Amor Ciego

Capítulo 54. Conquistarla.

Salí del ala de suministros con el pecho ardiendo.

No recordaba la última vez que algo me había dolido así, Aurora me había mirado como si yo fuera un extraño… no, peor aún, como si fuera un recuerdo peligroso del que debía mantenerse lejos y por primera vez en mi vida, entendí:

Así se había sentido ella.
Así se siente amar sin ser elegido.

Caminé por el pasillo con pasos lentos, dejando que la verdad me golpeara sin anestesia, durante años creí que el rechazo era un privilegio que solo yo podía ejercer, una decisión fría, estratégica, necesaria para mantener mi mundo bajo control.

Hasta que la vi apartarse de mí, hasta que retrocedió cuando quise tocarla, hasta que dudó de mi amor.

Dios… ¿cuántas veces hice eso mismo? ¿Cuántas veces la obligué a tragarse las lágrimas mientras yo levantaba muros?
Solté una risa seca.

—Fui un imbécil…
¿Cómo pude maltratar algo tan puro?
Aurora era luz incluso cuando estaba rota, era de esas mujeres que no saben amar a medias, que no calculan, que no negocian su corazón y yo… yo lo tomé y lo apreté hasta hacerlo sangrar.

Pero había algo que ella todavía no entendía, yo no había llegado hasta donde estaba rindiéndome fácil, no sabía perder, no sabía retroceder y no iba a empezar con ella.

Aurora era mi mujer, mi esposa —aunque aún no lo supiera—, la madre de mis hijos, mi hogar.

Desde el instante en que la vi con ese imbécil de Fabrizio, algo dentro de mí hizo clic.
Lo recuerdo con una claridad brutal: la forma en que él la miraba, demasiado cerca, demasiado cómodo… como si tuviera derecho.

La sangre me hirvió y entonces una voz —fría, despiadadamente honesta— habló dentro de mi cabeza: “¿Vas a perder a esa mujer por cobarde?”
La respuesta fue inmediata.
Clara, contundente: JAMÁS.

Con Fabrizio hablaría después, no lo quería cerca de mi mujer, ni hoy, ni nunca y Aurora… tendría que acostumbrarse a verme.

Porque de que la conquistaba…la conquistaba.
¿Por qué estaba tan seguro? Porque yo la conocía. Aurora era transparente, sus ojos hablaban antes que su boca, y aunque intentara levantar barreras, su corazón seguía inclinándose hacia mí.

Lo había visto hacía unos minutos, en la forma en que su respiración tembló cuando la toqué.
En ese segundo en que casi se quedó, en la lucha silenciosa detrás de su mirada.

Sí… aún me amaba.

Iba saliendo del hospital cuando el administrador me interceptó, enderecé los hombros por pura costumbre.

—Señor Falconi, qué gusto verlo.
Asentí.

—Buen trabajo con la nueva ala.
El hombre sonrió, claramente complacido, por cortesía acepté dar un pequeño recorrido. Hablamos de cifras, de mejoras estructurales, de nuevas adquisiciones… hasta que la vi pasar a lo lejos.

Aurora.
Caminaba deprisa, abrazando unas carpetas contra su pecho, con ese aire concentrado que la hacía fruncir apenas el ceño.

Mi corazón reaccionó antes que mi razón.
—¿Qué tal la señorita Greco? —pregunté, procurando sonar casual.

El administrador prácticamente se iluminó.
—¿La señorita Greco? ¡Es extraordinaria! Buen elemento, amable… y los niños la adoran. Está en el ala de cáncer, de hecho, hoy presentará una propuesta a la junta directiva. Algo que desea implementar; dice que puede ayudar muchísimo.

Mi curiosidad se encendió al instante, pero no era solo curiosidad.
Era orgullo, quería escucharla, quería verla brillar y , sobre todo… quería apoyarla.

—Me quedaré a la junta —dije sin titubear—. Quiero saber de qué trata.

—Claro que sí, señor Falconi.

La sala estaba llena cuando llegó la hora. Directivos, jefes de área, el equipo financiero, tomé asiento sin anunciarme demasiado. No solía asistir a esas reuniones; todo lo manejaba el administrador, por eso, cuando Aurora entró…Se detuvo, fue apenas un segundo, pero lo vi todo.
La sorpresa.
La tensión en sus hombros.
La pregunta muda en sus ojos.
No me esperaba allí y no pude evitar pensar que me gustaba descolocarla un poco… siempre y cuando fuera yo quien provocara ese efecto.

Encendió el proyector, respiró hondo y comenzó.

—Este programa busca fortalecer el estado anímico de los niños oncológicos —explicó—. Diversos estudios demuestran que participar en actividades recreativas mejora su respuesta emocional al tratamiento, reduce la ansiedad y, en muchos casos, favorece su recuperación—Mientras hablaba, algo en mi pecho se expandía, no era solo su inteligencia, era su corazón.

Aurora no trabajaba por cumplir, trabajaba por amor, propuso talleres de arte, visitas de cuentacuentos, musicoterapia, espacios adaptados para el juego, pequeños eventos donde los niños pudieran olvidar por unas horas que estaban enfermos.

La miré sin disimulo.
¿Cómo había sido tan ciego?
Los costos aparecieron en pantalla, no eran exagerados, pero el presupuesto anual debía distribuirse con precisión.

El director financiero carraspeó.
—No hay fondos suficientes para cubrir este proyecto sin afectar otras áreas.

Aurora no se quebró.
Negoció.
Recortó actividades.
Reorganizó cifras.
Buscó soluciones con una serenidad que me dejó fascinado.

Aun así…la junta se negó, uno a uno.

Argumentos fríos, lógicos, precisos, tal cual deben ser en el mundo de los negocios.

Ella guardó silencio, bajó la cabeza por un instante… y cuando volvió a alzarla, sus ojos estaban brillantes.

No lloraba, Aurora jamás lloraría frente a ellos.
Pero yo la conocía y eso fue suficiente.

El silencio se extendió por la sala.
Entonces hablé.

—A mí me gusta mucho su propuesta, señorita Greco.

Todas las miradas se volvieron hacia mí.
Aurora me miró como si no terminara de creerlo.

—Haga lo que tenga que hacer —continué—. Su proyecto se llevará a cabo.

El de finanzas intentó intervenir.
—Señor Falconi, el tema presupuestal…




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