Apreté el volante con más fuerza de la necesaria, Aurora iba a mi lado, en silencio, mirando por la ventana como si no tuviera idea de que yo estaba a punto de cometer una locura o tal vez sí lo sabía.
Ella siempre lo sabía.
Dios…
Ese Bellmonti.
Ponquecito de vainilla.
Repetí el apodo en mi cabeza y sentí cómo la sangre me hervía.
—Hijo de puta… —murmuré—¿Cómo se atrevía a llamarla así? ¿Y ella? ella riéndose, riéndose con él.
La imagen me enfermaba, debo hacer todo lo posible para detener ese intento de ligue. TODO. No voy a perderla por culpa de un imbécil simpático que se cree gracioso.
Saber que él la había tenido…que sus manos habían estado donde solo yo…me enciende la sangre de una forma que no sé controlar.
Lo odio, pero la amo, a Aurora la amo y sé que esto… todo esto… también es mi culpa.
Ella me ama. Lo sé. Lo siento, solo tengo que ser paciente… aunque me esté volviendo loco.
Salimos de la ciudad y conduje hasta una propiedad familiar, lejos de todo. Privada. Silenciosa. Mía, el lugar perfecto para hablar… o para secuestrar a la mujer que amo, dependía de cómo se mirara.
Apagué el motor, abrí la puerta y rodeé el auto para abrirle la suya, en cuanto puso un pie fuera, la tomé de la cintura.
No pude resistirme.
La besé.
Fue impulso.
Necesidad.
Celos hechos carne.
Y ella…me respondió, con pasión, con fuego.
Lo sabía, ella sigue siendo mía, aunque el imbécil de Fabrizio ya haya estado con ella, Aurora no me olvida, nunca lo hizo.
La levanté sin pensar y entré con ella a la casa, aún besándola, aún respirándola, hasta que cruzamos el umbral, entonces ella se bajó de mis brazos.
—Lo siento… —dijo, bajando la mirada—. No sé qué me pasó—la miré, tan hermosa, tan mía.
—No tienes nada que lamentar, amor —respondí con suavidad—. Era lo que querías hacer, lo deseabas… como yo.
Levantó la vista, esos ojos azules escondidos detrás de esos lentes...avergonzados arrepentidos. La conozco, siempre la he conocido, le tomé la mano y la guié hacia la sala.
—Ven. Vamos a hablar.
Se dejó llevar, se sentó en un sillón de cuero café, cruzando las manos con nerviosismo.
—Lo escucho, señor Falconi —dijo, intentando ponerse distante—Sonreí, saqué el celular y marqué.
—Roberto —dije—, trae algunas cosas—la miré.
—¿Deseas algo, amor?—se mordió el labio, clásico, está nerviosa.
—Ya que me secuestraste… —dijo— tengo hambre. Así que sí, me voy a aprovechar de ti, quiero pizza, helado, soda… y una malteada grande de Oreo con chocolate.
Reí, de verdad reí, cuando está así… come como albañil y eso me enternece más de lo que debería.
Seguí hablando con Roberto y le di la lista completa. Colgué.
Me acerqué y me senté en el sillón de al lado.
—Aurora… quiero ser sincero contigo y quiero que tú lo seas conmigo— ella asintió, en silencio.
—Yo no soporto verte con Fabrizio —dije—. No me gusta, me dan celos.
Respiré hondo.
—Sé que no tengo derecho a reprocharte nada. Lo sé, pero no deja de doler… porque te amo.
Sé que estuviste con él, sé que sales con él, pero no quiero que lo hagas. Por favor—me miró sin decir nada.
—Dime, Aurora —continué, con la voz más baja—. ¿Él te gusta? ¿Quieres seguir saliendo con él?
Entonces me miró…y dijo:
—Sí.
Fue como un disparo directo al corazón, no hice ruido, no me moví, pero algo dentro de mí… se rompió y aun así, no dejé de amarla.
Me puse de pie de golpe, empecé a caminar por el salón, de un lado a otro, como un animal enjaulado. Mis pasos retumbaban en el mármol, pero el ruido más fuerte estaba en mi cabeza.
No me voy a rendir contigo.
No lo haré.
—No —me dije en voz baja—. No contigo Entonces apareció la otra voz, la que odio, ya la partiste demasiado. Déjala ser feliz, apreté los puños.
—Podemos repararlo —susurré—No podemos.
—¡Cállense! —les gruñí a ambas voces, como si fueran reales.
Me detuve frente a ella.
—Aurora… dime algo—levantó la vista apenas.
—Dime —continué—: ¿tú sientes aún algo por mí? ¿Algo… por lo que yo pueda luchar?
Bajó la mirada, eso casi me mata, me acerqué al sillón, me arrodillé frente a ella.
Le tomé las manos, las llevé a mis labios, las besé con devoción, con desesperación.
—Necesito escuchar la verdad —le dije—. De tu boca— levantó el rostro, sus ojos estaban vidriosos.
—Aurora —seguí—, yo puedo seguir luchando. Arrastrándome por ti, si es necesario… siempre y cuando sepa que aún me amas, pero si no es el caso… si realmente deseas estar con Fabrizio… yo me voy a apartar.
Mentí.
Lo dije solo para escuchar la verdad, porque en realidad… no pienso dejarla. Ni aunque no me quiera.
Ella rompió a llorar, se puso de pie de golpe.
—¡Eres un imbécil! —me gritó—. Para ser un empresario exitoso eres un completo tonto en el amor.
Me incorporé despacio.
—Sí —admití—. Lo soy.
La miré a los ojos.
—No tengo experiencia en esto, Aurora. Tú eres mi única y deseo que sigas siéndolo.
Se dio la vuelta, suspiró, tomó aire como quien se lanza al vacío.
—Alessandro… tú me hiciste mucho daño —dijo con la voz quebrada—. No sé si pueda perdonarte—sentí el peso de cada palabra.
—Te entiendo, amor —respondí—. Lo sé. Por eso necesito que seas sincera conmigo.
Se giró.
Me miró.
—Te amo, Falconi.
Esas palabras me incendiaron, no pensé, no respiré, me lancé sobre ella y la besé con hambre, con urgencia, con todo lo que había contenido.
Ella respondió y eso fue mi condena.
Mi deseo explotó, brutal, incontrolable.
—Necesito hacerte el amor —murmuré contra sus labios—. Te necesito. Por favor.
Ella se separó apenas, respirando agitada.
—¿Qué te detiene? —preguntó.
Y en ese instante… todo se fue al carajo.