El sonido constante de los motores del jet privado era casi relajante. Mateo llevaba dormido prácticamente todo el viaje, ajeno al lujo que lo rodeaba. Acurrucado en mis brazos, respiraba tranquilamente mientras yo le acariciaba el cabello oscuro.
A unos asientos de distancia, Sofía, revisaba algunas cosas del pequeño con la discreción de siempre y junto a mí, Alessandro también dormía.
Lo observé durante unos segundos. Era increíble cómo el hombre que aterrorizaba salas de juntas, dirigía empresas multimillonarias y tenía a medio mundo pendiente de sus decisiones podía quedarse dormido como un niño durante un vuelo.
Negué con la cabeza, mis dos hombres favoritos eran exactamente iguales.
Uno tenía ocho meses.
El otro treinta y tantos años, la diferencia no era tan evidente a veces. Sonreí para mí misma mientras contemplaba la vista por la ventana.
El océano apareció poco a poco bajo nosotros.
Aguas cristalinas, playas de arena blanca, vegetación exuberante. Parecía un paraíso.
Cuando aterrizamos, Alessandro despertó justo a tiempo para cargar a Mateo mientras descendíamos del avión. Yo seguía admirando el paisaje cuando una fila de empleados nos recibió en la pista.
—Bienvenidos a Isla Aurora.
Me detuve.
Parpadeé.
Luego miré a Alessandro, después volví a mirar a los empleados y finalmente me eché a reír.
—¿Escuchaste eso, amor? —dije mirando a Mateo, que seguía profundamente dormido en brazos de su padre—. Parece que alguien decidió ponerle mi nombre a la isla.
Alessandro soltó una pequeña risa, una risa sospechosa, demasiado sospechosa, conocía esa expresión. Era la misma que ponía cuando estaba ocultando algo y Alessandro Falconi ocultando algo nunca era una buena señal para mi tranquilidad mental.
Sin decir una palabra, sacó un documento doblado del bolsillo de su chaqueta y me lo entregó.
—¿Qué es esto?
—Ábrelo.
Lo hice sin pensar demasiado.
Pero a medida que avanzaba por las líneas escritas, mi sonrisa desapareció, volví a leer y después una tercera vez. Sentí que el corazón dejaba de latirme durante unos segundos.
Levanté lentamente la vista.
—Alessandro...
Él me observaba con una tranquilidad irritante.
—¿Sí, amor?
—¿Es lo que estoy pensando que es?
Su sonrisa se amplió.
—Sí.
Miré el papel.
Lo miré a él.
Volví a mirar el papel.
—¿Compraste una isla?
—Sí.
—¿Una isla de verdad?
—Hasta donde sé, sigue siendo una isla de verdad.
Abrí la boca.
La cerré.
La volví a abrir.
—¿Y le pusiste mi nombre?
—Sí.
—¿Porque sí?
—Porque me gusta tu nombre.
Lo miré horrorizada.
—Alessandro, la gente normal compra flores.
—Te he comprado flores.
—Joyas.
—También.
—Un bolso.
—Varios.
—¡Pero una isla!
Su sonrisa se volvió completamente arrogante.
—Quería ser original.
Solté una carcajada incrédula, a veces olvidaba que estaba casada con un hombre cuya definición de "detalle romántico" no tenía ningún contacto con la realidad.
—Esto es una locura.
—Es tu regalo de maternidad atrasado.
Mi respiración se detuvo.Él bajó la mirada hacia Mateo. Nuestro hijo seguía dormido, completamente indiferente al hecho de que acababa de participar en el regalo más absurdo de la historia.
—De parte de Mateo y mía —añadió.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos, porque detrás de toda aquella extravagancia imposible estaba Alessandro.
Mi Alessandro. El hombre que siempre encontraba formas de hacerme sentir amada.
Incluso cuando esas formas incluían comprar accidentes geográficos completos.
—Es demasiado —susurré.
Su expresión cambió inmediatamente.
La arrogancia desapareció y fue reemplazada por esa ternura que solo me mostraba a mí.
—Para ti nada es demasiado, Aurora.
Se acercó y tomó mi mano.
—Eres el amor de mi vida, cariño.
Sentí un nudo en la garganta.
—Alessandro...
—Nada será suficiente para la mujer que me dio lo más importante que tengo, sus ojos se posaron sobre Mateo y después volvieron a mí.
—Nada será suficiente para la madre de mi hijo. Las lágrimas terminaron escapando.
Él sonrió y besó mi frente.
—No llores.
—¿Cómo no voy a llorar?
—Porque acabas de convertirte en propietaria de una isla.
Me reí entre lágrimas.
—Eres imposible.
—Y aun así estás conmigo.
—Claramente tengo problemas de juicio.
—O un gusto excelente.
Volví a reír mientras me rodeaba con un brazo y comenzábamos a caminar hacia la mansión que se alzaba frente al mar.
El sol brillaba sobre el agua.
Mateo dormía plácidamente.
Y yo caminaba junto al hombre que había decidido que una isla entera era una forma razonable de decirme cuánto me amaba.
Quizá era exagerado.
Quizá era absurdo.
Pero si ese era Alessandro, entonces no habría querido que fuera de ninguna otra manera.