Amor Ciego

Capítulo 63. Rechazado.

Nunca en mi vida había sentido ansiedad.
Yo no tiemblo.
No dudo.
No temo.
Pero mientras caminaba por ese pasillo blanco, con el olor estéril del hospital metiéndose en mis pulmones, algo dentro de mí se retorcía como un animal herido.

Aurora ya no estaba en cuidados intensivos, la habían trasladado a una habitación más cómoda. Estaba estable, despierta, con su madre y yo no sabía cómo iba a mirarme.

Después de lo sucedido… después del accidente… después de todo lo que se dijo, de lo que vío… no sabía qué versión de Aurora iba a encontrar tras esa puerta.

Respiré hondo antes de entrar.
La escena me golpeó más fuerte que cualquier puñetazo: Aurora recostada, pálida, el rostro magullado, la pierna enyesada. Su madre sentada a su lado, sujetándole la mano con una delicadeza que partía el alma.

La señora Clara levantó la vista cuando me vio, hubo algo en sus ojos… cansancio, quizá reproche. Pero aun así, se puso de pie.

—Les daré un momento —dijo con suavidad.
Me dejó solo con ella, con mi vida entera tendida en esa cama. Aurora giró apenas el rostro hacia mí… y lo volteó de inmediato, como si mi presencia le quemara. Sentí el impacto en el pecho, pero avancé despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera romperla.
—No sabes cómo me alegra que estés bien… que hayas despertado —murmuré.

No me miró.
No respondió.
El silencio era un muro.
—No sabes lo que sufrí viéndote así… mi amor…
Mi voz se quebró apenas, intenté tomar su mano, necesitaba sentirla, asegurarme de que estaba viva… pero ella la apartó.

Ese gesto.
Ese simple movimiento me atravesó.
Jamás me había rechazado.
Jamás.
Tragué saliva.

—Sé que estás enojada —dije más bajo—. Y no voy a presionarte. Hay cosas que aclarar… lo sé. Pero ya habrá momento para eso, ahora lo único que importa es que te recuperes.

Respiré profundo, conteniendo el huracán.
—Te amo y lo único que quiero es que seas completamente feliz… que sanes—entonces ella giró lentamente el rostro hacia mí, sus ojos estaban llenos de dolor… pero no físico.

Determinación.
Frialdad.
—Su presencia me perturba —dijo con una voz débil, pero firme—. No deseo verlo ni oírlo, le pido… le suplico que me deje sola y en paz. Necesito descansar y recuperarme adecuadamente.

Cada palabra fue un dardo.
No gritó. No lloró.
Me desterró.
Y lo supe.
Ella me despreciaba, yo la conocía, conocía el brillo de sus ojos cuando amaba… y ahora lo que había en ellos no era amor.
Era ruptura.

Apreté la mandíbula.
—Lo siento, Aurora —respondí con más determinación aún, porque si me derrumbaba ahí, no saldría jamás de esa habitación—. De verdad siento ser responsable de tu dolor, pero soy inocente, no quiero ni necesito a otra en mi vida, no la habrá.

Ella comenzó a llorar.
—Váyase… ya.
Eso fue todo, ver sus lágrimas fue suficiente para tragar en seco, asentir lentamente… y retroceder.

Cada paso hacia la puerta fue una amputación.
Salí sin mirar atrás, la dejaría tranquila, por el momento.

Pero esto no termina aquí, porque aunque hoy me odie… aunque hoy me expulse como si fuera un extraño…estamos unidos de por vida y eso…eso es lo único que realmente importa.

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Llevo 5 días viviendo dentro de este hospital como un espectro.
No entro a verla, no porque no quiera… sino porque sé que mi presencia la perturba y lo último que deseo es causarle más dolor.

Pero tampoco me voy, no me apartaré de aquí hasta que Aurora esté bien, hasta que esté fuera de peligro, hasta que pueda sostener a nuestro bebé entre sus brazos. Nuestro bebé.

La señora Clara me da informes todos los días. Detalles pequeños: si comió, si durmió, si tuvo fiebre, si lloró, a pesar de todo… ella me cree, cree que amo a su hija y la amo. Más de lo que jamás he amado nada en esta vida.

Salgo de la habitación privada donde me estoy quedando —uno de los beneficios de ser dueño del hospital— y bajo por un café, necesito despejar la cabeza.

Esa mañana estoy particularmente nervioso, hoy le dirán a Aurora sobre el embarazo. No sé cómo reaccionará, no sé si esa noticia será un puente… o el golpe final.

Al entrar a la cafetería la veo.
Fiorella.
Por instinto quiero retroceder, no tengo energía para discutir. No hoy, pero ella ya me vio.
Se acerca.
—¿De verdad la quieres? Porque sigues aquí insistiendo a pesar de que no quiere saber nada de ti—la pregunta me cae como un disparo directo al pecho.

—¿Por qué lo dudas?—ella cruza los brazos.

—Porque te conozco, Alessandro y sé que eres un tipo mujeriego y sin corazón—aprieto la mandíbula.

—Corrección: lo era. Ahora soy alguien diferente y más ahora que seré padre.

Decirlo en voz alta me sacude.
Padre.
Fiorella suspira, mirándome como si intentara descifrarme.
—No sé si creerte. Pero solo te diré algo… la tienes difícil, está muy afectada, no sé qué pasó ese día, no quiere decirme. Pero está decidida a olvidarte.

Olvidarme, esa palabra pesa más que cualquier sentencia, por primera vez en años, siento miedo real.
—No hice nada, Fiorella —digo, con la voz más baja—. Todo fue un malentendido, habla con ella, por favor, necesito que me escuche.

Estoy a punto de contarle lo que ocurrió realmente… pero una voz nos interrumpe.
—Señores.
Moretti, serio, profesional.

—Voy a reunirme con la señorita Aurora para informarle los resultados.

El momento ha llegado, Fiorella y yo asentimos en silencio y caminamos hasta la habitación.
Cada paso se siente eterno. Cuando llegamos, me detengo frente a la puerta.

No entraré.
No quiero perturbarla.
Me quedo afuera, apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos, intentando controlar el pulso que golpea con violencia en mi cuello.

Del otro lado de esa puerta… está la mujer que amo y el hijo que viene en camino.
Cierro los ojos.
Si ella decide odiarme, lo soportaré.
Si decide apartarme, esperaré.
Pero no me iré.
Porque aunque ella quiera borrarme de su vida…
La vida acaba de unirnos para siempre.




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