Debo admitirlo —aunque preferiría no hacerlo en voz alta—: ver a Alessandro hacer eso por mi proyecto me disparó el corazón de una forma peligrosamente familiar. No fue un golpe brusco, fue más bien como cuando una canción antigua suena de repente y te atrapa sin permiso.
Porque no se trataba solo del gesto, sino del fondo. De lo que significaba. Esos niños… pensar que van a tener un poco de alegría en medio de tanto sufrimiento me llena el pecho de algo tibio, casi esperanzador. Y saber que eso fue posible gracias a él me conmueve más de lo que debería permitirme.
Ahí está el problema, más de lo que debería.
Respiro hondo y me recuerdo a mí misma, con paciencia, como si hablara con una niña pequeña: “No seas tonta, Aurora. No otra vez.”
No sé qué está haciendo Alessandro, no sé si está intentando redimirse, si lucha contra sus propios demonios o si simplemente es su ego herido, pero no voy a caer, no esta vez.
Aunque sea tan atento, aunque sea tan… Alessandro.
No lo volví a ver después de la junta directiva, tenerlo cerca me descoloca, me confunde, me hace olvidar promesas que me costaron lágrimas construir.
Estoy guardando mis cosas cuando el teléfono vibra, Fiorella.
—Fio —contesto rápido.
—Hola, hermosa, paso por ti a la salida, hoy hay pasta, vino y chisme. Mucho chisme.
Sonrío sin poder evitarlo, Fiorella siempre sabe cuándo rescatarme.
—Está bien —le digo—. Necesito contarte algo.
Recojo todo, suelto mi cabello —porque, aunque no lo admita, necesito sentirme yo otra vez— y me subo al Mercedes de Fiorella. Nos dirigimos a La Trattoria Bell’Amore, ese restaurante italiano donde el pan llega caliente y los problemas parecen un poco más pequeños.
Pedimos pasta, pedimos vino, pedimos “tranquilidad emocional”, aunque eso no venía en la carta.
Fiorella me observa con esa mirada suya que lo sabe todo incluso antes de que una hable.
—Hoy me encontré con Alessandro —dice, como quien lanza una bomba envuelta en papel bonito.
Levanto la vista lentamente.
—¿Ah, sí?
—Y sin querer queriendo… le conté lo de la propuesta que Fabrizio te hizo para irte lejos.
Mi corazón da un pequeño salto.
—Fio…
—No te enojes —se apresura—. Solo quería ver sufrir un poco a ese canalla.
Sonrío, aunque por dentro algo se aprieta.
—No debiste hacer eso.
Ella suspira y se inclina hacia mí.
—Entonces dime. ¿Qué pasa?—Tomo un sorbo de vino, luego otro y hablo.
—Alessandro me buscó hoy en el hospital—sus ojos se abren.
—¿Y?
—Y… me hizo la declaración de amor más hermosa que he escuchado—Fiorella se queda en silencio, después emite un sonido extraño, mezcla de sorpresa y emoción contenida.
—¿Qué? ¿Alessandro… ese Alessandro?
Asiento.
—Me dijo que me ama. Que siempre me ha amado—apoya los codos en la mesa.
—Aurora… dime algo. ¿Le crees?—cierro los ojos un momento, me escucho por dentro.
Y soy sincera.
—Mi corazón, sí, mi cabeza, no.
—¿Y cuál manda ahora?—sonrío con dulzura.
—Esta vez… la cabeza.
Fiorella asiente despacio.
—Última pregunta —dice—. Y prométeme que no me mentirás—la miro. Sé exactamente cuál es.
—¿Aún lo amas?—bajo la mirada, juego con la copa, respiro.
—Hasta la médula, Fio tu me conoces...pero amar no siempre es suficiente… y yo ya no quiero romperme otra vez.
Ella toma mi mano y la aprieta.
—Entonces brindemos por la Aurora dulce, fuerte y valiente que aprendió a cuidarse.
Chocamos las copas y por primera vez en mucho tiempo, siento que tal vez… estoy haciendo lo correcto.
Fio me deja frente a casa y antes de bajar, me mira de reojo con esa sonrisa que promete preguntas futuras.
—Duerme, piensa poco y no te enamores otra vez esta noche —dice.
—Eso último no me lo pongas tan difícil —respondo riendo.
Nos despedimos con un beso en la mejilla y entro, la casa huele a hogar, a algo caliente y familiar. Apenas cruzo la puerta, escucho voces.
—¡Aurora! —dice mi mamá desde la sala.
—¡hermana! —grita Amelia corriendo hacia mí.
Me agacho y la abrazo, tiene los ojos brillantes, emocionados.
—¿Adivina qué? —dice sin respirar—. ¡Voy a bailar en el show del instituto!
—¿En serio? —pregunto exagerando la sorpresa—. Pero qué honor tener a una futura estrella en la familia.
Amelia ríe y hace un pequeño giro torpe que casi termina en caída.
—Tenemos que ir este fin de semana por el mejor tutú —dice mi mamá—. Uno que brille.
—El más bonito de todos —añade Amelia—. Para lucirme.
—Claro que sí —respondo—. Vamos a encontrar el tutú perfecto, digno de una primera bailarina.
Reímos las tres, es una risa suave, sencilla, de esas que sanan sin darse cuenta. Subo a mi habitación con el corazón más liviano, me cambio, me acuesto y apago la luz. Pero el silencio trae pensamientos… y Alessandro se cuela sin pedir permiso.
Su voz.
Su mirada.
Sus palabras.
Suspiro, me acomodo mejor y, antes de darme cuenta, me quedo dormida con él rondándome la cabeza como un recuerdo que no sabe irse.
A la mañana siguiente, el despertador suena temprano, turno matutino. Me levanto, me ducho, me visto como siempre: sencilla, pulcra, cómoda, nada extraordinario. Bajo a la cocina.
—Hay croissants —dice mi mamá—. Y café.
Desayuno tranquila, beso a ambas y salgo, el aire de la mañana está fresco, doy un par de pasos… y me detengo.
Ahí está.
Alessandro Falconi, apoyado con total descaro en su deportivo negro. Gafas de sol, traje impecable, como si hubiera salido de una revista.
Dios bendito… ese hombre me alborotaba los ovarios sin pedir permiso.
Trago saliva, levanto el mentón, camino decidida o eso intento.
Cuando paso cerca, su perfume me golpea y mi seguridad se evapora como si nunca hubiera existido.
—¿Qué desea, qué hace aquí señor Falconi? —pregunto, fingiendo compostura.