Marqué el número con las manos aún temblorosas.
No recuerdo haber pensado qué decir, solo sabía que tenía que hacerlo yo, que nadie más tenía derecho a dar esa noticia.
—¿Aló? —respondió una voz femenina, cansada.
—¿Doña Clara? —pregunté, tragando saliva—. Soy Alessandro… Alessandro Falconi—Hubo un silencio corto, peligroso.
—¿Qué pasa con mi hija? —dijo de inmediato.
—Aurora tuvo un accidente —respondí sin rodeos—. Está en el hospital, está siendo atendida, necesito que venga, por favor—n entré en detalles, no podía, no debía. Escuché su respiración quebrarse al otro lado de la línea.
—Voy para allá —dijo, antes de colgar.
Apoyé la frente contra la pared, la espera me estaba matando.
Fiorella llegó primero que la madre de Aurora, entró como un torbellino, los ojos enrojecidos, el rostro desencajado. Apenas me vio, se detuvo frente a mí.
—¿Qué le hiciste esta vez? —me reclamó, con la voz cargada de rabia—. ¿La quieres matar?
Respiré hondo, nadie necesitaba saber —no ahora— que Aurora había sido arrollada por salir corriendo rota, devastada por un malentendido.
—Cálmate, Fiorella —le dije con firmeza—. Estamos en un hospital—ella cruzó los brazos, temblando.
—Fue un accidente que no pude evitar —continué—. Lo único que quiero es que todo salga bien con Aurora. Ahora no tengo cabeza para discutir contigo—me acerqué un poco más, bajando la voz.
—Y aunque no lo creas… amo a Aurora. Estoy igual de desesperado que tú porque esté bien.
Fiorella me sostuvo la mirada unos segundos más. No dijo nada, pero el dolor en sus ojos habló por ella.
Minutos después, las puertas se abrieron de nuevo.
Doña Clara entró casi corriendo, sostenida por Roberto, su rostro estaba pálido, desencajado. Apenas me vio, se soltó de él y avanzó hacia mí.
—¡¿Dónde está mi hija?! —gritó.
Intenté hablar, pero no me dejó.
—¡Miserable! —me insultó, golpeándome el pecho con los puños—. ¡Mi hija lloraba todas las noches por usted! ¿Sabe lo que es eso? ¿Sabe cuánto daño le hizo?
No me defendí.
—¿Cómo se atreve? —continuó—. ¿Cómo se atreve a hacerla sufrir así?—cada palabra era un golpe y los acepté todos.
—Tiene razón, doña Clara —dije finalmente, con la voz baja, rota—. No voy a excusarme—ella me miró, sorprendida por mi tono.
—Aurora es mi vida —continué—. Y la amo, no me di cuenta a tiempo de cuánto la estaba lastimando… pero voy a ganarme su perdón, el accidente paso demasiado rápido, cruzó la calle sin ver, ella me fue a ver a la oficina—el silencio fue absoluto, omití el resto de la historia.
—La voy a hacer feliz —añadí—. Se lo prometo y le pido perdón… perdón por todo lo que le hice a su hija. No tengo excusa—di un paso atrás, bajando la cabeza.
—Solo le pido algo… calmémonos. Aurora está delicada, estamos en un hospital.
Doña Clara rompió en llanto. Fiorella no dudó. Se acercó a ella, la tomó del brazo y la llevó a un rincón. La abrazó con fuerza, murmurándole palabras suaves, intentando calmarla.
Yo me quedé ahí. Solo.
Esperando.
Rezando.
Porque si Aurora abría los ojos…
juro que no volvería a perderla jamás.
El pasillo quedó en silencio por un segundo eterno, hasta que la puerta blanca se abrió y el doctor salió. Nos pusimos de pie casi al mismo tiempo.
—Señor Falconi, señorita Fiorella… usted debe ser la señora Clara —dijo con voz profesional—. Soy el doctor Moretti.
Sentí cómo el pulso me golpeaba en los oídos.
—Aurora está fuera de peligro—no recuerdo haber respirado hasta ese momento. El aire volvió a mí de golpe, como si me hubieran devuelto la vida.
—El trauma craneoencefálico no fue severo —continuó—. Presenta múltiples golpes, una fractura en la pierna izquierda y una contusión en la mano derecha. La intervención quirúrgica fue exitosa.
Fiorella cerró los ojos, llevándose ambas manos al rostro. Doña Clara murmuró un “gracias a Dios” entre sollozos. Yo bajé la cabeza, apoyando una mano contra la pared para no desfallecer.
Pero Moretti no se movió.
—Hay algo más que debo informarles—levanté la mirada de inmediato.
—No sé si ustedes estaban enterados… pero la señorita Greco...ella está embarazada.
El mundo desapareció, no hubo sonidos, no hubo pasillo, ni hospital, ni gente. Solo una palabra retumbando dentro de mi cabeza.
Embarazada.
Me quedé completamente paralizado.
—¿Embarazada… doctor? —pregunté, incrédulo—. ¿Aurora… embarazada?
Moretti asintió con calma, como si acabara de decir algo cotidiano.
Fiorella me atravesó con la mirada.
—¿La embarazaste, Falconi? —escupió, furiosa—. ¿Fuiste tan imprudente?
No respondí. No podía.
Doña Clara estaba en shock, agarrada del brazo de Fiorella, respirando con dificultad.
—El feto está fuera de peligro —continuó Moretti—. El embarazo es de aproximadamente seis semanas—seis semanas, Aurora llevaba seis semanas gestando una vida mía sin que yo lo supiera.
Jamás… jamás pensé en tener hijos tan pronto. No estaba en mis planes, no ahora, no así. Siempre creí que ese paso llegaría algún día lejano, cuando todo estuviera perfectamente ordenado.
Y aun así…
Sentí algo brutal sacudirme por dentro. Un miedo inmenso, sí… pero también una emoción tan intensa que me dejó sin aliento. La imagen de Aurora, vulnerable, herida… y al mismo tiempo creando vida, me atravesó el pecho como un rayo.
Ella y yo íbamos a tener un bebé.
Dios mío.
Mis labios se curvaron sin permiso, una sonrisa amplia, temblorosa, completamente honesta. No la pude contener.
—Espero que usted se haga responsable de esta situación —dijo entonces doña Clara, recuperando un poco la compostura.
La miré con absoluta seriedad.
—No tiene ni que decírmelo, señora —respondí—. Por supuesto que lo haré. Aurora es mi vida… y ahora lleva a mi hijo.
El doctor Moretti me observó con evidente sorpresa, como si no esperara esa reacción. Como si no esperara ver a un hombre así de roto… y así de decidido al mismo tiempo.