Amor Ciego

Capítulo 65. Decidida.

Ha pasado casi un mes desde que desperté en esta habitación blanca.

Treinta días midiendo el tiempo por el sonido de los monitores, por la hora de los medicamentos, por la luz que entra cada mañana por la misma ventana. Treinta días aprendiendo a respirar sin miedo, a mover el cuerpo sin que el dolor me haga llorar, a recordar quién era… y aceptar quién soy ahora.

Mi recuperación ha sido lenta, pero constante.
Los primeros días apenas podía sentarme; ahora camino unos pasos con ayuda de las muletas. Antes el dolor me nublaba la mente; hoy puedo sonreír sin sentir que me rompo por dentro. Los doctores dicen que soy fuerte, yo creo que solo estoy sobreviviendo.

Mis colegas del hospital han sido un refugio, llegan con flores, cartas, chocolates escondidos que las enfermeras me dejan comer a escondidas. Me cuentan historias del turno, chismes, anécdotas tontas… como si quisieran recordarme que la vida sigue allá afuera, que hay un lugar esperándome cuando salga de aquí.

Mamá… mamá no se ha separado de mí, duerme en una cama cómoda, todo eso gracias Alessandro, me acomoda las cobijas, me da sopa cuando no tengo hambre, me acaricia el cabello como cuando era niña. A veces la escucho rezar en la madrugada, creyendo que estoy dormida. En esos momentos entiendo que soy todo su mundo.

Fiorella ha sido mi luz suave, llega con una sonrisa tranquila, me habla de cosas bonitas, me anima cuando me ve triste, me dice que voy a salir adelante, que soy más fuerte de lo que creo y cuando no tengo fuerzas para hablar, se sienta a mi lado en silencio, sosteniendo mi mano. Ese silencio me sana más que mil palabras.

Amelia vino también… mi pequeña Amelia, entró con pasos tímidos y me dio un dibujo donde yo tenía una corona brillante. “Aurora es fuerte”, escribió con letras torcidas. Me abrazó con cuidado, como si yo fuera de vidrio, no sabe cuánto necesitaba ese abrazo.

Y de Alessandro…
Ay, Alessandro.
La única vez que lo vi fue en la ecografía que me practicaron para revisar al bebé. Yo había dicho que él iba a estar en todo el proceso, y voy a cumplirlo. Tiene el derecho… y el deber… de saber de su hijo.

Se sentó a mi lado izquierdo, la pantalla estaba frente a nosotros, la ginecoobstetra puso el gel frío sobre mi vientre y pasó el transductor despacio y entonces apareció en el monitor… esa pequeña forma perfecta, latiendo, creciendo, luchando por existir.

Mi corazón se hinchó de una alegría tan grande que dolía, cuando escuché el latido… fue fulminante. Mis lágrimas salieron despacio, sin que pudiera detenerlas, es perfecto, pensé, nuestro bebé es perfecto.

Sentí entonces la mano de Alessandro sobre la mía, volteé a mirarlo… y tenía los ojos cristalizados, fijos en la pantalla. Verlo así, tan vulnerable, viendo a nuestro hijo… fue algo indescriptible. Lo amo, Dios… y duele tanto.

Él giró la mirada hacia mí y quitó su mano rápido, como si recordara todo lo que nos separa. Yo volví el rostro al monitor, intentando no romperme, la doctora dijo que todo estaba bien, que para las semanas de gestación el bebé estaba dentro de los percentiles adecuados, sano, fuerte.

Después de eso… no lo he vuelto a ver.
Mamá dice que él viene todos los días al hospital, que pregunta por mí, que se queda afuera, que espera que yo lo invite a entrar porque no quiere estorbar. Pero yo… no tengo fuerzas para verlo. No quiero… no ahora.

Porque aún lo amo.
Y amarle me duele.

Estoy cansada de llorar por él, de recordar como se dieron las cosas, de sentir que mi corazón se rompe cada vez que pienso en nosotros. Quiero sanar primero, quiero poder mirarlo sin que me tiemblen las manos, sin que el amor me haga olvidar el daño.

Hoy posiblemente me den de alta.
Con restricciones, con reposo, con controles médicos… pero fuera de estas paredes. Volver a casa me da miedo, pero también esperanza.

Quiero sentir el sol en la cara, dormir en mi cama, hablarle a mi bebé en silencio sin el ruido de los monitores.

Quiero sanar.
No sé qué pasará con Alessandro.
No sé si algún día podré perdonarlo.
No sé si volveré a confiar.

Pero sé algo…
Voy a salir de este hospital más fuerte.
Más consciente de mi valor.
Más decidida a proteger mi corazón… y a proteger a mi hijo y cuando esté lista… cuando de verdad esté lista…entonces tal vez pueda mirarlo a los ojos otra vez.

Pero no hoy.
Hoy solo quiero vivir.

La tarde llegó rápidamente y con ella, el doctor Moretti, Alessandro y mi mamá estaban dentro de la habitación esperando a que nos leyeran los resultados.

Moretti entró con mi carpeta en las manos y una expresión que me hizo apretar las sábanas sin darme cuenta.

Nos pidió que nos sentáramos. Alessandro estaba a mi derecha. Mamá, al pie de la cama.

El silencio era tan pesado que dolía.
Moretti respiró hondo.
—Aurora… ya sabes que el bebé está bien. Su corazón late fuerte, está dentro de los percentiles adecuados para sus semanas de gestación, sin embargo… tú no estás bien.

El mundo se detuvo.
—Tus exámenes no salieron como esperábamos. Tu cuerpo está muy debilitado por el accidente, el estrés y la anemia, necesitas reposo absoluto, medicación constante, alimentación controlada y cuidados veinticuatro horas. Si no… podrías perder al bebé.

Sentí que el suelo desaparecía, miré a mi vientre, a mis manos temblorosas… y luego levanté la cabeza.

—Haré todo lo necesario —dije con la voz firme, aunque por dentro me rompía—. Todo… por cuidar a ese bebé.

Moretti asintió, satisfecho.
—Eso espero, te daré el alta mañana, pero solo si tienes un lugar seguro donde cumplir todas las indicaciones.

Nos miró a los tres… y salió, dejándonos solos.
El silencio volvió, Alessandro me observaba. Yo le sostuve la mirada.

—Aurora… —dijo al fin— sé que habíamos quedado en algo, pero viendo las circunstancias… voy a tener que pedirte que te mudes conmigo.




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