Amor Ciego

Capítulo 66. Mudanza.

Tres días.
Solo habían pasado tres días desde aquella conversación con Alessandro, y aun así sentía que mi vida entera había cambiado de dirección sin pedirme permiso.

Esta mañana me dieron el alta.
El médico lo dijo con naturalidad, como si fuera un paso sencillo, como si salir del hospital significara simplemente regresar a casa. Pero para mí no era tan simple, porque no volvería a mi casa, volvería a la suya.

Mi madre se había encargado de todo junto con Alessandro. Yo apenas participé, en realidad, ni siquiera tuve oportunidad de hacerlo.
Entre los dos trasladaron pocas cosas del apartamento: la ropa de Amelia, algunos objetos personales de mi madre y míos, fotografías, documentos, pequeños recuerdos que no podían quedarse atrás. Nada más.

El resto de la vida que habíamos construido allí quedó donde estaba, como si fuera una etapa cerrada.
Alessandro se encargó de todo lo demás.

El hospital.
La mudanza.
El acondicionamiento de las habitaciones.
Incluso contrató enfermeras privadas para cuidarme durante mi recuperación.Todo estaba resuelto antes siquiera de que yo pudiera preguntarlo.

Debería sentirme agradecida y lo estoy… en cierta forma, pero en el fondo, hay algo que me incomoda.
Me lastima el orgullo admitir que él puede reorganizar mi vida entera con tanta facilidad mientras yo apenas puedo levantarme de la cama sin ayuda.

Siempre fui independiente, siempre resolví mis problemas sola, ahora todo parece depender de él y eso no es algo fácil de aceptar.

Mientras me ayudaban a ponerme de pie por primera vez sin la supervisión constante del hospital, tomé una decisión silenciosa, mantendría distancia, no habría discusiones ni reproches, pero tampoco cercanía innecesaria.

Nuestra relación sería clara y simple, solo hablaríamos de lo que realmente importa.
Nuestro hijo.
Nada más.

Ese sería el único vínculo entre nosotros, cuando Alessandro apareció en la puerta de la habitación, su presencia llenó el espacio de inmediato, como siempre le ocurre. No hizo falta que dijera nada para que supiera que todo estaba bajo control.
Llevaba el teléfono en la mano y el saco sobre el brazo.

—Todo está listo —dijo, así, sin más. Como si mover tres vidas completas de un lugar a otro fuera una tarea menor.

Asentí lentamente.
—Bien.

Lo observé mientras caminaba hacia la ventana, revisando algo en su teléfono con la misma concentración con la que un general revisaría un mapa de batalla.

Ese era Alessandro, siempre resolviendo, siempre controlando, siempre adelantándose a todo y ahora yo tendría que vivir bajo su mismo techo.

La idea me tensó por dentro más de lo que estaba dispuesta a admitir, no porque le temiera, sino porque lo conocía demasiado bien, Alessandro es el tipo de hombre que invade los espacios sin darse cuenta, que ocupa el aire de una habitación con solo entrar y yo… iba a tener que convivir con eso todos los días.

Respiré hondo.
No sería fácil.
Lo sabía.
Mantener distancia cuando él estuviera a pocos pasos, hablar con normalidad cuando compartiéramos la misma mesa, recordarme constantemente que aquello no era una nueva oportunidad, era solo un acuerdo, un acuerdo por nuestro hijo. Nada más, pero mientras me ayudaban a salir de la cama y Alessandro se acercaba instintivamente para sostenerme si perdía el equilibrio, una idea incómoda cruzó mi mente, vivir bajo el mismo techo que él no sería lo más difícil.

Lo verdaderamente difícil…sería recordar, todos los días, por qué debía mantener mi corazón lejos de Alessandro.

Roberto fue quien nos recogió en el hospital.
Salir después de tantos días encerrada se sintió extraño. El aire fresco me golpeó el rostro y por un momento tuve que cerrar los ojos para acostumbrarme. Alessandro apareció a mi lado casi de inmediato, demasiado cerca, como si temiera que en cualquier momento pudiera caerme.
Apreté con más fuerza las muletas.

—Estoy bien —murmuré.

Él no respondió, pero tampoco se apartó hasta que estuve completamente estable.

Roberto abrió la puerta del coche y mi madre ayudó a Amelia a subir primero. Yo tardé un poco más. Subir al asiento con la pierna aún rígida no era precisamente cómodo, pero logré acomodarme sin aceptar la mano que Alessandro me ofrecía.

El trayecto fue silencioso, Amelia, en cambio, no dejó de mirar por la ventana. Cuando finalmente el auto se detuvo frente al edificio, mi madre se quedó mirando hacia arriba unos segundos.

—Aurora…
No terminó la frase, pero lo entendí, el edificio era enorme, elegante, demasiado para nosotros.

Roberto nos condujo hasta el ascensor privado que subía directamente al último piso, cuando las puertas se abrieron, Amelia salió primero, sus ojos se abrieron de par en par.

—¡Wow!
El penthouse era inmenso, mi madre miraba alrededor claramente sorprendida. Amelia caminó unos pasos dentro, girando sobre sí misma con entusiasmo.
Entonces se volvió hacia Alessandro.

—¿Tú eres rico? ¿me compras un juguete?—cerré los ojos un segundo.

—Amelia —dije inmediatamente—, eso no se pregunta—Ella frunció el ceño, confundida.

—Pero…

—Y no —continué con firmeza—, no puede comprarte cosas solo porque lo pidas.

Antes de que Amelia respondiera, Alessandro soltó una pequeña risa, luego se agachó frente a ella, quedando a su misma altura.

—A ver —dijo con calma—, ¿qué quieres exactamente?
Amelia lo miró emocionada.

—Un oso grande—el inclinó la cabeza.

—¿Qué tan grande?—Amelia abrió los brazos todo lo que pudo.

—¡Así!

—¿Y de qué color?—ella soltó una risita.

—Rosa—luego lo miró con una seriedad adorable.

—Y que sea como tú—alessandro rió de verdad esta vez.

—Hecho.
Mi madre me miró de inmediato.

—Aurora… cálmate—solté el aire lentamente—no iba a discutir delante de Amelia.

—Mamá —dije finalmente—, ¿puedes llevar a Amelia a conocer su habitación? —mi madre entendió al instante.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.