Dicen que el parto es uno de los momentos más hermosos de la vida…bueno… también debería venir con una advertencia enorme y en letras rojas: “va a doler como nunca en tu vida”.
Porque sí.
Dolió.
Muchísimo.
Recuerdo cada segundo. Las contracciones… ese dolor que venía en oleadas, que me partía en dos y me dejaba sin aire, sentía que mi cuerpo ya no era mío, que todo se concentraba en traer a mi hijo al mundo y Alessandro…
Dios, Alessandro estaba más pálido que yo.
—Respira, amor… respira… —decía, pero el que parecía que iba a desmayarse era él.
—¡No me digas que respire! —le grité en una contracción—… ¡respira tú!
Fiorella casi se ríe.
Yo no.
Yo estaba ocupada sobreviviendo.
Hubo momentos en los que pensé que no podía más, que mi cuerpo iba a rendirse, pero entonces… escuché su voz. Un llanto fuerte, claro, poderoso y todo… valió la pena.
—Es un niño sano —dijeron y cuando lo pusieron sobre mi pecho… Mi Matteo.
Mi bebé gigante, rojo, hermoso, perfecto.
Lloré.
Sin control y cuando miré a Alessandro… él también estaba llorando. Ahí entendí que ese momento… nos había cambiado para siempre.
Llegar a casa fue… otra locura, pero una mucho más bonita, la casa estaba llena de flores, peluches… y seis mini coches.
Sí. Seis.
—Alessandro… ¿para qué seis coches?
—Opciones.
—¿Opciones de qué? ¿De tráfico?
Era exagerado.
Demasiado.
Pero lo amaba tanto… que hasta eso me parecía perfecto.
Los primeros meses fueron… caóticos, hermosos… pero caóticos, no sabíamos lo que hacíamos. Matteo lloraba y nosotros lo mirábamos como si fuera un examen difícil.
—¿Tiene hambre?
—¿Sueño?
—¿Dolor?
—¿Nos odia?
Dormir… era un lujo inexistente, al principio quise hacerlo todo yo. Ser fuerte, estar presente, ser la mejor mamá… Hasta que mi cuerpo simplemente colapsó.
No podía más y ahí entraron las enfermeras que Alessandro había contratado. Gracias a ellas, por las noches podíamos descansar… aunque yo igual me despertaba cada cierto tiempo solo para mirarlo. Para asegurarme de que estaba bien, de que era real.
Ahora…
Mi pequeño Matteo tiene ocho meses, ocho meses… y parece de un año, come demasiado, crece demasiado… es un bebé gigantesco.
Igual que su papá. Gatea por toda la casa como si fuera el dueño… y probablemente lo sea.
Con Alessandro… las cosas van de maravilla.
Es amoroso, atento, coqueto… y peligrosamente encantador, a veces lo miro y pienso… Si sigo así… me embaraza otra vez sin esfuerzo y no estoy diciendo que no quiera…
Pero mejor vamos con calma.
Lo extraño.
Se fue hace cuatro días a Francia por negocios… y aún le faltan dos más, la casa se siente diferente sin él.
Más silenciosa, más vacía.
—Matteo, mi amor… ven aquí…—Lo veo venir gateando hacia mí, rápido, torpe, adorable.
—Mamá… ma… ma…—mi corazón se derrite.
—Ay, mi bebé hermoso…
Lo cargo, llenándolo de besos mientras él se ríe, agarrando mi cabello como si fuera suyo.
Jugamos en la sala, tiramos cojines, hago sonidos tontos solo para verlo reír…
Hasta que—
La puerta se abre.
Frunzo el ceño.
—¿Quién…?
Y entonces lo veo.
Alessandro.
Ahí… de pie.
Sonriendo.
Por un segundo me quedo congelada.
—¿…Alessandro?—Matteo se queda quieto en mis brazos… lo mira… y de repente empieza a moverse emocionado.
—Pa… pa… pa…—se lanza casi de mis brazos.
—¡Hey, campeón! —dice Alessandro, acercándose rápido para cargarlo y Matteo… se aferra a él como si no se hubiera ido nunca.
Como si lo reconociera.
Como si supiera.
Yo solo los miro…
Con el corazón completamente lleno.
—¿Qué haces aquí? —pregunto, acercándome—… ¿no llegabas en dos días?
Él me mira… luego besa la cabeza de Matteo… y después a mí.
Lento.
Suave.
Como siempre.
—No aguanté más… —susurra—… extrañaba demasiado a mi familia.
Sonrío y lo abrazo, porque sí… Esto… Esto es todo lo que siempre quise.
La noche siempre llegaba envuelta en una calma distinta desde que Matteo estaba con nosotros. Todo giraba en torno a él… y, curiosamente, también nos había acercado más.
Lo acosté con cuidado, acomodando su pequeña cobija sobre su pecho. Sus ojitos ya estaban pesados, luchando contra el sueño.
—Buenas noches, mi amor —susurré, besando su frente.
Una de las enfermeras entró en silencio, con esa suavidad que ya se había vuelto rutina en casa.
—Nosotras nos encargamos, señora —me dijo con una sonrisa tranquila.
Asentí, no sin antes quedarme unos segundos más mirándolo. Era perfecto… nuestro pequeño milagro. Cerré la puerta con cuidado y caminé hacia nuestra habitación. Apenas crucé el umbral, sentí ese cambio invisible… ese espacio que volvía a ser solo nuestro.
Fui directo al tocador, tomando mis cremas. Mi piel aún necesitaba cuidados, y yo había aprendido a disfrutar ese pequeño ritual nocturno. Me recogí el cabello y empecé a aplicarlas con movimientos suaves.
No lo escuché entrar.
Pero lo sentí.
Las manos de Alessandro rodearon mi cintura desde atrás, firmes, cálidas, haciéndome soltar un suspiro casi inmediato. Su pecho contra mi espalda… ese contacto que siempre lograba desarmarme.
Su rostro se inclinó hacia mi cuello, y sus labios rozaron mi piel con una lentitud que me hizo cerrar los ojos.
—Cariño… —murmuró cerca de mi oído—, ¿por qué siempre hueles tan bien?
Reí bajito, sintiendo cómo mi piel se erizaba.
—Es mi olor natural…
Él soltó una pequeña risa, profunda.
—Sí… lo sé. Ya lo he saboreado ahí abajo.
Sentí el calor subir a mis mejillas de inmediato.
—Alessandro… —murmuré, avergonzada.
Se separó apenas para mirarme a través del espejo, divertido.
—Ya tenemos un bebé… y aún te pones colorada por mis comentarios.
Negué suavemente, sonriendo, y me giré para quedar frente a él. Mis manos se apoyaron en su pecho.