Amor Ciego

Capítulo 59. Tonta.

Soy una tonta, no…soy una tonta monumental.
Estoy sentada en la cama, con la malteada entre las manos, y no puedo dejar de pensar en lo mismo:

FLASHBACK.

Alessandro me hacía el amor con una devoción tan profunda que sentía el corazón golpeándome el pecho, como si quisiera escapar. Entre susurros me decía que me amaba, que mi olor lo enloquecía, que yo era la mujer perfecta para él. Que solo me quería a mí.

Sus palabras me atravesaban el alma mientras su falo me reclamaba con una intensidad casi salvaje. Entonces, con la voz cargada de celos y deseo, me repitió que no soportaba verme junto a Fabrizio, que yo era solo suya y mi corazón tonto, incapaz de seguir guardando silencio, le regaló la verdad que siempre había sido suya:

—Siempre he sido tuya, lobito. Nadie más que tú me ha tocado.

Sus ojos se oscurecieron de una forma asombrosa, como si la realidad acabara de alcanzarlo de golpe. Bastó eso para llevarlo al límite, para perderse conmigo sin reservas, como si por fin todo encajara y derramó su liquidez dentro de mí.

FIN FLASHBACK.

¿Cómo se me ocurrió decirle a Alessandro eso? Cierro los ojos y me doy una palmada mental. ¿Qué pensará de mí ahora? Que miento para provocar celos, que soy inmadura, que juego con sentimientos como una colegiala.

—Dios mío… —susurro—. Qué vergüenza.
Mi voz interna no tarda en atacarme, siempre cruel, siempre honesta: Se te ocurrió porque ese hombre te estaba cogiendo delicioso Aurora y eso te puso sensible. Porque te sentías deseada, amada, vista y las palabras te salieron del pecho sin filtro.

La cagué y lo sé.

Escucho la puerta abrirse y mi corazón da un pequeño salto traicionero.

Alessandro entra, pantalones cortos, nada más, ese cuerpo grande, firme, perfecto, como esculpido sin esfuerzo. Un dios griego que decidió enamorarme en lugar de gobernar el Olimpo.

Trago saliva, tengo unas ganas absurdas de saltarle encima apesar de que hace unos minutos me dio una revolcada impresionante.

Quiero envolverme en él, de olvidar que tengo cerebro.

Viene cargando la comida, con cuidado, como si fuera algo sagrado. La deja sobre la cama y me sonríe de esa forma suya… suave, cálida, distinta al Alessandro de siempre.

—Aquí está todo —dice—. Mi secuestrada debe comer.

—Qué combinación más rara, amor —responde él cuando me ve con la malteada y la pizza al mismo tiempo, le doy un mordisco, nerviosa, consciente de su mirada sobre mí.

Se inclina y besa mi cuello, despacio, con ternura.

—Termina rápido —murmura—. Quiero seguir.

—No —digo, firme—. No haremos más nada—su mano baja por mi cuerpo y la introduce en mi tanga.

—Ella dice lo contrario—aparto su mano con suavidad, pero decidida.

—Basta, Alessandro—Él sonríe, no molesto, no frustrado. Cariñoso.

—Vamos, amor… —dice—. Mi reina. Mi princesa. Mi muñeca, dame se comer un poquito.

Me río, no puedo evitarlo, esta faceta suya me derrite, me hace sentir pequeña, cuidada, deseada sin presión.

—No —repito.

—Prometo darte besitos ricos donde te gusta—dijo con esa voz baja que me desarma. Me muerdo el labio.

—Déjame pensarlo—sigo comiendo, intentando calmarme. Entonces él se levanta y camina hacia la ventana, se queda ahí, mirando la noche, la propiedad silenciosa, como si ordenara sus pensamientos.

—¿Sabes algo, cariño? —dice sin mirarme—. Me has hecho el hombre más feliz del mundo esta noche.

Se me encoge el pecho.
—Gracias por decirme la verdad —continúa—. No sabes lo que significa para mí.

La vergüenza me cae encima como una ola.
Fabrizio.
La mentira.

—Eres un machista, Alessandro —digo, bajito.
Se gira hacia mí con calma.

—No lo soy pequeña mentirosa—responde—. Solo… me alegra saber que ese tipo no te tocó.

Se acerca despacio, se sienta frente a mí y me toma el rostro con ambas manos, con una delicadeza que me quiebra.

—Eres mía —dice—. Y yo soy todo tuyo.

Mis ojos se intenta empañar.
—Y así será —continúa— hasta que estemos viejos… llenos de arrugas… y con hijos corriendo por esta casa.

Mi corazón casi se detiene.
¿Hijos?
Lo miro, paralizada.
Él no bromea.
No exagera.
Él se ve conmigo.
Me ve en su futuro.

—Alessandro… —susurro, rota— yo…
Él apoya su frente en la mía

—No digas nada ahora —me dice—. Solo quédate, respira conmigo. Eso basta y por primera vez en mucho tiempo, no me siento una tonta. Me siento amada.

Me desperté temprano, por un segundo no supe dónde estaba, pero entonces lo sentí: el silencio tranquilo, la cama grande, el olor tenue a café que venía de algún lugar de la casa. Me incorporé despacio y fue entonces cuando lo vi.

Sobre la cama, perfectamente doblado, reposaba un uniforme nuevo del hospital. Impecable. Con mi talla. Con mi nombre bordado.

Al lado, una nota, la tomé con cuidado, como si fuera algo frágil.

“Buenos días, amor, toma una ducha y baja a desayunar, hoy quiero verte sonreír antes de ir a trabajar.”
—A.

Sonreí como una tonta.
Él piensa en todo, en absolutamente todo, me duché sin prisa, dejando que el agua me despertara del todo. Me puse el uniforme nuevo y, por un instante, me miré al espejo. Me veía… distinta. Más ligera. Más en paz.

Bajé y ahí estaba él, en la cocina, con una camisa sencilla, mangas remangadas, el cabello un poco desordenado. El delantal le daba un aire doméstico que jamás imaginé en Alessandro Falconi.

Se veía tan… hermoso, tan real.
Podría acostumbrarme a esto, pensé.

Debí hacer ruido porque se giró.
—Buenos días, amor —dijo.
Se acercó y me besó, un beso suave, de esos que no se piden permiso, no me aparté, no quise.

Volvió a la cocina y yo me apoyé en la barra, observándolo.

—Señor Falconi… —dije, divertida— ¿usted sabe cocinar?
Sonrió de lado.

—No.

—¿Entonces?

—Es la primera vez que lo hago —admitió—. Mi nona me dio las indicaciones por teléfono. Y bueno… soy metódico y aprendo rápido.
Colocó un plato frente a mí.




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