Frente al espejo, ajusto el cuello de mi camisa por tercera vez. No porque lo necesite… sino porque no logro concentrarme.
Se supone que tengo una cena con Antonella. Cinco años sin verla… cinco años desde la última vez que compartimos algo más que llamadas esporádicas. Es mi amiga, siempre lo ha sido y sin embargo… no puedo dejar de pensar en Aurora, en todo lo que pasó hoy, en su voz temblando cuando dijo que me amaba, en sus ojos… suplicando una oportunidad, en la forma en que mi cuerpo reaccionó cuando la besé sin pensar.
Cierro los ojos un momento.
La amo.
La amo con una intensidad que me asusta, pero también… tengo miedo, por primera vez en mi vida… miedo de verdad, porque si vuelvo a entregarme… y ella vuelve a dudar… si me rechaza otra vez… no sé si podría soportarlo.
Aprieto la mandíbula.
—Ya la perdiste una vez por idiota… —murmuro para mí mismo y tal vez… esta vez también.
Salgo, subo al auto y comienzo a conducir hacia el restaurante, pero mi mente no está en la vía, está en ella, en su sonrisa, en su olor a vainilla, en su llanto, en cómo dijo “te amo, cariño” antes de bajarse del auto.
Exhalo con fuerza y sin darme cuenta…tomo otro camino, cuando reacciono, ya estoy estacionado frente a mi antiguo penthouse.
Me quedo quieto, mirando el edificio.
—Mierda… —susurro, paso una mano por mi rostro… y saco el teléfono.
Marco.
—¿Alessandro? —responde Antonella.
—Lo siento… —digo sin rodeos—. No voy a poder ir Anto.
—¿Todo bien?—miro hacia arriba, hacia el lugar donde sé que está ella.
—Mi mujer me necesita—hay un pequeño silencio… y luego una risa suave al otro lado.
—Entonces no hay nada más que decir. Ve con ella.
Cuelgo y por primera vez en todo el día… siento que estoy haciendo lo correcto.
El penthouse está en silencio cuando entro.
Demasiado silencio.
—¿Aurora? —llamo, caminando despacio.
Nada.
Frunzo el ceño, avanzando hacia su habitación, pero estaba vacía y entonces lo escucho, un sollozo.
Me detengo antes de entrar… y su voz me atraviesa.
—Soy una tonta… tonta… —dice entre lágrima
—Perdí lo mejor de mi vida… ¿por qué no vuelves…?
Siento algo romperse dentro de mí, me asomo y ahí está, acostada en la cama… mi cama… abrazando una de mis camisas como si fuera lo único que le quedara.
Eso me destruye.
Sin pensarlo, entro.
—Aurora—
Ella se sobresalta y grita, incorporándose de golpe.
—¡Alessandro! ¡Casi me matas del susto! —dice, llevándose una mano al pecho—. ¿Qué haces aquí?
Me acerco despacio.
—Vine… a ver si todavía seguía en pie tu invitación de esta tarde.
Por un segundo… se queda congelada y luego sonríe, una sonrisa real. Se levanta y corre hacia mí, abrazándome con fuerza.
La recibo de inmediato.
—Gracias por venir… —susurra contra mi pecho, cierro los ojos un instante.
—No tienes que agradecer… estoy aquí porque me nació… —hago una pausa— y porque necesito dejarte en claro algunas cosas.
Ella asiente, separándose apenas. Se limpia las lágrimas y nos sentamos en la cama.
Me mira… expectante.
—¿Vienes a darme una oportunidad? —pregunta con una pequeña sonrisa, no puedo evitar reír suavemente, me arrodillo frente a ella.
—No… —digo—. Vengo a pedirte una, cariño—sus ojos se llenan de brillo.
—Sé que te he lastimado… —continúo—, pero no quiero hacerlo más, no quiero miedo entre nosotros… no quiero dudas… quiero estar a tu lado… y al lado de nuestro hijo.
El silencio se llena de emoción, Aurora sonríe… y asiente.
—Sí… acepto… claro que sí.
Me levanto y la beso, esta vez sin dudas.
Sin frenos. Ella me responde con la misma intensidad, aferrándose a mí como si también hubiera estado esperando esto. Sus manos suben por mi pecho, desabrochando mi camisa con prisa… con necesidad.
Sonrío contra sus labios y la detengo suavemente.
—Calma, fierecilla…
—No, Aless… —susurra, mirándome con esos ojos brillantes— no me pidas eso… sabes cómo están mis hormonas…
Río bajo, apoyo mi frente contra la suya.
—Tenemos toda la noche…
Y esta vez…
No hay distancia.
No hay miedo.
Solo nosotros.
No sé en qué momento exacto dejé de respirar.
Tal vez fue cuando la tuve entre mis brazos… o cuando la vi tan deseosa y sensual.
Aurora.
Mi Aurora.
Con esa pancita suave que se le marcaba, llevando dentro de ella lo más sagrado que he tenido en la vida… nuestro hijo.
Había algo en ella que no sabía explicar. No era solo deseo, no era solo amor, era… devoción.
La miré como si fuera la primera vez, recorriendo cada parte de su cuerpo con una calma reverente, como si temiera que desapareciera si la tocaba demasiado fuerte.
—Eres hermosa… —le susurré, apoyando mi frente contra la suya.
No había en el mundo una mujer que pudiera compararse con ella en ese instante. Su piel, su mirada, su olor, la forma en que me buscaba… pero sobre todo, esa vida creciendo en su vientre… eso me desarmaba por completo.
La hice mía con cuidado, con una dulzura que nunca antes había conocido en mí. Como si cada movimiento fuera una promesa. Como si cada caricia fuera una disculpa por todo lo que alguna vez la hice dudar. Ella me rodeó, se entregó, y en ese instante entendí algo que me golpeó el pecho: Yo ya no era el mismo hombre.
Ella me había cambiado, por completo. Después, la sostuve contra mí, besando su cabello, su frente… bajando hasta su pancita.
—Gracias… —murmuré contra su piel.
—¿Por qué? —me preguntó en voz bajita.
Sonreí.
—Por elegirme… a mí.
Ella no respondió, solo se aferró más y entonces, como si el momento necesitara volverse aún más perfecto, la escuché decir:
—Se me antojó pasta…—solté una risa suave, negando con la cabeza.
—¿Pasta?
—Pasta fresca… —insistió, con esa carita que ya sabía que iba a ser mi perdición toda la vida, me levanté de inmediato.