Amor Ciego

Capítulo 73. Enamorado

Reconciliarnos con Aurora no fue como en las películas… nada de lluvia, besos dramáticos ni música de fondo. Lo nuestro fue mejor… porque incluía antojos raros, siestas inesperadas y discusiones sobre por qué no necesitábamos comprar un tercer humidificador “por si acaso”.

Decidimos ir con calma, nada de intensidad desbordada… aunque con Aurora eso era casi imposible. Nuestras citas eran tranquilas. Íbamos al cine… o bueno, yo iba al cine. Porque ella, a los 30 minutos, ya estaba dormida.

—Amor… esta película está buenísima…

—Mmm… sí… —decía con los ojos cerrados—… no me la dañes…y cinco segundos después… completamente dormida.
Una vez roncó en una escena de suspenso. La gente volteó a mirarnos y yo solo levanté los hombros.

Las cenas en casa con mi nona eran otro espectáculo. Aurora comía como si no hubiera un mañana… y mi familia la amaba más por eso.
—¡Come, bambina! —decía mi nona.

—No le diga eso —intervenía yo—, después no para…

—¡Alessandro! —me regañaba Aurora con la boca llena—… estoy comiendo por dos.

—Por dos… y por tres por si acaso.

Me gané un codazo.
Las visitas al ginecoobstetra eran una mezcla entre emoción y terror… porque cada vez que mencionaban el tamaño del bebé, Aurora me miraba como si yo fuera el culpable directo.
—Bebé grande —decía el doctor.

Y ella lentamente giraba la cabeza hacia mí…
—¿Algo que quieras confesar, Alessandro?
Yo solo sonreía.

—Genética poderosa, amor.

Nuestro hijo, Matteo, está por llegar… y yo ya tengo todo listo o bueno… yo creo que todo está listo.

La habitación parece una mezcla entre hospital privado, tienda de bebés y laboratorio de la NASA.

Aurora dice que exagero.
—¿Para qué necesitas tres monitores?

—Por seguridad.

—¿Y cinco extractores?

—Por si fallan.

—¿Y esa máquina que parece que va a despegar?

—No sé… pero tenía buenas reseñas.

Ella solo me mira… sorprendida.
También contraté dos enfermeras. Porque leí que la maternidad es agotadora… y si hay algo que no voy a permitir, es que Aurora se desgaste.

Ella insiste en que puede sola, yo insisto en que no, yo gano, siempre gano.
(…en mi mente).

Estaba pensando en todo eso cuando su voz me interrumpió.
—Amor…
Levanté la mirada… y ahí estaba.
Aurora, con ocho meses de embarazo, su pancita perfectamente redonda y ese vestido color crema que hacía que sus rizos rojos se vieran aún más… peligrosamente hermosos.

—Ya estoy lista… ¿cómo me veo?—La miré de arriba abajo… completamente perdido.

—Hermosísima, amor.
Frunció el ceño.

—No mientas… soy una bola a punto de estallar—me acerqué sonriendo.

—Sí… pero una bola hermosa—se quedó en silencio.

—¿O sea que sí soy bola?

—Una bolita… adorable.

—Alessandro…

—Elegante.

—Alessandro…

—De edición limitada—ella abrió los ojos, indignada.

—¡Dios mío!—negó con la cabeza y señaló su pancita.

—Esto es tu culpa, tu cosita sabrosona me instaló un bebé macrosómico en mi pequeña panza. Consecuencias: con mi baja estatura y este panzón… parezco…—Se quedó pensando… muy seria.

—…Un minion a punto de estallar.

No pude.
Simplemente no pude.
Me reí como un idiota, la abracé con cuidado, besando su frente mientras ella refunfuñaba.

—Eres el minion más hermoso que existe.

—Soy un fenómeno…

—Eres mi fenómeno favorito—Ella suspiró… pero se acurrucó contra mí y ahí, entre risas, quejas y amor… entendí algo. No necesitábamos perfección, solo necesitábamos esto.

—Te amo —le dije, bajando la mano a su vientre—Y te agradezco… por prestarme tu cuerpo para construir a nuestro chiquitín.

Aurora rodó los ojos.
—Prestado no, Alessandro… esto es alquiler con daños incluidos.

Solté una risa.
Definitivamente…
Estoy perdido por ella.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.