Amor Ciego

Capítulo 60. Accidente.

La noche anterior había sido perfecta y lo más inquietante era que no la había planeado.
Aurora había sido mía sin estrategias, sin máscaras, sin juegos. Todo fluyó como si el mundo hubiese decidido alinearse por una vez a mi favor. Sentirla en mis brazos, escuchar su respiración desacompasada, notar cómo se entregaba sin reservas… fue más de lo que esperaba. Mucho más.

Ahora estaba más cerca de mí, lo sabía, lo sentía en la piel.

Pero nada —absolutamente nada— se comparaba con lo que me atravesó cuando me confesó la verdad. Saberla solo mía, saber que Fabrizio no había puesto un solo dedo sobre ella. Que no la había tocado, ni rozado, ni profanado.
Mía.
Siempre había sido mía.

La idea me encendía algo primitivo, oscuro, casi peligroso, no era solo deseo; era posesión, necesidad, una certeza brutal de que Aurora Greco me pertenecía, aunque aún no lo supiera del todo.

Estaba sumido en ese pensamiento cuando Mateo irrumpió sin tocar.
—Alessandro, llegó la nueva adquisición para marketing y redes sociales.

Fruncí el ceño, entonces lo recordé, la influencer. La apuesta de Carlo para promocionar el nuevo hotel en las Maldivas. Alcance global, millones de seguidores, impacto inmediato. Negocios. Siempre negocios.

Me recosté en la silla, cruzando los brazos.
—Hazla pasar.

Mateo abrió la puerta.
—Señor Falconi, ella es Samara Facillini.
El pasado me golpeó en la cara sin previo aviso.
Samara.

Su nombre despertó recuerdos que no tenían nada de dulce. Confianza mal puesta, lealtades rotas, traición servida a escondidas, mi exnovia y mi mejor amigo revolcándose a mis espaldas como si yo no existiera. Fabrizio y ella… encajaban demasiado bien en su miseria.

El pasado era pasado y no recordaba nada bueno de ella.
—Siéntese —ordené, frío.

Ella intentó esa sonrisa que antes me gustaba. No funcionó.

Quiso mostrarse confiada, demasiado cercana, como si el tiempo no hubiera pasado. Bastó una mirada mía para ponerla en su lugar, aquí no había espacio para familiaridades. Yo ya no era el hombre que ella creyó engañar.

Mis negocios eran más importantes que mis rencores y según Carlo, Samara era una pieza clave en marketing. Así que dejé el desprecio a un lado y le expliqué sus funciones con precisión quirúrgica. Profesional. Distante. Intocable.

Al terminar, se levantó para despedirse, se acercó más de lo necesario, demasiado, con ese movimiento aprendido, invasivo, se lanzó hacia mí, fingiendo un tropiezo.

—Alessandro…
Intenté apartarla y entonces la puerta se abrió.
Aurora entró.
Perfecto.

Ella me trató como si nada le doliera, como si yo no hubiera significado nada. Su voz fue fría, distante, hablándome de usted, como si entre nosotros jamás hubiese existido nada. Se dio media vuelta y se fue, y cuando intenté detenerla ya era tarde. El ascensor se cerraba como una sentencia; aun así me lancé detrás de ella. Entré con el corazón golpeándome el pecho y supe que algo se había quebrado.

Aurora lloraba en silencio, de esa forma que duele más que los gritos. Sus hombros temblaban apenas, la cabeza gacha, los labios apretados para no derrumbarse del todo. Y yo… yo sentía que cada sollozo suyo me arrancaba algo por dentro.

—Aurora, mírame… por favor —le decía—. No es lo que piensas. Déjame explicarte.

Nada.

Era como hablarle a alguien que ya se estaba yendo, no físicamente, sino de mí. La estupidez de Samara había hecho su trabajo: me había hecho ver mal, muy mal. Había ensuciado todo, todo lo que vivimos ayer, cada momento, cada verdad, parecía haberse ido directo al caño.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, ella salió sin mirarme. Yo la seguí, desesperado, en el lobby todos nos veían, pero no me importaba. Nunca me había importado menos nada en mi vida.

Salimos del edificio y fue ahí, ya afuera, donde la tomé del brazo.
—Aurora, no te vayas así. Escúchame solo un segundo más —le pedí, la voz rota.

Ella se giró de golpe.
Sus ojos estaban rojos, inundados de dolor, no de rabia y aun así, la cachetada fue inmediata. Su mano chocó contra mi mejilla con una fuerza que me dejó inmóvil.

No hice nada.
No dije nada.
Solo la miré.
Y verla así… verla rota, llorando, arrepentida incluso de haberme golpeado, me dolió más que el golpe mismo. Su rostro se descompuso al instante, su respiración se volvió errática, como si no pudiera sostener todo lo que sentía.

Si quería pegarme otra vez, la habría dejado. Todas. Las que hicieran falta. No tenía derecho a defenderme cuando era ella la que estaba hecha pedazos.

Pero todo ocurrió demasiado rápido.
Aurora soltó un sollozo ahogado y se soltó de mí. Dio media vuelta y salió corriendo hacia la calle, sin mirar, sin pensar, cegada por el llanto.
—¡Aurora, no! —grité—el sonido del impacto fue seco, brutal, el mundo se me vino abajo.

—¡AURORA!
Corrí. Corrí como nunca antes había corrido en mi vida, la vi tendida en el asfalto, inmóvil, y sentí cómo algo dentro de mí se rompía para siempre.

Estaba inconsciente, sangre en su frente, en sus labios, raspaduras en su rostro, golpes marcándose ya en su piel.

Me arrodillé junto a ella, temblando.
—Amor… mírame… por favor… —susurré, sosteniéndole el rostro con manos desesperadas—. No me hagas esto… no me dejes…

No respondió.
La cargué en brazos sin pensarlo, el conductor del carro estaba en shock, pero abrí su puerta con una sola idea en la cabeza.

—¡Al hospital! ¡Ahora!
Nada más existía.
Nada más importaba.
Solo Aurora, su respiración débil contra mi pecho y el terror absoluto de perderla.

Porque en ese instante lo entendí con una claridad cruel:
Si ella se iba…yo no sobreviviría.

El trayecto al hospital fue una pesadilla sin tiempo, la tenía entre mis brazos, su cabeza apoyada en mi pecho, su sangre manchándome la camisa. Le hablaba sin parar, aunque no sabía si podía oírme. Su nombre era lo único que salía de mis labios, una y otra vez, como una súplica.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.