Me desperté antes de que sonara la alarma. No fue el ruido lo que me sacó del sueño, sino ese cansancio que ya no se quita durmiendo. Abrí los ojos lentamente, sintiendo el peso de los días acumulados sobre el pecho, como si cada decisión, cada reunión, cada firma, se hubiera quedado conmigo incluso en la madrugada.
Giré la cabeza.
Ahí estaban.
Aurora dormía de lado, con el cabello cayéndole sobre el rostro, y Mateo acurrucado junto a ella, respirando suave, tranquilo, ajeno a todo. La luz tenue del amanecer apenas dibujaba sus siluetas, pero era suficiente. Esa imagen… esa paz… era todo lo que yo llevaba semanas necesitando y sin embargo, casi nunca estaba ahí para verla.
Suspiré, pasando una mano por mi rostro. La idea volvió, insistente, como lo había hecho desde que Marco la soltó con esa ligereza que solo él tiene: dejarme a cargo de la empresa por un año.
Un año.
Para cualquiera sonaría como una oportunidad. Para mí… era una condena elegante.
Porque lo único que quería en este momento no era más poder, ni más responsabilidad. Era esto. Ellos. Despertar sin prisa, ver a Mateo crecer, acompañar a Aurora en cada etapa, no solo llegar cuando el día ya terminó. Me incorporé con cuidado para no despertarlos. Pero antes de levantarme, no pude evitar inclinarme un poco más. Observé a Mateo… tan pequeño, tan perfecto. Y luego a ella.
Mi mujer.
Sentí algo apretarme el pecho, una mezcla de amor y culpa.
—Voy a estar más —murmuré apenas, aunque sabía que no podían oírme—. Lo prometo.
Salí de la habitación en silencio y bajé a la cocina.
—Buenos días, señor Alessandro —saludó la señora Fabiola, ya en movimiento como siempre.
—Buenos días, Fabiola —respondí, apoyándome un momento en la isla—. Quiero un desayuno completo… algo especial. Vamos a comer en la terraza.
Ella sonrió, entendiendo sin que tuviera que explicar más.
—Claro que sí.
Asentí y subí de nuevo. Esta vez directo al baño. Abrí la ducha y dejé que el agua caliente cayera sobre mí, tratando de arrastrar un poco del cansancio. Cerré los ojos unos segundos… pero ni siquiera ahí dejaba de pensar.
La empresa. Marco. El año. Aurora. Mateo.
Cuando salí, con la toalla aún sobre los hombros, escuché un pequeño murmullo que me hizo sonreír al instante.
Ella ya estaba despierta, Aurora estaba sentada en la cama, con Mateo en brazos, alimentándolo. La escena era tan simple… y tan perfecta… que por un momento me quedé en la puerta sin decir nada.
Hasta que no pude resistirme más.
Me acerqué despacio y me incliné para besarla.
—¿Cómo amanecieron mi reina y mi pequeño Mateo?
Mateo, al escuchar mi voz, soltó de inmediato el pecho y giró la cabecita.
—Pa.
Reí, sorprendido como si fuera la primera vez.
—¿Escuchaste eso? —dije, tomándolo con cuidado—. Este hombre ya sabe hablar.
Lo alcé y él apoyó su cabeza en mi hombro como si ese fuera su lugar natural. Aurora me miraba… con esa expresión que siempre logra desarmarme.
—Devuélvemelo —dijo suavemente—. Tiene que terminar de desayunar.
Negué con una sonrisa, besando la frente de Mateo antes de regresárselo.
—Cariño, Fabiola está preparando desayuno —le dije, rozando su mejilla con mis dedos—. Quiero que comamos en familia.
Ella asintió.
—Termina de alimentar a Mateo y me lo das —continué—. Te das una ducha y te espero en la terraza.
No dijo nada, pero su mirada fue suficiente.
Minutos después, lo recibí en brazos otra vez y bajé con él. Una de las niñeras lo tomó para llevarlo a su sala de juegos, donde ya todo estaba listo para entretenerlo y justo cuando iba a salir hacia la terraza, mi teléfono sonó.
—Mamá.
—Alessandro, amor —su voz siempre tenía ese tono entre firme y cálido—. ¿Sigue en pie la cena de hoy?
Sonreí levemente, mirando hacia arriba, hacia donde sabía que Aurora estaría preparándose
—Sí. Hoy cenamos en familia.
—Perfecto. Te esperamos.
Colgué y guardé el teléfono.
Hoy no iba a ser un día más.
Hoy… iba a ser para ellos.
El sol de la mañana caía suave sobre la terraza del penthouse, envolviendo todo en una luz cálida y tranquila. La ciudad despertaba a lo lejos, pero allí arriba el mundo parecía ir más lento… más en paz.
La mesa estaba servida con cuidado: frutas frescas, café recién hecho, pan caliente, huevos, jugo natural. Todo perfecto. Pero nada comparado con lo que realmente importaba.
Aurora.
Mateo.
Los miré mientras se acomodaban frente a mí. Aurora con el cabello aún ligeramente húmedo, natural, hermosa… y Mateo en su sillita, moviendo las manos con esa energía infinita que parecía tener desde que abría los ojos.
—Esto sí es vida —murmuré, tomando mi taza de café.
Aurora sonrió, mirándome con esa mezcla de ternura y complicidad.
—¿Dormiste algo mejor?
Negué levemente.
—Lo suficiente… para darme cuenta de que necesito más momentos como este.
Hubo un pequeño silencio cómodo, de esos que no incomodan, que solo se sienten bien.
—Oye —dije después, cortando un poco de fruta—. ¿Cómo le está yendo a Amelia en la nueva escuela?
Aurora suspiró apenas, bajando la mirada un segundo antes de responder.
—Con algunas dificultades… —admitió—. Es una escuela con niños de costumbres muy distintas… otro ambiente. Y… le ha costado adaptarse.
Asentí lentamente.
—Entiendo, amor… sé que puede ser difícil —dije con calma—. Pero ya se adaptará. Esa escuela es la mejor, va a ser de gran provecho para su futuro.
Aurora asintió, aunque aún se notaba ese pequeño dejo de preocupación en sus ojos.
—Sí… eso espero.
Tomé un sorbo de café antes de continuar.
—¿Y tu mamá? ¿Cómo está Clara?
Esta vez su expresión cambió por completo. Sus ojos se iluminaron.
—Feliz, Aless… —respondió con una sonrisa genuina—. Le está yendo muy bien en su nuevo restaurante. De verdad… está emocionada, motivada… como hacía tiempo no la veía.
Sonreí.