El paradero está lleno y, por primera vez en toda la mañana, me doy cuenta de algo crucial: Alessandro no pertenece aquí.
No es solo la ropa —la camisa de lino, el reloj discreto pero obscenamente caro—, es la forma en la que está parado. Como si el suelo pudiera romperse, como si este pedazo de ciudad fuera una experiencia temporal, no su hábitat natural.
Camina detrás de mí, silencioso, atento, como si yo fuera su guía turística en un safari urbano, bienvenido a la vida real, pienso.
El tablero anuncia la ruta. Suspiro.
—Es este —le digo—. Llega ya.
—De acuerdo —responde, mirando el paradero con la concentración de alguien que está a punto de desactivar una bomba.
La gente se adelanta, el bus aparece rugiendo, viejo, rayado, gloriosamente imperfecto. Yo avanzo con naturalidad. Él no.
Subo. Tarjeta. Bip.
Sencillo, cotidiano, normal. Doy dos pasos y entonces me detengo, silencio, me giro y lo veo congelado frente al lector. No exagero: parece que el aparato acaba de pedirle una contraseña emocional.
Mete la mano en el bolsillo interno de su pantalón y saca una billetera que probablemente tenga seguro de vida. La abre.
Billetes. Ordenados. Impecables.
—¿Cuánto es? —pregunta, educado.
JA, trago saliva para no reírme.
—No —le digo—. Guarda eso.
—¿No aceptan efectivo?—No, Alessandro, aquí aceptamos lingotes de oro y sangre azul.
—No —repito—. No aceptan efectivo—frunce el ceño, genuinamente confundido. Entonces hace lo impensable: saca otra tarjeta, negra, elegante, amenazante.
Estoy segura de que si la pasa por el lector, el bus cambia de dueño.
—¿Y esta? —pregunta—. Tiene cobertura internacional— el conductor nos mira como si quisiera jubilarse anticipadamente, yo no aguanto más. Me acerco, paso mi tarjeta otra vez y pago su pasaje.
Bip.
—Listo —digo—. Ya, camina.
—Aurora, no tenías que
—Camina Alessandro—nos sentamos al fondo. Yo miro al frente, él mira todo.
—Explícame —susurra—. Por favor.
Respira. No rías. No rías.
—En el bus no se paga con dinero —empiezo—. Ni con tarjetas bancarias, ni con tarjetas que podrían comprar el bus.
—¿Podría? —pregunta, serio.
Lo miro.
—No, no empieces.
Asiente. Obediente.
—Entonces… ¿cómo vive la gente? —pregunta—. ¿Siempre planifican el transporte?—Dios mío, es MILLONARIO. CONFIRMADO.
—Sí —respondo—. La gente carga su tarjeta o camina o llega tarde.
—Entiendo—dice—. Nadie aquí sabe quién soy.
Sonrío sin querer.
—Créeme —le digo—. Aquí no eres nadie especial.
Me mira como si eso fuera un elogio, el bus avanza. Él observa por la ventana con una sonrisa infantil.
—Nunca había montado bus —confiesa—. Siempre tuve chofer—Ajá, caso cerrado.
—Lo sé —respondo—. Se nota.
—¿Mucho?
—Intentaste pagar con efectivo… y luego con una tarjeta que parece salida de una película de espías—ríe, bajo, sincero.
—Gracias por salvarme.
—De nada, te cobro luego.
—Te haré un cheque.
—Ni lo sueñes—toco el timbre.
—Aquí es—bajamos, caminamos hacia el hospital. Yo acelero el paso.
—Aurora —dice—. Que tengas un buen día—asiento, sin mirarlo.
—Y que te vaya muy bien en tu trabajo—sigo caminando.
—Aurora—no me detengo.
—No olvides que te amo —dice—. Nos vemos a la salida.
Sigo. Firme. Dura.
Pero por dentro…
Maldita sea.
El hombre que no sabe pagar un bus acaba de enseñarme que sí, que es millonario…
y que aun así camina detrás de mí.
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Me reí sola, de verdad me reí, sentada en una banca del hospital, todavía con la bata puesta y el cansancio colgándome de los hombros, me salió una risa tonta, bajita, de esas que no se pueden frenar.
Todo por culpa de Alessandro Falconi… y un bus. La imagen apareció sin permiso: él, impecable, caro hasta en la forma de pararse, mirando el validador como si fuera una bomba a punto de explotar. Yo explicándole con paciencia infinita, y él frunciendo el ceño.
—¿Entonces… no se paga al conductor? —me había preguntado, genuinamente confundido y yo ahí, intentando no reírme, mientras pensaba que ese hombre podía comprar medio Milán, pero no sabía montar un bus urbano.
—Idiota… —me regañé en voz baja ahora, volviendo al presente—. Idiota tú por pensar en eso.
Sacudí la cabeza, tomé mis cosas y salí del hospital y ahí estaba mi corazón.
El muy traidor.
Esperando.
Esperando verlo a la salida, como si de verdad fuera a aparecer apoyado en un auto negro, mirándome como si el mundo se detuviera cuando yo salía.
Estúpido, pensé.
Estúpido corazón.
Mi cabeza, por suerte, habló más fuerte: mejor así, Aurora, mejor lejos.
—¡Aurora!—casi se me sale el alma del cuerpo.
—¡Dios santo, Fabrizio! —me llevé la mano al pecho—. Casi me matas del susto.
Él soltó esa sonrisa encantadora que siempre usaba cuando sabía que había exagerado.
—¿Tan mal estoy?
—Eres un peligro público.
—Lo tendré en cuenta —dijo—. ¿Qué haces todavía aquí?
—Sobrevivir al turno —respondí—. ¿Y tú?
—Pasaba por acá a invitarte a un café, hablar un rato… como antes—mi pecho se aflojó un poco.
—Me encantaría, Fabrizio, de verdad —dije—, pero prometí ayudar a Amelia con las tareas.
—Vamos… —insistió, inclinándose un poco hacia mí—. Mi ponquecito de vainilla.
Solté una risa, negando con la cabeza.
—No empieces…
Iba a responderle cuando esa voz grave, profunda, imposible de confundir, cayó sobre nosotros como un trueno.
—Buenas. ¿Interrumpo algo?—sentí el golpe directo en el estómago antes incluso de girarme.
Fabrizio se adelantó.
—Sí. ¿No ves que interrumpes?—Alessandro ni siquiera lo miró, su atención estaba fija en mí y esa expresión…La conocía demasiado bien.
—Fabrizio —dije rápido, antes de que explotara algo—, luego tomamos el café, ¿sí? —Buenas noches —añadí, y empecé a caminar.
—Aurora, detente.
Seguí.