Amor Ciego

Capítulo 68. Tentación

Vivir con Alessandro es… extraño.
Trato de evitarlo todo lo que puedo, pero él siempre es amable, correcto, caballeroso. Demasiado. A veces me pregunta si estoy bien, si necesito algo, o simplemente deja comida para mí en la mesa. Pequeños gestos que deberían ser normales… pero que en él me asustan.

Porque tengo miedo, un miedo profundo de dejarlo entrar otra vez y que vuelva a romperme.

Fiorella ha estado muy pendiente de mí y del bebé. La nonna Giovanna y Lucía están felices por Alessandro y por mí, aunque lamentan que no estemos juntos. Fabrizio, en cambio, se apartó cuando supo de mi embarazo. No quería ser motivo de problemas entre nosotros. Cuando se enteró de que vivo con Alessandro… sentí su decepción.

Pero ahora mismo intento no pensar en nada de eso, solo quiero recuperarme bien… y cuidar a mi bebé.

Me desperté esa mañana con una sensación extraña. Durante unos segundos no entendía por qué mi cuerpo estaba tan relajado… ni por qué sentía un calor familiar detrás de mí.

Entonces recordé.
Abrí los ojos lentamente.
Alessandro estaba a mi lado.

Dormía profundamente, con un brazo apoyado sobre mi cintura como si durante la noche hubiera decidido que yo no podía escapar.
Dios santo.

La memoria de lo que había pasado en la cocina la noche anterior volvió de golpe a mi cabeza. Sentí calor subir por mis mejillas.
Intenté levantarme con cuidado, el brazo alrededor de mi cintura se tensó inmediatamente.

—¿A dónde vas? —murmuró su voz grave, todavía adormilada.

—A levantarme —respondí.
Intenté apartar su brazo, no me dejó, Alessandro ni siquiera abrió los ojos.

—Amor… es temprano. Duerme otro rato—fruncí el ceño inmediatamente.

—No me digas amor—me senté en la cama de todos modos. Él suspiró y finalmente abrió los ojos, incorporándose un poco para mirarme.
Su cabello estaba despeinado y su expresión era esa mezcla de calma arrogante que tanto me irritaba.

—Eres mi amor —dijo con total tranquilidad.
Rodé los ojos.

—Pues tú no eres el mío—lo miré con firmeza.

—Y aclaremos algo, Alessandro—se recostó contra el respaldo de la cama, cruzando los brazos.

—Esto de anoche… —continué— solo fue sexo, ¿ok?
Su ceja se levantó ligeramente.

—Las hormonas me tienen así —seguí hablando antes de que pudiera decir algo—. Pensando en sexo todo el día.

Señalé mi vientre.
—Fue culpa del bebé. No mía. ¿Ok?—el silencio duró un segundo, luego Alessandro soltó una pequeña risa, eso fue suficiente para encender mi mal humor otra vez.

—¿Qué es tan gracioso?—Él negó con la cabeza, claramente divertido.

—Nada.

Bufé.
Dios santo, vivir con este hombre es lo peor del mundo y lo peor de todo es que mi mente decidió traicionarme en ese mismo momento.
Porque mientras estaba ahí sentada, enfadada con él…otra parte de mí estaba pensando algo completamente distinto.

Dios.
Ya quiero que me empotre otra vez.
¿Qué me pasa?
Hormonas.
Solo hormonas.
Tiene que ser eso.

Alessandro me observaba con esa mirada suya que parecía leer demasiado, luego se inclinó un poco hacia mí.

—¿Quieres que te ayude con ese problema a diario?—parpadeé.

—¿Qué?—él se acercó más, su voz bajó cuando habló cerca de mi oído.

—Te prometo que no involucraré sentimientos.
Su mano rozó ligeramente mi costado… y el movimiento hizo que sus dedos rozaran mis pechos por accidente.

El jadeo se me escapó antes de poder evitarlo.
Maldita sea, Alessandro se apartó apenas para mirarme y esa sonrisa triunfadora apareció en su rostro.

Me dio rabia.
—¿Qué te crees? —dije inmediatamente—. ¿Que no puedo resistirme a ti?

Él no respondió, simplemente se levantó de la cama, se pasó una mano por el cabello mientras caminaba hacia la silla donde estaban sus pantalones y entonces me di cuenta de algo terrible.

Alessandro Falconi tenía un cuerpo absurdamente perfecto.
Espalda ancha.
Músculos marcados.
Cintura firme.
Dios mío.
Aparté la mirada inmediatamente.

—Pues no lo sé, cariño —dijo él mientras se ponía los pantalones—. ¿Puedes resistirte?

Esa media sonrisa volvió, giré la cara con fastidio.

—Vete—él caminó hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo frente a mí otra vez.

—Si lo quieres —dijo con calma— solo tienes que pedirlo—se inclinó un poco más cerca.

—No te dejaría con las ganas, bebé—y eso fue todo, me levanté de la cama antes de poder pensarlo demasiado.

Lo tomé por el cuello de la camiseta, lo acerqué hacia mí y lo besé, lo empujé hacia la cama, todo volvió a suceder demasiado rápido, demasiado fácil, demasiado inevitable y cuando finalmente recuperé el aliento mucho tiempo después, una sola idea cruzó mi mente con claridad devastadora: Alessandro me había hecho el amor dos veces en menos de veinticuatro horas y algo me decía que aquello solo era el comienzo.

Después de aquello tomé una decisión muy clara, evitar a Alessandro a toda costa.

No quería volver a caer… no así, cada vez que lo veía mi mente se dividía en dos bandos muy claros. Uno me regañaba sin parar.

Aurora, compórtate.
Aurora, piensa.
Aurora, no vuelvas a meterte en ese lío.
Y el otro… bueno.
El otro decía algo muy distinto.
Aurora, relájate.
Aurora, disfrútalo.
Aurora, el hombre está buenísimo y es el papá de tu bebé.

Pero yo me negaba a escuchar esa segunda voz, no quería. Así que esa misma semana decidí mudarme temporalmente al cuarto de mamá.

Sí.
Lo sé.
Cobarde.

Pero en ese momento no me sentía capaz de enfrentar a Alessandro sin que mis hormonas de mujer embarazada decidieran sabotear mi dignidad otra vez.

Así que cada vez que parecía que íbamos a quedar solos…inventaba una excusa.

—Voy a ver a mamá.

—Necesito agua.

—Creo que el bebé quiere caminar.

—Tengo sueño.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.