Últimamente empezaba a creer algo que no quería aceptar, que Aurora ya no me amaba.
Cada vez que sentía que avanzábamos un poco… al día siguiente retrocedíamos diez pasos.
Desde aquella noche en la que hicimos el amor, ella me evitaba más que nunca, inventaba excusas para irse, se encerraba con su madre o simplemente desaparecía antes de que pudiéramos quedarnos solos.
Quizá para ella ya no era suficiente, quizá había arruinado todo de una manera que ya no podía repararse y esa idea me perseguía constantemente.
Aquella noche tenía una cena de negocios importante. No quería ir, pero era una reunión clave con extranjeros. Cancelarla no era una opción.
Bajé a la sala y encontré a Aurora, Amelia y su madre viendo una película.
—Chicas —dije con naturalidad—, voy a salir. Si necesitan algo pueden decirle a Roberto o llamarme.
Tomé mi reloj de la mesa, fue entonces cuando Aurora preguntó:
—¿Llegas tarde?—levanté el celular justo en ese momento, un mensaje de Marco apareció en la pantalla:
"Hoy nos toca aguantar al señor Smith escupiendo mientras habla."
No pude evitar reír por lo bajo.
—Sí —respondí finalmente—. Llegaré tarde.
La reunión comenzó exactamente como Marco había predicho. El señor Smith no había dejado de hablar… ni de escupir mientras lo hacía, intenté concentrarme en lo importante, pero cada vez que levantaba la vista y veía a Marco luchando por no reír, tenía que disimular también.
En medio de una explicación interminable sobre inversiones, mi celular vibró.
Aurora.
Contesté de inmediato.
—Aurora.
—Alessandro…—su voz sonaba baja.
—¿Puedes venir?—mi espalda se tensó inmediatamente.
—¿Está todo bien?
—¿Te sientes bien? ¿El bebé está bien?
—El bebé está bien —dijo—. Pero me siento un poco débil.
No dudé ni un segundo, me puse de pie.
—Señores —dije con calma—, mil disculpas, mi mujer está embarazada y me necesita.
Se hizo un pequeño silencio en la mesa.
—Marco terminará la reunión—Marco levantó el pulgar con una sonrisa, los demás hombres asintieron con comprensión.
—Felicidades por el bebé —dijo uno de ellos.
Asentí con rapidez antes de salir, quince minutos después estaba entrando al penthouse.
Aurora estaba sentada en el sofá.
Se veía… cansada.
—¿Estás bien? —pregunté acercándome—. ¿Cómo te sientes?
—Estoy bien —respondió—. Solo me siento muy débil, Alessandro, me incliné un poco hacia ella.
—¿Quieres que te lleve a la habitación?
—Sí… por favor.
Le tendí la mano.
Pero apenas intentó levantarse, sus piernas temblaron, no lo pensé, la cargué inmediatamente.
—¿Quieres que llame al doctor?—ella negó con rapidez.
—No. Solo quiero descansar.
Asentí, la llevé hasta la habitación, su aroma a vainilla me golpeó de lleno cuando la acomodé sobre la cama, intenté no pensar en eso.
—Alessandro… —dijo de pronto— ¿podrías ayudarme a ponerme la pijama?
Tragué en seco, no quería verla en ropa interior, no ahora, pero asentí.
—Claro.
Entré al vestidor y tomé el primer pijama que encontré, uno con… osos rosados.
Perfecto, regresé a la cama e intenté ayudarla con el mayor cuidado posible.
Durante todo el proceso me concentré intensamente en una sola cosa.
El señor Smith y su increíble capacidad de escupir saliva mientras hablaba.
Funcionó.
Más o menos.
—Listo —dije finalmente—. Ya está, Aurora.
Me alejé un paso.
—¿Quieres algo más?
No esperaba lo que pasó después.
Aurora se abalanzó hacia mí, sus labios encontraron los míos de repente, un pequeño gemido escapó de su garganta.
Me aparté inmediatamente.
—No, Aurora… por favor—ella me miró confundida.
—¿Qué pasa? ¿No quieres?—solté una risa sin ganas.
—Es lo que más deseo—pasé una mano por mi cabello, completamente frustrado.
—Pero no puedo—desabroché los primeros botones de mi camisa intentando calmarme.
—¿Sabes por qué?—la miré directamente a los ojos.
—Porque mañana vamos a estar más distanciados otra vez—mi mano volvió a mi cabello—Y me cansa alejarme de ti todo el tiempo.
El silencio llenó la habitación.
Tragué saliva.
Había algo que llevaba meses queriendo preguntar… y que me daba miedo escuchar.
Pero necesitaba saberlo.
Respiré hondo.
—Dime, Aurora…—la miré con total seriedad.
—¿Tú me amas?—ella no respondió—sentí un nudo en el pecho.
—Dime la verdad —continué—. Lo entenderé.
Bajé la mirada un momento antes de volver a mirarla.
—Sé que fui un canalla. Bruto. Insensible contigo—mvoz se volvió más baja.
—Pero estos meses he tratado de cambiar eso. De ser mejor persona para ti… y para nuestro bebé—la observé en silencio.
—Pero siento que tú no quieres—respiré profundo.
—No te pido que me perdones enseguida.
Di un paso atrás.
—Solo dime si tengo una oportunidad a tu lado—el silencio pesaba.
—Si no… —añadí finalmente— te prometo por nuestro hijo que dejaré de molestarte—mi voz salió más suave—no quiero perturbarte más.
Aurora me miró, durante unos segundos pensé que iba a decir algo distinto, algo que me diera aunque fuera una pequeña esperanza.
Pero no.
—Alessandro… yo no quiero estar contigo.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—No puedo.
Eso fue todo.
Nada más.
Lo entendí en ese mismo instante.
La había perdido.
Sus palabras fueron como un golpe directo al pecho. Algo dentro de mí se rompió, pero aun así asentí lentamente, intentando mantener la calma.
—Está bien —murmuré.
Mi voz apenas salió.
Me obligué a respirar hondo.
—Déjame ayudarte a acostarte antes de retirarme—Aurora se dio la vuelta en la cama, ni siquiera quiso mirarme.
—Vete, Alessandro—di un paso hacia ella de todos modos.
—Aurora, solo quiero—
—¡Fuera!—su voz fue un grito que cortó el aire de la habitación, me quedé inmóvil.