Verla cruzar la puerta de mi casa fue una de esas pequeñas victorias que nadie más entendería. Aurora estaba ahí, en mi casa.
Puede que en ese momento me estuviera odiando, puede que cada palabra que saliera de mi boca le molestara, pero aun así… estaba aquí y eso, para mí, ya era un avance enorme.
Hace un mes ni siquiera me hablaba.
Ahora viviríamos bajo el mismo techo, apoyé las manos sobre la encimera de la cocina mientras pensaba qué llevarle. No quería aparecer con cualquier cosa. Aurora tenía esa forma silenciosa de rechazar lo que no le gustaba, y yo no estaba dispuesto a perder terreno el primer día.
La señora Clara había sido bastante clara con algo.
—Alessandro Aurora tiene una obsesión con el mango… y la mandarina. Desde que está embarazada es peor.
Sonreí al recordarlo, por eso había hecho algo que probablemente haría reír a cualquiera que conociera mi estilo de vida habitual: mandé a llenar toda la despensa.
La nevera estaba abastecida con todo lo que a Aurora le gustaba. Frutas frescas, comida adecuada para el embarazo, ingredientes para cualquier cosa que pudiera antojársele.
Todo.
Si iba a vivir aquí, no le faltaría nada. Abrí el refrigerador y tomé un mango perfectamente maduro y varias mandarinas. Los corté con cuidado y los coloqué en un tazón, añadí un vaso grande de agua en una pequeña bandeja.
Nada demasiado elaborado.
Pero sabía que funcionaría.
Cuando regresé a su habitación, Aurora estaba sentada en la cama, acomodándose con cuidado. Las muletas descansaban apoyadas contra la pared.
Levantó la mirada cuando entré.
—No deseo nada —dijo inmediatamente—. No tengo hambre—sonreí apenas.
—Es mango y mandarina—la reacción fue inmediata, sus ojos se iluminaron, tuve que contener la risa.
Ah, me encanta ganar.
Me acerqué y me senté a su lado en la cama, apoyando la bandeja entre nosotros.
—Solo un poco —dije.
Ella tomó el tazón, lo sostuvo con ambas manos y, cuando llevó el primer trozo de mango a su boca, soltó un pequeño gemido, un suspiro suave.
Ese simple sonido me recorrió el cuerpo entero como un golpe de calor.
Dios…
Todo en ella me afectaba, la forma en que respiraba, la forma en que cerraba los ojos un segundo mientras saboreaba algo, la forma en que sus labios se movían lentamente al morder la fruta.
La amo demasiado.
No dije nada.
Simplemente me quedé observándola mientras comía.
—¿No tienes otra cosa que hacer? —preguntó finalmente sin mirarme.
Sonreí.
—No.
Ella levantó una ceja.
—Todo lo dejé organizado en el trabajo para estar aquí contigo.
Aurora suspiró.
—Claro.
Terminó otro trozo de mango y luego habló de nuevo, esta vez más cansada.
—¿Podrías ayudarme a acostarme, por favor? Estoy cansada.
Me levanté de inmediato.
—Claro que sí.
La ayudé con cuidado. Sujeté su brazo con suavidad mientras acomodaba la pierna para que no hiciera ningún esfuerzo. Cuando finalmente quedó recostada, acomodé las almohadas detrás de su espalda, luego bajé las persianas para suavizar la luz de la tarde.
Tomé la manta y la cubrí con cuidado.
Ella ya parecía medio dormida, me incliné un poco.
—Si necesitas algo, llámame—Aurora asintió lentamente, bostezó y unos segundos después cerró los ojos, dejándose llevar por el cansancio.
La observé un momento más, aún había distancia entre nosotros, demasiadas heridas sin cerrar, demasiadas cosas que arreglar.
Pero estaba aquí.
En mi casa.
Conmigo.
Con nuestro hijo.
Salí de la habitación en silencio, con una sonrisa que no pude ocultar, porque, por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba un paso más cerca de tener lo único que realmente quería.
A ellos dos.
Al día siguiente llegaron las enfermeras, dos mujeres jóvenes y profesionales que habían sido recomendadas por el doctor Moretti. Las recibí en la sala antes de llevarlas a conocerla.
—Aurora —dije cuando entramos a su habitación—, ellas son Paula y Brigith. Estarán encargadas de ayudarte con lo que necesites.
Aurora las observó con esa calma distante que había adoptado conmigo.
—Mucho gusto —respondió, Paula sonrió con amabilidad.
—Nosotras estaremos pendientes de usted y del bebé.
Desde ese día algo cambió, no fue algo brusco, fue más bien una distancia silenciosa que empezó a crecer entre nosotros. Aurora prefería que ellas se encargaran de todo, si necesitaba algo, llamaba a Paula. Si tenía alguna molestia, Brigith la atendía, yo quedé… al margen. Al principio pensé que sería temporal, pero los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses.
Dos meses, dos meses viviendo bajo el mismo techo y aun así sintiéndola más lejos que nunca. Aurora me respondía con monosílabos.
—Sí.
—No.
—Está bien.
A veces ni siquiera eso, en ocasiones simplemente me ignoraba, pero no me importaba, yo no pensaba rendirme, insistiría hasta el cansancio si era necesario.
El bebé iba de maravilla, cada control médico confirmaba que su desarrollo era perfecto. Aurora también había mejorado mucho, su pierna había sanado lo suficiente para que pudiera caminar sin muletas.
Aún con cuidado, claro, pero ya no necesitaba ayuda, aquella noche en particular no podía dormir, había sido un día largo y estaba agotado, pero el sueño no llegaba. Finalmente decidí levantarme e ir a la cocina por un vaso de agua.
Cuando bajé las escaleras noté algo extraño, la luz de la cocina estaba encendida, fruncí el ceño y entonces la vi. Aurora estaba apoyada en la barra de la cocina, inclinada hacia adelante mientras comía un sándwich. Llevaba un vestido corto azul, demasiado corto.
Me quedé quieto un segundo.
Dios mío.
Se veía… increíble.
Su cabello caía suelto sobre los hombros y el vestido marcaba sus nuevas curvas. El embarazo había cambiado su cuerpo de una forma que solo hacía que se viera más hermosa, más provocativa.