

Ese calor, ese aroma profundo, elegante… peligrosamente familiar. Respiré, error, porque al hacerlo, lo sentí más, levanté los ojos y ahí estaba, Alessandro Falconi.

El tiempo se rasgó y volví a la primera vez que lo vi. Recordé cómo el aire parecía volverse más pesado cuando nos chocamos aquella vez, cómo cada persona se enderezó sin darse cuenta, cómo su sola presencia imponía un orden invisible. Exactamente igual que ahora. Intacto. Impecable. Como si los meses no se atrevieran a tocarlo.

La diferencia era que entonces éramos dos desconocidos. Ahora… él conocía cada rincón de mi alma y yo sabía exactamente cuánto podía dolerme.

Pero esta vez no apartó la mirada.
No hubo frialdad.
No hubo distancia.
Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que me desarmó por completo… como si llevara demasiado tiempo buscándome.

Tomó la caja con facilidad.
—Lo siento, señor Falconi —logré decir, refugiándome en la formalidad.

Su expresión cambió, no fue una sonrisa completa… fue algo más íntimo.
Más peligroso.

—No me llames así, piccola… —su voz descendió, suave, envolvente—. Para ti siempre seré Alessandro.

Mi corazón tropezó.
¿Dulce?
¿Él?
¿Aquí?
¿Delante de todos?

—¿Necesitas que lleve la caja a algún lado? —preguntó.

Giré el rostro… y lo vi... todo el hospital nos observaba, bueno… lo observaba a él.
Los médicos fingían revisar carpetas, dos enfermeras cuchicheaban sin ningún disimulo. Incluso el jefe de cirugía miraba desde el fondo del pasillo con abierta curiosidad.

Alessandro no hablaba con casi nadie cuando iba al hospital. Saludaba con una leve inclinación de cabeza y seguía su camino.
Verlo sosteniendo una caja para mí debía ser tan impactante como ver nevar en verano.

—Alessandro… todos nos ven. Devuélveme la caja.

—Que vean —respondió con calma. Su mirada no se movía de mí.

—Dime dónde quieres que la lleve.

—Yo puedo sola—sus labios se curvaron apenas.

—Nunca he dudado de eso—mi respiración se detuvo.

—Pero quiero ayudarte… —añadió con una ternura inesperada— y también necesito hablar contigo. Así que, si no quieres seguir siendo el centro de atención… caminemos.

No discutí, no porque no pudiera, sino porque mi corazón ya estaba demasiado agitado para pelear.

Avanzamos juntos hacia el ala norte. Sentía su cercanía como una corriente eléctrica recorriéndome la piel, no me tocaba… pero era peor, mucho peor.

Llegamos al almacenamiento.
—Desde aquí puedo llevarla —murmuré.

—Tranquila… entra. Obedecí.

Alessandro dejó la caja en el suelo con cuidado, como si incluso ese gesto mereciera delicadeza. Cuando me giré para agradecerle, lo encontré demasiado cerca.

No recordaba haberlo visto moverse, su mano se elevó lentamente. Hubo un instante —solo uno— en el que pude haberme apartado.

No lo hice, sus dedos rozaron mi mejilla.
El contacto fue tan suave que me rompió.
No era posesivo.
No era urgente.
Era reverente.
Como si tocara algo sagrado, sus ojos recorrieron mi rostro con una emoción desnuda, imposible de fingir.

—Te he extrañado… más de lo que un hombre como yo debería permitirse —susurró.
El aire desapareció.

—Sé que te hice daño —continuó—. Sé que te lastimé… que te abandoné cuando lo único que tú hacías era amarme sin medida.
Su pulgar acarició mi piel.

—Desprecié lo más hermoso que la vida me ha ofrecido… tu amor.
Sentí que algo dentro de mí temblaba.

—Si soy justo… no merezco nada de ti, ni una mirada, ni un recuerdo amable.
Su voz se quebró apenas, eso me asustó más que cualquier cosa.

—Pero soy un maldito egoísta, Aurora… —una media sonrisa triste apareció—. Y voy a luchar por recuperar lo que di por perdido. Porque no pienso respirar tranquilo sabiendo que otro hombre puede ocupar el lugar que siempre fue mío.

Su frente casi rozó la mía.
—Porque tú eres mía… no desde la posesión… sino desde ese lugar donde el alma reconoce su hogar.
Mi corazón dejó de latir.

—Aurora… yo te amo.

El mundo se silenció, no oía nada, ni mi propia respiración, sus ojos brillaban con algo peligroso… algo infinito.

—Te amo de una manera que me aterra —confesó—. Te amo cuando despierto y mi primer pensamiento eres tú, cuando firmo contratos y me descubro escribiendo tu nombre sin darme cuenta, cuando escucho una canción ridícula en la radio y pienso en ti.

Una lágrima escapó antes de que pudiera detenerla, él la limpió con su pulgar.

—Te amo cuando intento olvidarte… y fracaso miserablemente. Te amo con una intensidad enfermiza que no quise ver, porque aceptar esto significaba aceptar que tienes el poder de destruirme y ese poder nunca nadie lo ha tenido.

Su voz descendió hasta volverse casi un ruego.

—Y aun así… si volver a amarte es mi condena… la acepto sin pedir clemencia.
Mi pecho dolía.

—Esperé estos días para no hablar desde la tormenta… para que tuvieras espacio… pero cada hora lejos de ti fue una forma distinta de infierno.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.