Amor Ciego

Capitulo 64. Rota

Desperté con el sabor amargo del hospital pegado a la garganta, no sabía dónde estaba, no sabía qué había pasado, solo sabía que me dolía todo. Intenté moverme y un gemido salió de mis labios sin permiso, mi cabeza latía como si alguien golpeara desde dentro, mis brazos pesaban, mis costillas ardían… y cuando quise mover la pierna, el mundo se me vino encima.

La tenía levantada, rígida, envuelta en yeso.
—¿Dónde estoy…? —susurré, con la voz rota.
Abrí los ojos completamente, la habitación blanca, el sonido del monitor, el olor a medicina, el frío de las sábanas y entonces… recordé.

La empresa de Alessandro, yo caminando rápido por ese pasillo brillante, el corazón golpeándome en el pecho, la puerta cerrada, mis manos temblando al empujarla, esa mujer sobre él, su voz gritándome que no era lo que parecía, sus manos intentando detenerme, mi mano… ardiendo al darle la cachetada.

Recuerdo haber llorado. Cerré los ojos en ese momento, como si así pudiera borrar la imagen… y escuché su grito diciendo mi nombre mientras yo me alejaba.

Después… nada.
Volví a la realidad cuando sentí una mano cálida apretando la mía.
—Aurora… hijita… tranquila… estás en el hospital— giré la cabeza como pude. Mamá estaba ahí, con los ojos rojos, el cabello desordenado, como si no hubiera dormido en días.

—¿Qué… me pasó? —pregunté, y mi voz se quebró—ella tragó saliva.

—Un carro te arrolló… cruzaste sin mirar la calle—todo encajó, yo saliendo corriendo, sin ver nada, con las lágrimas cegándome… el ruido… el golpe…

Empecé a llorar.
—Me duele todo, mamá… todo… —sollozaba, sintiendo cómo el dolor físico se mezclaba con el del corazón. Ella me acarició el cabello con ternura.

—Tranquila, hijita… voy a llamar al doctor… todo estará bien—pero yo sabía que no todo estaría bien, porque el dolor más grande no estaba en mi pierna, estaba en mi pecho.

Alessandro fue a verme horas después, lo supe antes de verlo. Su presencia llenó la habitación como una tormenta silenciosa. Sentí su perfume, escuché su respiración contenida, quise desaparecer.

Mi mamá nos dejó a solas.

No sabes cómo me alegra que estés bien… que hayas despertado —murmuró

No lo miré.
No respondí.
El silencio era un muro.
—Aurora… —dijo, con esa voz que antes me hacía sentir segura.

Giré la cara.
—Vete.
Silencio.

No quería verlo, no quería escucharlo, no quería recordar cómo lo amaba, porque ese día entendí algo.

Él no era un hombre para mí, no era el hombre que yo soñé, no era el hombre que merecía mi amor. Desde ese momento decidí sacarlo de mi vida y lo haría todo para hacerlo.

Cuando Fiorella intentaba hablarme de él, cambiaba el tema, cuando mamá mencionaba su nombre, fingía no escuchar, cuando alguien insinuaba explicaciones, yo sonreía y me alejaba. Evadía el tema como si fuera veneno.

Porque sabía que si volvía a mirarlo… si volvía a escucharlo… podía romperme otra vez.
Y yo ya estaba demasiado rota.
Demasiado.

Solo me quedaba aprender a levantarme… aunque fuera con el corazón enyesado igual que mi pierna.

Llevaba cinco días metida en el hospital.
Cinco días viendo el mismo techo blanco, escuchando el mismo pitido del monitor y oliendo desinfectante como si fuera mi nuevo perfume oficial. El dolor había bajado un poco —gracias a Dios y a los medicamentos que me tenían medio zombi—, pero ya me habían advertido que mi estancia iba para largo y eso me tenía estresada.

Yo no sé estar quieta. Soy de las que limpia, organiza, camina, trabaja, habla, corre… y ahora estaba ahí, inmóvil, con la pierna enyesada como estatua de museo.

Pero bueno… podía ser peor. Podía no estar viva, podía haber perdido la pierna, podía haber quedado sin memoria… aunque con tanto calmante a veces sentía que ya la había perdido.

Esa mañana desperté con náuseas.
Pero náuseas nivel “el techo gira, la cama gira, el mundo gira y yo quiero bajarme”. Intenté ignorarlo… hasta que trajeron el desayuno.
El olor me dio tan fuerte que casi lanzo la bandeja por la ventana.

—Aurora, ¿estás bien? —preguntó mamá, alarmada.

—Tengo mareos… y un asco horrible… —dije—debe ser tanto medicamento…

—Pero tienes que comer, cariño.

No pude. Ni el pan tostado me miraba con amor.

Un rato después entraron el doctor Moretti y Fiorella y los tres se miraron entre ellos raro.
Raro nivel novela turca.

—Hola, Aurora. ¿Cómo te sientes? —preguntó el doctor Moretti.

—Bien… algo mareada… con náuseas…
Se puso serio.

—Aurora… tengo algo que contarte—mamá me agarró la mano, Fiorella se puso a mi lado. Yo pensé: Listo. Aquí fue. Me voy.

—¿Me voy a morir? —pregunté—el doctor soltó una risa.

—No, Aurora… nada de eso—respiré.

—Pero hay algo que debes saber—contuve el aire.

—Aurora… estás embarazada.
Silencio.
Yo miré al techo.
Al monitor.
A mi yeso.
A mi vida entera pasando en cámara lenta.
¿Yo… embarazada?
Mi mente empezó a hablar sola: ¿Cómo pasó esto? Pues Aurora, recuerda cuando tu ex de 1.90 te abrazó con entusiasmo y hubo… actividades recreativas.
¡Cállate!

Dios mío, un hijo mío… y de Alessandro.
Mamá me apretó la mano.

—Hija… sea cual sea tu decisión… estaremos contigo. Fiorella añadió:

—Si decides suspender el embarazo o tenerlo… te apoyaremos.

Las miré, en shock. No. Yo no iba a abortar. Respetaba muchísimo a quien lo hacía, porque es una decisión muy personal… pero yo sabía que no podría.

—Mamá… Fio…yo no puedo creerlo, yo...Dios—suspiré—voy a tener a este bebé… pase lo que pase.

Ellas me abrazaron con cuidado, tratando de no tocar el yeso, las costillas, la cabeza ni mi dignidad.

—¿Cómo te sientes, Aurora? —preguntó el doctor Moretti.
Respiré.

—Sorprendida… doctor… pero… siempre quise ser madre. No era el momento… pero lo asumiré. Este bebé será muy feliz.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.