Amor Ciego

Capítulo 77. Mi lugar favorito.

Nunca pensé que una isla pudiera convertirse en mi lugar favorito. Había visitado palacios, playas privadas, ciudades enteras reservadas para eventos exclusivos y algunos de los lugares más impresionantes del mundo. Pero ninguno se comparaba con esto, porque ninguno tenía a Aurora.

Recostado en una tumbona bajo la sombra de una gran palmera, bebí un largo trago de cerveza bien fría mientras observaba la escena frente a mí.

Aurora estaba tumbada a mi lado tomando el sol, su cabello rojo intenso brillaba bajo la luz dorada de la tarde como si estuviera hecho de fuego. Su piel, tan blanca que parecía porcelana, contrastaba con el rosa suave del bikini que llevaba puesto y sus pecas. Dios mío. Nunca me cansaría de esas pequeñas pecas dispersas sobre su nariz y sus mejillas.
Ni de sus enormes lentes que la hacían verse adorable, porque sí. Mi futura esposa era hermosa. Pero cuando intentaba verse sofisticada terminaba viéndose adorable.
Y yo encontraba aquello insoportablemente encantador.

A unos metros de nosotros, Mateo jugaba en la arena bajo la atenta mirada de Sofía.
Nuestro hijo avanzaba tambaleándose detrás de una pelota, cayéndose cada tres pasos y levantándose como si nada hubiera pasado.

Era imposible no sonreír.
Miré nuevamente a Aurora, después a Mateo y una extraña sensación de paz me invadió.

Aquello era felicidad.
No las empresas.
No el dinero.
No el poder.

Ellos.
Solo ellos.

La Isla Aurora se había convertido oficialmente en mi lugar favorito del planeta, traería a mi familia aquí cada vez que pudiera o al menos si Aurora decidía invitarme. Después de todo, técnicamente la isla era suya.

—Amor, tengo hambre.
Su voz me sacó de mis pensamientos.
Giré la cabeza.

—¿Qué desea mi reina?
Aurora se acomodó sobre la tumbona.

—Tengo ganas de gelato.
Solté una carcajada.

—Aurora... ¿de dónde se supone que voy a sacar gelato en una isla privada?
Ella se quitó un poco los lentes.

—Uno de vainilla.
Lo pensó unos segundos.

—No, mejor de sandía.
Más refrescante.
Negué con la cabeza mientras seguía riendo.

—Por supuesto.

—¿Qué?

—Nada. Solo me parece fascinante que tu mayor preocupación en este momento sea conseguir gelato.

—Es una preocupación importante.

—Claramente.
Me puse de pie.

—Hablaré con el chef. Estoy seguro de que resolverá los gustos de mi reina. Aurora sonrió inmediatamente. Esa sonrisa capaz de derribar todas mis defensas.

—Gracias, cariño.

Volví a sentarme, ella me observó durante unos segundos detrás de aquellos enormes lentes.

—¿Sabes algo?

—¿Qué?

—Descamisado y con esos lentes te ves muy hermoso.
Sonreí.

—Tú eres hermosa, cariño.
Aurora hizo una mueca.

—No mientas.

—No estoy mintiendo.

—Sé que me amas, pero no soy la cosa más bella del mundo.
Levanté una ceja.

—¿No?

—No.

—Interesante teoría.

—Soy una noña.

No pude evitar reír. Aurora tenía la capacidad única de ser la mujer más dulce del mundo y al mismo tiempo comportarse como una niña de cinco años cuando quería un helado.

Me levanté de la tumbona, caminé hasta donde estaba ella y me senté a su lado.
Aurora giró la cabeza para mirarme.
Le toqué suavemente la punta de la nariz.

—Para mí eres mi noña hermosa.
Sus labios se curvaron.

—Alessandro...

—No hay nada más hermoso en esta vida que tú.

Por un instante sus mejillas se tiñeron ligeramente de rojo y aquella reacción me pareció incluso más adorable.

—Ay, amor...

—Es la verdad.

—Eres un exagerado.

—Probablemente.

—Mucho.

—Definitivamente.
Ella soltó una carcajada y entonces escuché una vocecita familiar.
—¡Pa! ¡Pa! ¡Pa!

Aurora y yo giramos la cabeza al mismo tiempo. Mateo avanzaba hacia nosotros sobre sus pequeñas piernas, moviéndose como un marinero después de una tormenta.
Di un paso al frente y me agaché para recibirlo.
Mi hijo prácticamente se lanzó sobre mí.
Lo levanté en brazos mientras él reía feliz.

Aurora soltó una carcajada que hizo que todo el lugar pareciera más brillante y fue en ese instante, con mi hijo aferrado a mi cuello y la mujer que amaba riendo frente a mí, cuando comprendí algo.

Había pasado años persiguiendo objetivos, acumulando poder, construyendo imperios, convencido de que la felicidad estaba en el próximo logro y sin embargo, nunca había sido tan feliz como en ese momento.

En una playa.
Con arena por todas partes.
Una esposa que exigía gelato de sandía.
Y un pequeño niño que me llamaba papá.

La noche llego y con ella la rutina diaria. La habitación estaba iluminada únicamente por la tenue luz de una lámpara junto a la cuna. Apoyado contra el marco de la puerta, observaba en silencio a Aurora, sentada en el sillón junto a la ventana, sostenía a Mateo entre sus brazos mientras lo alimentaba antes de dormir.

Nuestro hijo tenía los ojos casi cerrados.
Luchaba por mantenerse despierto, pero estaba perdiendo la batalla y Aurora sonreía mientras le acariciaba el cabello.

Era una escena sencilla.
Cotidiana.
Pero nunca me cansaba de verla.
Porque en esos momentos podía contemplar a la mujer que amaba convertida en madre y cada día la amaba un poco más por ello.

Cuando Mateo terminó, Aurora se levantó con cuidado, lo acomodó sobre su hombro y comenzó a mecerlo suavemente. Nuestro pequeño soltó un bostezo tan exagerado que tuve que contener una carcajada.

Segundos después ya estaba completamente dormido.

Aurora caminó hasta la cuna.
Lo acostó con delicadeza.
Se inclinó para besar su frente.
—Buenas noches, mi amor.

Mateo ni siquiera se movió.
Dormía profundamente.
Me acerqué entonces, me incliné sobre la cuna y besé también su cabecita.




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