Amor Ciego

Capítulo 55. Enfrentamiento.

Salí del hospital con una sensación que hacía años no experimentaba.
Victoria.

No fue una gran escena, no hubo lágrimas ni confesiones. Apenas una sonrisa… breve, casi imperceptible. Pero yo la vi, yo la provoqué y cuando se trata de Aurora, una grieta es todo lo que necesito para derrumbar el muro.

Caminé hacia mi auto con paso firme, ajustándome los gemelos de la camisa mientras el aire de la mañana despejaba los restos de tensión en mis hombros.

Aurora jamás fue como las otras, a ella no se le compraba con bolsos de diseñador, ni con diamantes, ni con cenas en París. Aurora tenía esa molesta —y fascinante— virtud de mirar más allá del lujo.

Pero yo también la conocía mejor que nadie, un proyecto para niños con cáncer.
Sonreí apenas.

—Ahí está mi as bajo la manga…
¿Cruel?
Tal vez.
Pero en la guerra y en el amor la moral es un lujo que los hombres como yo no podemos permitirnos.

Donaría lo que ella pidiera cada centavo., construiría hospitales si fuera necesario.

No porque me importara el reconocimiento… sino porque cada ladrillo sería un recordatorio de que yo sigo siendo el hombre capaz de cambiarle el mundo y Aurora… siempre vuelve al hombre que le cambia el mundo.

Subí al auto.
—A la casa de Marco —ordené.
Sabía perfectamente que Fabrizio se estaba quedando allí.

Solo pensar su nombre me tensaba la mandíbula. Fabrizio no era un problema menor, no era un improvisado, era paciente, estratégico, peligroso.

Pero cometía un error fatal, creer que podía arrebatarme lo que es mío.

El camino se me hizo corto, cuando las enormes puertas de la mansión comenzaron a abrirse, sentí esa familiar electricidad recorrerme el pecho, no era nerviosismo, era instinto de depredador.

Estacioné justo en la entrada principal.
Y entonces la vi...Fiorella.

Salía de la casa como un vendaval envuelto en elegancia, se detuvo en seco al reconocerme, y la expresión en su rostro fue todo menos hospitalaria.

Si las miradas mataran… yo ya estaría enterrado.
Cerré la puerta del auto con calma.
—Buenos días, Fiorella.
Ella soltó una risa seca.

—¿Qué haces aquí, señor engreído… sin corazón?— no respondí de inmediato. Solo la observé, metiendo las manos en los bolsillos de mi pantalón.

—Vine a ver a Marco, con permiso—Fiorella comenzó a aplaudir despacio, con un sarcasmo tan afilado que habría podido cortar vidrio.

—Te superaste, Falconi. De verdad.
Di un paso hacia ella.

—No estoy de humor para tus dramatismos.
Sus ojos brillaron.

—¿Sabes cuál es mi consuelo?
No pregunté. Sabía que lo diría igual.

—Que Fabrizio se la va a llevar lejos, muy lejos de ti.

La frase me atravesó como una descarga, mi sangre hirvió, la imagen apareció en mi mente sin permiso: Aurora subiendo a un avión… tomada del brazo de ese imbécil… riendo… empezando una vida donde yo no existo.

No.
Eso no iba a pasar.
No mientras yo respirara.
Mi voz salió más baja… más peligrosa.
—Aurora no se va a ningún lado.
Fiorella inclinó la cabeza.

—Qué curioso… porque por primera vez la veo capaz de hacerlo.
Eso me arrancó una sonrisa, no una amable, una de advertencia.

—Tú me conoces, Fiorella, sabes que no pierdo.

Ella sostuvo mi mirada sin retroceder.
—También sé que esta vez no peleas contra el amor de Aurora… peleas contra su paz.

Eso… me incomodó más de lo que estaba dispuesto a admitir, porque Aurora, cuando encuentra paz, se vuelve inamovible.

Fiorella dio un paso hacia la escalinata y luego se detuvo para lanzarme la última estocada.

—Ojalá la amaras la mitad de lo que dices, te habrías evitado perderla.

Se fue.
Pero no caminó.
Arrasó.
Dejó un huracán en la entrada… y otro dentro de mí.

Exhalé lento, pasando la lengua por mis dientes, Fabrizio puede intentar llevársela.
El mundo entero puede intentarlo, pero hay algo que nadie entiende todavía… Aurora no es solo la mujer que amo, es mi historia, mi destino y yo no he llegado hasta donde estoy para rendirme fácil.

Esta vez voy a suplicarle que vuelva, voy a recordarle por qué nunca debió irse, le voy a devolver cada emoción… cada recuerdo… cada latido que alguna vez fue mío.

Porque si hay algo que tengo claro…es que Aurora podrá alejarse, podrá resistirse, podrá odiarme si quiere, pero dejar de ser mía…
Nunca.

No recuerdo haber llegado al despacho, solo recuerdo la furia, esa que te estrecha el pecho… te enturbia la vista… te vuelve un animal.

—¿Dónde está Fabrizio? —le solté al mayordomo.
El hombre dudó apenas.
Error.
Lo miré.
Y entendió.

—En el despacho, señor, con el señor Marco—Ni siquiera respondí. Caminé directo hacia allá con un solo pensamiento latiendo en la cabeza: detener a Fabrizio.

Abrí la puerta de un golpe, el sonido fue tan seco que Marco se puso de pie inmediatamente.

—¡Alessandro! ¿Qué demonios haces aquí?

No lo miré, mis ojos estaban clavados en él.
Fabrizio Bellmonti, demasiado cómodo en esa silla, demasiado tranquilo para un hombre que estaba respirando mi aire.

—Vine a hablar con tu primo.
Fabrizio ni se inmutó.

—Ahora estamos ocupados Aless—soltó Marco.

—Me importa un carajo, vamos a hablar. Ahora.
Marco dio un paso al frente.

—Alessandro, no es el momento, estamos en medio de—

—Se trata de Aurora, me imagino —interrumpió Fabrizio, el mundo se redujo a un punto.

—Sí. De ella.
Se hizo un silencio pesado, denso, de esos que anuncian violencia.

Fabrizio cerró una carpeta con calma irritante.
—Entonces hablemos, Falconi.
Marco… déjanos solos.

—Ni loco —murmuró Marco.
Fabrizio no apartó los ojos de mí.

—No te lo estoy pidiendo.
Marco nos miró a ambos… y entendió.
Suspiró.
Salió.
La puerta se cerró.
Y con ella… la última barrera de civilización que quedaba en esa habitación.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.