El día siguiente llegó sin que ninguno de los tres nos moviéramos del hospital. La noche pasó a medias: sentados, en silencio, entre cafés fríos y miradas perdidas hacia la puerta de la habitación donde Aurora seguía en observación. Nadie dormía de verdad. Solo resistíamos.
Temprano apareció Marco, entró con paso firme, saludó primero a Fiorella, luego a doña Clara. Les dio un abrazo corto, respetuoso, y les dijo que tenían que ser fuertes, después se giró hacia mí.
Se acercó sin decir nada, se sentó a mi lado y apoyó su mano en mi rodilla.
—¿Estás bien, hermano?—eso fue suficiente, me quebré, como un niño, me cubrí el rostro con una mano y lloré sin poder detenerme. Todo lo que había contenido desde el accidente salió de golpe.
—Marco… no sabes el miedo que sentí —dije entre sollozos—. Aurora está bien, está fuera de peligro… pero jamás… jamás sentí tanta angustia en mi vida.
Él asintió despacio.
—Eso, Aless… eso es amor—respiré hondo, pasándome la mano por el rostro.
—Fui un tonto —admití—. Todo esto se pudo evitar, todo fue mi culpa—Marco me miró, serio.
—¿Qué pasó?
—Samara… —dije con asco—. Es la nueva adquisición para promocionar el hotel, todo pasó rápido. Intentó besarme… y Aurora nos vio. Salió corriendo y… ya lo demás lo sabes.
Marco apretó la mandíbula.
—¿Esa zorra no se cansa? —bufó—. Tienes que despedirla—negué con la cabeza.
—Ahora no tengo cabeza para nada, Marco. ¿Podrías encargarte tú?
—Claro que sí, Aless —respondió sin dudar—. Todo va a estar bien—me abrazó fuerte. Me sostuvo cuando más lo necesitaba.
—Amigo… —dije entonces, separándome apenas—. Voy a ser papá—Marco se quedó congelado.
—¿Qué…? —me miró como si no hubiera oído bien—. ¿Es en serio? ¿Embarazaste a Aurora?
Asentí.
—Sí. Tiene seis semanas, la embaracé el día que la dejé. No esperaba esta noticia… pero soy feliz.
Marco soltó una risa incrédula.
—Aless… tú nunca quisiste tener hijos—lo miré con una honestidad que me sorprendió incluso a mí.
—Es que nunca me había enamorado—Marco negó con la cabeza, sonriendo.
—En ese caso, amigo… felicidades—se me escapó una sonrisa cansada, pero real.
Más tarde llegaron mi nona y mi mamá, venían preocupadas, con los rostros tensos. Se acercaron primero a Fiorella y a doña Clara, las abrazaron, les dijeron que tuvieran fuerza. Después caminaron hacia mí.
—¿Qué sucede, Aless? —preguntó mi madre—. ¿Estás bien? ¿Qué pasó con Aurora?
—Estoy bien —respondí—. Solo… solo quiero verla, poder ver a Aurora para estar tranquilo.
Mi nona me acarició el rostro.
—Claro, hijito —dijo con ternura—. Aurora fue buena contigo, eres muy bondadoso.
Negué suavemente.
—No estoy aquí porque ella fue buena conmigo —dije, mirándolas a ambas—. Estoy aquí porque estoy enamorado de Aurora.
Las dos se sorprendieron.
—Gracias —añadí—. Gracias por traerla a mi vida, las amo.
No dije nada más, me levanté y caminé hacia el baño, dejándolas atrás, llenas de preguntas… mientras yo solo pensaba en una cosa: Esperar, resistir y no soltar jamás a la mujer que me había cambiado la vida.
Llegó la hora de verla.
La primera en entrar fue doña Clara, nadie dijo nada. Cerraron la puerta y el pasillo volvió a quedarse en silencio. Miré el reloj sin realmente verlo, quince minutos parecieron una eternidad.
Cuando salió, tenía los ojos hinchados, el rostro cansado. Fiorella dio un paso al frente, dispuesta a entrar, pero se detuvo al verme. Me observó unos segundos, con esa mezcla de dureza y cansancio que siempre llevaba cuando se trataba de mí.
—Entra tú, Alessandro —dijo con aparente indiferencia, luego se giró, poniendo los ojos en blanco, como si le costara hacerlo.
Pero yo la conocía.
Sabía que no era indiferencia, era compasión.
—Gracias —le dije, sincero.
No respondió, pero tampoco se alejó, me puse los implementos de seguridad con manos temblorosas. Abrí la puerta despacio y la vi. Ahí estaba Aurora… en esa cama que nunca debió ocupar, su pierna alzada, enyesada, su cuerpo lleno de golpes, una parte de su hermoso cabello cortado, dejando ver la piel sensible de su cabeza, una venda rodeando su mano.
La piel tan pálida que parecía frágil como porcelana, se me rompió el alma, me acerqué despacio, como si temiera despertarla solo con respirar. Me senté a su lado, tomé su mano con cuidado.
—Amor… —susurré—. Te amo—mi voz se quebró.
—Todo va a salir bien, te lo prometo. Estoy aquí… no me voy a ir.
Deslicé la otra mano con suavidad hasta su vientre, apenas apoyándola, con un respeto casi sagrado.
—Y tú… —murmuré—. pequeño… o pequeña… tienes que proteger a tu mamá. Papá está aquí, te estamos esperando.
Me incliné y la besé con delicadeza, en la frente, conteniendo todo lo que quería decirle y no podía.
No me dejaron quedarme más, salí de la habitación con el pecho apretado, sabiendo que mi mamá y mi nona me observaban llenas de preguntas. Lo sabía. Pero no tenía fuerzas para responder.
Así pasaron tres días, tres días eternos, hasta que Aurora despertó. En cuanto me avisaron, ordené que todo se preparara. No quería que pasara su recuperación en una habitación cualquiera, pedí una amplia, luminosa, adecuada para su estado, donde su madre pudiera estar cerca… y yo también.
Todo debía ser perfecto.
Tranquilo.
Seguro.
Porque ahora no solo se trataba de cuidarla a ella.
Se trataba de proteger la vida que llevaba dentro.